2. La Hermandad

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Todo el sonido era menguado a su alrededor, tan solo algunas burbujas que emergían de su nariz y regresaban a la superficie eran lo único que alcanzaba a discernir, eso y el sonar de su corazón, abrió los ojos y miró hacia el techo, se movía con el vaivén del agua en la cual estaba sumergido.

Se alzó nuevamente y sintió el frío recorrer su piel, erizando cada poro de la misma, haciéndolo tiritar. Se acomodó contra la bañera y se mantuvo con la vista clavada en el vacío, siguió tallando su cuerpo, acariciando viejas cicatrices que le recordaban a algunas de las épocas más oscuras de su vida. Pensó que la melancolía y el remordimiento le llegarían mucho después, cuando tuviese el cabello cano y apenas pudiera mantenerse en pie en consecuencia de sus débiles huesos, pero no, aquel mundo se había encargado de marcarlo de tantas maneras que jamás creyó sería posible. Mojó su cara, tratando así de frenar sus nocivos pensamientos que le aquejaban, entonces la música y el escándalo de afuera le recordaron que seguía en el presente, y no solo eso, sino que aún seguía vivo.

—Carajo —musitó y se puso de pie, se secó de pies a cabeza con una vieja toalla y se miró en el espejo. Era como si cada vez que lo hiciera no reconociera del todo a quien veía, ya no era aquel muchacho risueño que soñaba con ser escritor, no, ahora era algo más, tan solo un remanente que no había muerto aquella noche que el mundo terminó.

—¿Todo bien, hijo? —dudó Jonh del otro lado luego de tocar un par de veces. Dio un breve suspiro y avanzó hasta abrir la puerta.

No pudo evitar mostrarse agraciado al ver a su padre arreglado de esa forma; llevaba unos pantalones de mezclilla, sus botas menos desgastadas y una sudadera a cuadros roja, casi parecía una especie de leñador, con todo y la barba poblada.

—¿Y eso?

—Me la prestaron, ¿me veo ridículo, verdad? Mierda, lo sabía.

—Oye, relájate, ni siquiera he dicho nada —rio un poco y asintió rascando su húmeda cabellera—. Te ves bien, papá.

—Voy a confiar en ti.

—No tienes más opción, papá —dijo y avanzó hasta su habitación.

Estaba totalmente a oscuras, la poca luz que apenas y se filtraba era gracias a la ventana. Caminó hasta la mesita de noche donde reposaba una lámpara de aceite, la encendió y buscó algo para ponerse. Lo único malo de ser dos hombres viviendo bajo el mismo techo era la mutua flojera de hacer los deberes diarios, por lo regular el lavar la ropa era los fines de semana, pero ahora que necesitaba ropa limpia de verdad, tenía sus opciones bastante escasas.

Revisó en un bulto arrumbado en su ropero, buscó entre las ropas hasta que sacó unos pantalones igualmente de mezclilla no tan gastados, sus botas cafés, una playera gris de manga larga y al final salió con una sudadera verde, se peinó lo mejor que pudo, su cabello había crecido bastante las últimas semanas y tan solo bastó con una pasada de su navaja para quitarse los vellos que poblaban su mentón. Acabado de arreglarse salió y bajó al nivel inferior, donde su papá estaba, mirando a través de la ventana de la sala hacia la fiesta que había en el exterior.

—¿A ciencia cierta sabemos por qué estamos festejando? —lanzó la pregunta sin desviar sus ojos de la calle. Sam llegó junto a él y juntos miraron cuidadosamente a través de la persiana.

—Creo que por seguir vivos.

—Bueno —tomó aire—. Creo que es motivo suficiente para tomar una o dos cervezas, ¿no crees?

—Creo que lo vale.

—Bien, entonces vamos —finalmente abrió la puerta y se permitieron salir.

La noche resultó bastante fresca, pero el calor de las fogatas y parrillas mantenían tibios a los habitantes del Distrito. Salieron por completo y empezaron a vagar por las calles, la gente reía y bromeaba sin parar, la música sonaba gracias a Greg y su improvisado grupo de country, habían sacado todos los instrumentos e improvisaron una tarima en la cual se podían escuchar a través de todo el vecindario que abarcaban con la fiesta. Las mesas estaban repletas de comida y guarniciones cosechadas en el refugio, mientras que los encargados de la cocina preparaban algunos puercos, pollos y también el ciervo que los Anderson habían cazado hacía un par de horas.

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