El llamado de la sangre

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En la soledad de su alcoba, Link seguía sentado en el borde de la cama, esperando tranquilizarse de las fuertes palpitaciones de su corazón. Sin siquiera entenderlo, tenía fuertes deseos de llorar, pero se esforzó por evitarlo. No comprendía los motivos de aquellas sensaciones tan extrañas, sobre todo porque lo levantaron de su profundo sueño.

- Zelda...

Fue el primer nombre que pronunciaron sus labios, como si presintiera que lo que lo aquejaba estuviera relacionado con ella. ¿Hasta cuándo su recuerdo lo seguiría martirizando? ¿Cuánto tiempo tendría que pasar para lograr arrancársela del corazón? ¿Meses? ¿Años? ¿O simplemente nunca podría hacerlo?

Se volvió a acostar en su cama, y como siempre se retorció en su dolor, torturándose con los recuerdos de todos los maravillosos momentos que vivió junto a su amada princesa, la dueña de su corazón, pero que lamentablemente se le había esfumado de su lado como agua entre sus dedos, para no volver a tenerla nunca más. Mucho menos ahora que pertenecía a los brazos de otro, con quien se regocijaba en su lecho todas las noches, y que sobre todo iba a regalarle un hijo, la hermosa familia que muchas veces soñó formar junto a ella.

...

Esa noche, la belleza de las estrellas se había intensificado, brillantes y rebosantes de gracia debido al nuevo alumbramiento que hace poco se había dado. Aquella hermosa vida llegada a los brazos de la princesa, fruto del amor tan grande que existía entre ella y su valiente héroe.

Recostada en su cama, mientras calmaba el hambre de su preciosa criatura, se encontraba la princesa acariciando con dulzura su delicada cabeza, sin siquiera poder quitarle la mirada de encima, maravillada de todo el amor que lograba transmitirle. Al tenerlo entre sus brazos, se dio cuenta que tomó la mejor decisión en haberlo traído al mundo, pues ahora, sin él a su lado, su vida hubiera estado completamente vacía.

Impa la observaba conmovida, analizando toda la vida que su protegida había tenido. Para ella, no hace mucho tiempo había dejado de ser una niña, pero ahora la veía convertida en toda una mujer, y con un hijo en sus brazos.

Siguió analizando aquellos hechos, hasta que la Sheikah notó que la princesa empezó a llorar en silencio, abrazando con fervor a su hijo mientras le daba pequeños besos en su frente, motivo que la hizo sentir preocupada.

- Querida, ¿por qué lloras? – preguntó, mientras se sentaba a su lado.

- Porque no me arrepiento de haber continuado con mi embarazo. Recuerdo el día en que me preguntaste si quería tenerlo, y que si el Consejo se enteraba habría sido capaz de hacerme abortar, lo que hubiera sido el peor error de mi vida. Ahora que lo veo, que lo tengo entre mis brazos, me doy cuenta que jamás hubiera concebido mi existencia sin él. Tan tierna criatura no tiene la culpa de nada, mucho menos de mis errores. – expresó consternada, sin poder contener el llanto.

- No digas eso, Zelda. Nada de lo que ha pasado es tu culpa, pues también eres una víctima, al igual que Link. Simplemente te enamoraste y entregaste todo de ti, sin imaginarte que ibas a concebir.

- De eso es lo único que me siento orgullosa, que mi hijo nació del amor, no del simple deseo carnal o de intereses creados, donde el nacimiento de un niño es sinónimo de enlaces políticos o económicos, mas no una bendición, cosa que es el diario vivir en mi superficial entorno. – contestó, lamentándose en aquella verdad.

- Zelda...

- Y lo que más me preocupa, es qué haré ahora que mi hijo ha nacido. Será imposible ocultarlo como lo hice con mi embarazo. Si el Consejo se entera, sobre todo el detestable de Abel, es capaz de arrebatármelo, o peor...

Lazos eternosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora