Recuerdo bizarros

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La pálida reina de la noche se encontraba alumbrando el vasto firmamento desde las alturas, mientras que las estrellas le hacían compañía tratando de igualar su maravillosa y sublime magnificencia.

Llegando a su hogar luego de un cansado día de trabajo y entrenamiento, se encontraba el retirado capitán del palacio de Hyrule, quien no solamente mostraba un semblante de agotamiento debido a sus actividades, sino que su miraba estaba embargada por el dolor y la amargura. Desde que había llegado a Villa Kakariko, sitio donde estaba ubicada la casa de Ravio, Link fue muy bien recibido por todos los habitantes, quienes lo admiraban en sobremanera por la increíble labor de haberlos salvado en el pasado. Algunas personas, sobre todo los más cercanos a él, preguntaron los motivos de su renuncia a un cargo de alto rango, sin embargo, el guerrero siempre evadía el tema indicando que deseaba salir adelante por otros medios, por eso empezó a preparar a los jóvenes del pueblo en el arte de la espada, trabajo que le ayudaba a solventarse, pero que de ninguna manera le hacían dejar de lado las terribles penas que lo dominaban por completo, a pesar que ante los demás se cubría con la máscara de la calma y fortaleza.

Hace un mes que la felicidad se había desvanecido de su alma, haciendo que su vida se convierta en un completo tormento debido a la soledad que lo embargaba, pues la mujer de su vida, con quien conoció los maravillosos entresijos del amor y la pasión, lo había lastimado desde lo más profundo, alejándolo de su lado con el peor de los desprecios y burlándose de lo que sentía por ella, y que para su pesar aun sentía.

Como todas las noches, con desgano, dejó a un lado su espada ordoniana y se despojó de sus ropajes, dejando que la desnudez de su cuerpo sea lo único que lo cubra, provocando que los recuerdos más hermosos, pero al mismo tiempo más dolorosos, empiecen a invadirlo.

Cuantas noches, exquisitos y dulces momentos, su piel fue acariciada y besada por las manos y labios de su amada, roces que lo hacían desfallecer hasta el punto de doblegarse ante ella, convertirse en su eterno lacayo del amor, dispuesto a complacerla en todo lo que le pidiera, así sea que eso significara la entrega de su propia vida, situación que lo demostró al haberse alejado cuando esta lo rechazó, pues sea como sea, no deseaba perturbarla con su presencia.

Extrañaba a morir tenerla entre sus brazos, deleitarse con cada secreto y apetecible rincón de su cuerpo, escuchar la pronunciación de su nombre entre dulces e intensos gemidos cada vez que la tocaba y la llevaba al más sublime de los éxtasis, pero sobre todo, anhelaba volver a ver aquella pura e inocente mirada que lo había enamorado, aquella sonrisa que tanto le encantaba, y la que no lograba arrancarse del corazón por más empeño que pusiera ante ello.

- Todo fue muy hermoso para ser real. Zelda, mi dulce princesa... cuanto te extraño. – expresó, demostrando lo destrozado que se sentía en su interior.

Fue entonces, que sin haberlo analizado, sacó de su bolsillo una pequeña caja aterciopelada, la cual tenía en su interior un solitario de oro con un majestuoso diamante en el centro, regalo que estaba destinado a su amada, con el cual iba a demostrarle que su amor por ella era honesto y leal, inquebrantable como aquella lujosa piedra.

- Y pensar que ese día... te iba a pedir que te cases conmigo.

El héroe elegido sabía perfectamente que pedirle a la princesa que se case con él era una locura, una insensatez debido a las barreras que los separaban, sin embargo, su corazón le impulsaba a proponérselo, demostrándole así que con ella sólo tenía intenciones serias, mucho más si entre ellos existía una relación íntima y pasional, donde sus cuerpos se pertenecían el uno al otro; sólo quería honrarla y darle el lugar que se merecía como su mujer, la única a la que iba a amar por siempre. Aquel hermoso hecho lo había planeado el día en el que ni siquiera se imaginó iba a terminar muerto en vida.

Lazos eternosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora