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Se sentó en el gran sofá, exhausto, sus pálidas y delgadas piernas le pesaban como si estuvieran hechas de puro plomo, masajeaba su muslo derecho mientras tiraba la cabeza hacia atrás dejando escapar una mueca de dolor.

-Min Yoongi, estás viejo- Se dijo a si mismo reincorporándose el sofá, observando la prominente figura de su amigo entrar por la puerta del comedor con una bolsa de guisantes congelados que dejó caer sobre el regazo de Suga.

El comedor de aquella casa era como todo en aquella casa, grande, espacioso, lujoso, decorado con las últimas tendencias donde el blanco predominaba sobre todos los colores.

Enfrente de la gran chimenea, ahora apagada, se situaba dos grandes sofás de cuero negro, en la pared de la derecha, ocupando casi la totalidad de dicha pared, se encontraba un gran mapamundi pintado en tonos marrones, herencia del padre de Suga.

Rapmon se desplomó al lado de Suga, observando como este seguía frotando sus muslos a la vez que llevaba la bolsa de guisantes a su rostro, observó las delgadas muñecas de Suga, estaban rojizas en aquellos momentos, en su muñeca izquierda lucia una coleta negra con un gancho en ella. Lo primero que pensó Rapmon fue que se trataba, seguramente, de la coleta perdida de alguna de las chicas del club con la que Suga habría pasado un buen rato, le parecía curioso que Suga siempre fuera con un gancho enganchado a una goma de pelo a todas partes. Desvío la mirada restándole importancia, fijo sus ojos en sus mocasines negros, inevitablemente se habían manchado, Rapmon chasqueó la lengua, angustiado, nada en este mundo le ponía más de los nervios que mancharse los zapatos. Empezó a limpiarlos con un pañuelo que sacó de su bolsillo lateral izquierdo del pantalón, Suga lo miró sin apartar la bolsa de guisantes de su cara, empezaba a hacer efecto y en esos momentos no sentía absolutamente nada en la parte derecha de la cara, lo agradecía, al fin y al cabo estaba apunto de desesperarse por el dolor que sentía. El dolor de cabeza era lo que le mataba en aquellos momentos, incesante, como dos gnomos con mala leche taladraran su cráneo desde dentro, instintivamente esbozó una mueca de dolor a la vez que emitía un par de gruñidos totalmente innecesarios. Rapmon lo miró y esbozó media sonrisa sarcástica no le hizo falta decirle nada a su amigo porque con la mirada lo decía todo.

Todos le tenía un gran respeto a Suga, allá donde iba era el Gran Min Yoongi, pero solo aquellos que lo conocían bien sabían que era más inofensivo que una mosca y que se podía pasar horas mirándote, pensando en mil y una formas de arrancarte la cabeza pero no lo hacia, como en esos momentos, la cara de Suga era un mapa, detonaba rabia si hubiera tenido fuerzas le hubiera lanzado la bolsa de guisantes a la cara de Rapmon.

Namjoon, que conocía demasiado bien a su amigo, se levantó del sofá y salió por la puerta, volvió a los escasos dos minutos con dos botellines de cerveza en una mano y un paquete de patatas fritas en la otra. Le tendió a Suga uno de los botellines y, como por arte de magia, la expresión rancia de su rostro desapareció, aceptó el botellín con su mano libre emitiendo sendos gemidos que Rapmon los interpretó como una especie de agradecimiento. Viniendo de Suga no iba a conseguir nada mejor.

Se sentó al lado de su amigo pegando el primer trago a su botellín de cerveza, lo miró y se pregunto cómo podía estar tan en la mierda cuando todo el trabajo se lo había cascado él, sabía que Suga no estaba de humor para bromas, bueno ni para bromas ni para nada, sabía también que no iba a tardar mucho en caer rendido por las esquinas y, viendo la hora que era, mañana no se despertaría hasta pasadas las tres de la tarde.

Rapmon miró por última vez a su amigo, entornaba los ojos aún con la bolsa de guisantes sobre su cabeza, volvió a sonreir pero esta vez fue una sonrisa muy distinta. Suga no era el ogro que todos pensaban y, en el fondo, se hacia de querer.

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Nunca se había planteado la monotonía de sus dias: Se levantaba, desayunaba, se calzaba sus deportivas e iba a trabajar. Todos los dias la misma historia, todos los dias saludaba a la misma gente, tomaba el mismo café en la misma cafetería de la esquina de su calle, todos los dias cruzaba el umbral de la misma puerta que en esos momentos cruzaba pero, en ninguno de esos dias se planteaba tanto la vida como en aquellos momentos.

Were in danger. (Jimin)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora