Capítulo 20

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Revelaciones y muerte

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Revelaciones y muerte

Ella


Lágrimas caían por mis mejillas, sin control alguno. Quería gritar. El dolor era demasiado grande, pero lo hacía en silencio. Como las calles de la ciudad. No sabía qué pasaba, no había gente caminando por ningún lado, como si compadecieran mi dolor. El día estaba triste junto a mi corazón destrozado.

El amor duele, amar duele, ser amado duele. Alejarse es desgarrador. Al menos el amor que sentía era correspondido, pero no permitido. Ambos corríamos peligro junto al otro, debía de ser así, alejarse para que quien alas esté seguro, fuera de peligro. Pero sentía todo lo contrario, sentía que lejos uno del otro sólo éramos más débiles, podríamos enfrentarlo, luchar por nuestro amor pero no fue así, recibíamos órdenes. Y quizá sólo mentían para conseguir su propósito. Siempre desconfiaba.

Federico estaba manejando, totalmente perdido, de vez en cuando me miraba de reojo, no decía nada y agradecía que no lo hiciera. No quería oírlo. No esos momentos.

Quería que la oscuridad me llevara, dormir hasta que todo mejorara. Nadie más que Damián me conocía bien, nos esperaba. Según lo que dijo Federico. Quería verle ya abrazarle, que juntara los pedazos. Aunque creía que eso no sería posible, pedazos de quedaron con Matthew.

—Debes saber algo —habló Federico, sin dejar de mirar por donde iba. Se hubiera quedado callado.

Lo miré, las lágrimas cesaron como si él hubiera presionando un botón.

—Yo... Jamie cree que estoy de su lado, Amelier me dijo que le hiciera creer a él que así era —me miró de reojo y supo que no comprendía nada, y ni siquiera lo estaba intentando —. Él piensa que te materé. Pero no lo haré, no puedo. Le hice creer eso, y ahora —suspiró —. Tengo un plan, todo lo contrario a lo que Amelier me mandó, pero no puedo verte tan... Destrozada. Pon mucha atención, no quiero que lo arruines.


Eran las 3 de la mañana, hacía frío y estábamos en plena carretera, tenía hambre y no me sentía segura. Lo único que inundaba mi cabeza, si fuera posible más hondo que el mar, era cómo se sentía Matthew.

Damián y Federico estaban a cada lado del auto, yo esposada como si fuera una carnada, y al parecer... Lo era.

—Las esposas duelen, están apretadas —me quejé, débil.

—Jamie no tarda en llegar, de seguro querrá él hacerlo.

—Sospechará si está bien tratada, tiene que tener por último un rasguño —Habló Damián.

No quería que me irieran, pero debían. O se arruinaría todo.

Una brisa tibia hizo que mi cabello se alborotara, Federico apareció frente a mi, mirándome a los ojos.

—Te dolerá, pero es necesario —Dijo, no estaba convencido y se le notaba que no quería hacerlo. Puso la navaja en mi labio, el cual lo entreabrí, para que pudiera tener mejor acceso cuando hiciera el corte. Rápidamente me cortó, sentí ardor y la sangre que no demoró en salir de la herida. Federico volvió a mirarme a los ojos, y luego a la herida, se acercó a mi rostro y lamió —. Si no puedo probarte de otra manera...

Entendí perfectamente a lo que se refería.

—Vaya vaya, el ancla de carnada —Río Jamie a espaldas de Federico —. ¿Qué se siente ser traicionado?

«No lo sé, dímelo tú» pensé con gracia, quería decirle pero sería demasiado notorio la indirecta. En vez de escupirle en la cara, me quedé en silencio.

—Al fin podré matarte, nunca estás sola —Habló con felicidad. Yo no entendía nada.

— ¿A qué te refieres a que nunca estaba sola?

—Eres tan tonta —Dijo exasperado —. El ancla no puede morir porque el velo se caería, y los muertos estarían rondando por ahí. Por eso te protegen. Y digamos que mi padre está detrás de ese velo. Para que salga debo asesinarte. ¿ahora comprendes?

—No entiendo qué tiene que ver Matthew en todo esto —Dije confundida, haciendo una mueca de dolor por las esposas.

—Matthew es solo por diversión, nunca ha amado a alguien como a ti. El que se le vaya y verlo sufrir es divertido —Rió —. Lástima que no estará aquí para verte morir.

—Para morir no, para salvarla —Oí voz de Matthew en algún lugar cercano. Él no debía estar ahí, vería todo...

—Vaya vaya, me he equivocado, si estarás para verla morir —Dijo Jamie.

Su mano fue directamente a mi cuello, apretando y evitando que entrara oxígeno a mis pulmones. Cuando casi me vi en el suelo, me soltó. Respiré hondo. Si entiendo que la vida volvía a mí en un acto desesperado.

— ¿Te gustó eso? Su vida está en mis manos.

—Si la asesinas tomarás su lugar, así está dicho, quien mata al ancla se convierte en ella. No quieres ver a muertos por doquier. ¿O sí? Jamie...

— ¡Eso es lo que quiero! —Gritó exasperado, al parecer nadie entendía lo que quería —. Si la mato el velo cae por mi cuenta...

—No te permitiré hacerlo —amenazó Matthew.

—Intenta detenerme.

De un momento a otro Matthew estuvo encima de Jamie, golpeándolo.

—Es hora —Me dijo Federico, distrayéndome de aquella pelea mientras me sacaba las esposas —. ¿estás lista? — Lo miré directamente a los ojos, y luego asentí —. Es la única forma de acabar por completo con esto.

Asentí nuevamente.

Miré hacia el rostro golpeado de Matthew, y luego su puño cubierto de sangre. Todo eso lo hacía por mí, para mantenerme con vida. A la cual renunciaría.

Me dejé caer de rodillas al suelo, sólo así se le hacía más fácil a Federico hacerlo.

Seguían golpeándose, sangre en el suelo. No pude evitar recordar que antes eran parte de la misma familia, no puede evitar recordar a Elizabeth, aquella mujer que estaba envuelta en un engaño por la persona que creía amarla. ¿Ella sabía la verdad sobre Jamie?

Se me vino a la cabeza el cómo conocí a Damián, quien estuvo siempre aunque no lo viese, no me abandonó. No pude evitar recordar el cómo conocí a Matthew, aquel hombre tan frío con quien debía compartir la misma casa, el mismo cuarto. Aquel fantasma convertido en demonio sólo para que yo lo viese, para que me enamorara de él nuevamnete. Jamás me dio miedo. Lo amaba. El único que amé de verdad. Brogan, mi mejor amiga, a la que no le volvería a hablar, nunca más.

Las palabras de mis padres fueron lo último que me invadieron, a ellos los extrañaría mucho más.

Era una despedida para los vivos, los muertos estarían acompañándome.

Sentí las manos de Federico en mi cuello, era hora de decirle adiós a la vida.

—Matt...




Último capítulo, pronto el epílogo.

Para los que no entendieron, quedó en la mitad de su nombre porque... Lo sabrán en el epílogo aunque sea bastante obvio.

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¡Pasen por mis nuevas historias! Sé que les van a gustar;)

Amor Tardío © Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora