Epílogo

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Él

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Él

     «—Matt... »

Su susurro se repetía en mi cabeza, una y otra vez en una lenta tortura. No alcanzó a terminar mi nombre sin antes que le rompiera el cuello. Luego de eso sólo me dediqué a observar su cuerpo inerte, sin vida.

No tendría otra palabra de ella, no tendría otra mirada, otra caricia, no sentiría el calor de su cuerpo vivo, la esperanza de estar juntos había desaparecido por completo.

Se había llevado la ilusión.

«Oh, ángel. Me has fallado, te rendiste primero y dejaste caer mi alma en el peor sitio; la desesperación ¿Qué haré sin ti en una eternidad de miseria?»

Pensé, parado frente a las puertas de metal negras, con enredaderas de hierro soladas en ella, la entrara al cementerio.

Su familia se encontraba ahí, nadie sabía quién era yo, y tampoco nadie me podía ver. Había renunciado al mundo de los vivos junto a ella. Junto a mi amada.

Llené de oxígeno mis pulmones innecesariamente antes de dar un paso cauteloso, crucé las grandes puertas y caminé hacia donde se encontraba su cuerpo en una caja, me negaba a aceptar que ella estuviera ahí dentro, no ella... Su cuerpo. Su alma debía estar por ahí buscando su rumbo, y me extrañaba el que no me buscara.

Paré en seco a metros de las personas que se encontraban ahí, despidiéndola. Estaban de espaldas a mí, todos de negro. Los padres estaban junto al ataúd, la madre desconsolada lloraba encima de este, mientras que su esposo trataba de calmarla. Habían perdido a su única hija por la ambición de un fantasma. El cual desapareció después de la muerte de Sam. Brogan, su mejor amiga estaba abrazando a Benjamín, lloraba en su pecho.

Habían más personas a las cuales no reconocí, sólo a uno en particular. El primer amor de Sam —sin sus recuerdos—. Estaba de traje negro y usaba gafas, miraba el ataúd con ambas manos en los bolsillos. Sentí celos. Ella y él tal vez hubieran podido tener una vida normal, casarse, tener hijos... Algo que yo no tendría jamás.

Nuestro amor no estaba permitido.

«Matthew...»

El susurro de mi nombre me hizo voltear, pero no lo hice principalmente por eso, era la voz de Sam. Miré hacia todos lados, árbol tras árbol, Camilo tras camino, lápida tras lápida. Pero no había nadie, ese día sólo se despedía Sam. Volteé nuevamente, el ataúd de Sam me llamaba, y como si estuviera en trance, me acerqué. Caminé a paso lento, como si de una trampa se tratara, como si estuviera a punto de caer en la boca del lobo. Sentía que me jalaban hacia él en un acto desesperado, y a mi alrededor no se escuchaba nada más que susurros. Ya no había árboles, ya no sentía la fría brisa, no escuchaba el viento rozar con las ramas. No escuchaba los sollozos de sus familiares y amigos. Sólo era yo frente al ataúd. Miré su cara, sus facciones quedarían grabadas en mi memoria.

Amor Tardío © Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora