María estaba absorta en sus pensamientos. Era cierto que habían salido a la luz todas sus inseguridades. Era guapa. Tenía una bonita cara redonda con la tez morena y suave, y unos preciosos ojos verdes. Pero, aunque era prácticamente igual de alta que las hermanas, tenía unos kilos de más, lo que creaba ciertos complejos en ella que, sin duda, en la conversación habían salido a la luz.
Todas se levantaron para ir a buscar a Nadia, excepto ella. Aída tuvo que encargarse de sacarla de sus pensamientos.
Fueron todas a su habitación, incluida Irene, que iba como alma pacificadora. Al pegar a la puerta nadie contestó, así que abrieron tímidamente.
―¿Se puede? ―preguntó Irene que iba la primera.
―Tú misma. Te podría decir que no pero, en honor a la verdad, tú no me has hecho nada y además es tu casa ―contestó encogiéndose de hombros.
Nadia estaba tumbada en la cama, con los pies levantados apoyados en la pared. No hacía más que lanzar una pelota de tenis al aire. Entraron todas en el cuarto.
―Vaya, sigues haciendo lo de la pelotita ―dijo Irene con una risita nerviosa.
―Irene, ya te he dicho que contigo no hay nada, es con las tres amigas que tienes a tu lado ―decía sin mirarlas aún―, así que deja de decir chorradas, ¿vale?
―Vale ―contestó rápidamente mientras se sentaba en la cama.
―¿Podrías... podrías dejar de hacer eso? ―preguntó tímidamente Aída.
Nadia se sentó en la cama y dejó la pelota a un lado.
―Gracias, es que me estaba poniendo histérica ―explicó.
―Oye mira, lo sentimos ―comenzó Laura hablando en nombre de todas―. Lo sentimos mucho, de verdad. Nos hemos puesto muy bordes sin razón.
―Ya.
―Es que... así de pronto, ha sido un palo para mí escucharte decir eso, y... no sé...
―Ya, María. Pero no creo que lo que he dicho haya sido para tanto, ¿no?
―Mira Nadia, creo que se ha juntado el hambre con las ganas de comer ―explicó Aída―. Y lo cierto es que hemos sacado las cosas de quicio.
―Bueno, ya da igual.
―No, en serio. Me siento fatal. No teníamos ningún derecho a...
―Tranquila, Laura ―la interrumpió―. También hablo enserio. Dejadlo, no importa.
―Oye, a esta nos la han cambiao ―le dijo Laura a Irene en un audible susurro.
―Eh... Eso parece ―le contestó en el mismo tono, para luego dirigirse a su hermana con la voz normal―. ¿Quién eres y qué has hecho con mi hermana?
―¿Qué nos estás diciendo, que te da igual? ―preguntó además incrédula Aída.
―¡No! ¿A quién le va a dar igual? No, yo no he dicho eso. Me duele, claro que me duele que me hayáis puesto verde en un momento, que no dejarais que me explicase, que creáis todo lo que habéis dicho...
―Vale, ha vuelto, es ella ―comentó Irene.
―Lo que pasa es que alguien ―continuó obviando el comentario de su hermana―, cambiando un poco la frase original, me dijo un día que amistad es no decir nunca lo siento.
―No sé si esa persona es muy sabia, muy ingenua o simplemente estaba leyendo un libro de autoayuda o algo así ―comentó María haciéndolas reír.
ESTÁS LEYENDO
La playa
General FictionTras seis meses de su inesperada marcha, Nadia ha vuelto a casa. Ahora se tendrá que enfrentar a su familia, sus amigos y sus decisiones. La playa será testigo de su historia, de sus amores y desamores, del retomar de una amistad que parecía perdid...
