El mes había pasado volando, casi sin darse cuenta, que es lo que suele ocurrir cuando uno está a gusto. Los días pasaban demasiado rápidos y el momento de la despedida de Nadia cada vez estaba más cerca, a pesar de que tenía casi las mismas ganas que de clavarse un tenedor en el ojo. Lo único que la consolaba era que, realmente, le encantaba su trabajo.
El viernes por la mañana, Nadia se levantó temprano para hacer las maletas. No había dormido prácticamente nada, y ahora eran las diez, y continuaba pensando en que, después de comer, tendría que coger el coche y volver a alejarse de sus amigos. Esos amigos con lo que había compartido tantas cosas. Esos amigos con los que volvió a reconectar en ese mes de visita. Esos amigos de los que había aprendido tanto. Ya no recordaba los motivos por los que se había marchado en primer lugar.
Discusiones, peleas, gritos, cosas que se echan en cara... Todo perdía validez. Todo se veía difuso en su mente y ya nada de lo pasado importaba. Y, cuando estando agachada, mojó una de sus camisetas, fue cuando notó que lloraba. No lo hacía muchas veces, y casi nunca por ella. Pero ahora lo hacía, y no sabía cómo detenerlo.
Lloraba, mientras hacía las maletas, porque se iba de nuevo para estar a algo más de 500 kilómetros. No era una gran distancia, al menos no ahora, pero nunca era lo mismo que estar allí. No los tendría a 10 minutos si quería abrazarlos. No los tendría cuando quemara una comida. No los tendría con ella, no como le gustaría. Pero no sería como la primera vez, ya no.
Nadia ya se había despedido el día anterior, de todos sus amigos, de una forma rápida. No quería hacer ningún drama de aquello, ni tampoco una agónica despedida. Pensaba tener un viernes tranquilo.
Al escucharla trastear en la habitación, su hermana se levantó para ver si necesitaba ayuda. Cuando entró en el cuarto para preguntárselo, la vio llorando sin consuelo.
―Dile a papá y a mamá que los quiero mucho. Es que ha sido mala suerte que no estuvieran, anda que irse todo un mes... ―dijo antes de que su hermana dijera nada.
―¿No te estás muriendo, no? ―bromeó―. No te preocupes, yo se lo digo. Oye, venga, si sólo te vas a Madrid. Ya lo hiciste una vez ―le dijo abrazándola.
―Ya. La otra tuve también lo mío, pero lo hice por el camino ―explicó dejándose consolar.
―¡Si eso está ahí al lado! ―prosiguió separándola para mirarla―. Además, no sabes las ganas que tenemos de ir a Madrid todos juntos. Que cuando he ido no he podido llevarme a tantos acompañantes y están todos deseando que la liemos por allí. Esta vez sí que iremos.
―Lo sé, pero ya me conoces, ya sabes lo llorona que soy.
―¡Pero qué tonta eres! ―le pegó en un brazo―. Tú no eres para nada llorona. Pero sí que sabes lo que a mí se pega ―contestó llorando también y volviéndola a abrazar.
Las dos seguían así cuando sonó el timbre. Eran María, Aída y Laura, que no pensaban hacer caso a eso de la despedida rápida. Fue Irene la que abrió, aún con lágrimas en los ojos. María nada más verla no tuvo ni que preguntar.
―No me lo digas. Nunca tienes tú la culpa, así que te lo ha pegado la idiota aquella, ¿verdad?
Ésta tan sólo asintió y se apartó de la puerta para que pasaran, indicándoles con la mano que estaba en su habitación. Sin esperar invitación alguna, las tres entraron al cuarto.
―¿Qué hacéis aquí?
Nadia estaba algo más repuesta. Ese corto lapso de tiempo en el que había salido su hermana, le había servido para tranquilizarse un poco.
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La playa
Fiksi UmumTras seis meses de su inesperada marcha, Nadia ha vuelto a casa. Ahora se tendrá que enfrentar a su familia, sus amigos y sus decisiones. La playa será testigo de su historia, de sus amores y desamores, del retomar de una amistad que parecía perdid...
