El árbol de flores marchitas

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Quizás esa era la última vez que se verían, él tomó la mano de ella y le susurró al oído: —Nunca te olvidaré

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Quizás esa era la última vez que se verían, él tomó la mano de ella y le susurró al oído: —Nunca te olvidaré.

Tal vez ella contestó, tal vez sólo asintió, pero en la inmensidad del momento, él, no lo notó.

Estaban tristes pero tenían la promesa, aunque fuera falsa, de volverse a ver. Y en ese atardecer el cielo estaba rojizo, las nubes con diversas formas parecían bailar, el hermoso ciruelo con flores rosas hacía de techo y el verde y vivo pasto de suelo. Todo parecería formar el escenario perfecto para la triste escena.

Cualquiera diría que eran demasiado pequeños para enamorarse tanto, eran solo unos niños. Pero lo que la gente no comprendía es que llevaban toda una vida enamorados.

Él tenia que irse para siempre, y hubiera hecho cualquier cosa para quedarse a su lado, pero una fuerza mas fuerte que él se lo tenía que llevar. Quizás el mismo destino que los unió los quería separar.

Todos habrían dicho que ella lo olvidaría tan rápido como lo quiso, pero se equivocaron. Porque ella nunca iba a olvidar a su primer amor.

Y el tiempo fue pasando, pero ella siguió yendo a aquel ciruelo y a medida que las flores caían sus lágrimas también lo hacían.

Hasta que solo quedó el recuerdo, ella creció y sin olvidar dejó de llorar.

El árbol marchitó, las nubes pararon su suave baile, el pasto secó sin poder regalar más vida y el cielo dejó de ser un rojo amor para convertirse en sangre. El lugar que los había visto quererse jamás volvió a ser el mismo, porque había sido testigo del amor más puro e inocente y, al mismo tiempo, de la angustia más trágica que muestra que el destino es cruel e incierto.

 La niña, por su lado, aprendió que los finales felices no existen siempre.

 La niña, por su lado, aprendió que los finales felices no existen siempre

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