Las luces tenues de las farolas apenas iluminaban las estrechas calles de Tokio mientras Usagi Tsukino, la rubia de dos coletas características, caminaba con paso ligero pero cauteloso. La noche era fresca y un viento suave susurraba entre los edificios altos, llevando consigo el aroma distante de ramen y cerezos en flor tardíos. Sabía perfectamente que Ami aún no había regresado a casa; su amiga siempre llegaba tarde, inmersa en los laboratorios de la agencia desarrollando nuevos prototipos de gadgets que podían salvarles la vida en misiones imposibles. Por eso, Usagi decidió tomar el camino más largo, rodeando el parque y cruzando el puente iluminado por luces neón. No tenía prisa. Sabía que las demás ya la estarían esperando.
Rei, Makoto y Minako nunca faltaban a las pijamadas que organizaban después de cada misión exitosa. Era su tradición sagrada: un espacio donde podían dejar atrás el peligro, las armas ocultas y las identidades dobles para ser simplemente... ellas mismas.
Ami-chan era la genio del equipo, siempre trabajando hasta altas horas de la madrugada en dispositivos de última generación. Rei-chan, con su belleza ardiente y su temperamento de fuego, era una espía de élite que destacaba en misiones de infiltración y carreras de alto riesgo; sus premios en fundaciones internacionales no eran más que la punta del iceberg de su talento. Makoto-chan, alta y fuerte, combinaba la fuerza bruta de una agente de campo excepcional con un talento culinario que podía hacer llorar de emoción a cualquiera. Y Minako-chan... ella era un torbellino: idol famosa de día, espía letal de noche. A pesar de su agitada doble vida, siempre encontraba la forma de que cada misión saliera perfecta. Cantar frente a miles de fans y luego pelear contra criminales internacionales no era tarea fácil, pero ella lo hacía parecer natural.
Cuando Usagi finalmente llegó frente a la casa de Ami, una sonrisa iluminó su rostro. Las ventanas proyectaban una luz cálida y acogedora sobre la acera. Se moría de ganas de probar la deliciosa comida casera de Makoto, de escuchar las nuevas canciones que Minako había compuesto, de ver las impresionantes fotos de los viajes exóticos de Rei y, sobre todo, de perderse en las risas sinceras y contagiosas de Ami-chan, la más calmada y razonable del grupo.
Tocó tres veces con los nudillos. La puerta se abrió casi de inmediato y una figura rubia se lanzó sobre ella como un huracán.
—¡Usagi-chan! —gritó Minako con alegría desbordante, abrazándola con tanta fuerza que ambas terminaron rodando por el suelo de la entrada en un enredo de risas y extremidades.
—¡Cuidado, Minako-chan! —rió Usagi, intentando quitársela de encima sin mucho éxito.
—Sorry, sorry... —dijo Minako con una sonrisa traviesa, sin soltarla del todo—. Perdón, Usagi. Es que te extrañé mucho.
—Tranquila —respondió Usagi entre carcajadas—. Vamos adentro antes de que nos vean los vecinos.
En cuanto cruzaron el umbral, un aroma celestial las envolvió: salsa de tomate fresco, queso derretido, arroz con vinagre y el dulce toque caramelizado del cajeta. Usagi cerró los ojos y abrió la boca, extasiada. Su estómago rugió de anticipación.
Entró directamente a la cocina. Ahí estaba Makoto, con su pijama blanca de pantalón y camisa de botones adornada con pequeños pastelitos color pastel. Su delantal aún tenía manchas de harina y salsa.
—¿Y el menú de hoy, Mako-chan? —preguntó Usagi, abrazándola por detrás con cariño.
Makoto soltó una risa suave y contestó sin dejar de remover la salsa:
—Pasta con salsa de tomate casera, pizza hecha en el horno, sushi variado y, como postre especial para ti... el pastel de cajeta que tanto te gusta. Extra dulce, justo como a ti te encanta.
—¡Qué rico! —exclamó Usagi, apretando el abrazo un segundo más antes de soltarla—. Eres la mejor, de verdad.
Salió de la cocina flotando de felicidad y entró a la sala. Rei ya estaba cómodamente instalada en el sofá, luciendo una pijama roja provocativa: pantalones cortos y una bata sexy de tirantes finos con encaje negro que resaltaba su figura elegante. Minako llevaba una bata larga y cómoda decorada con corazones rojos y rosas. Usagi todavía traía su ropa de calle —pantalón de mezclilla y blusa morada—, así que corrió al baño de visitas para cambiarse.
Se puso la pijama rosa que Ami le había regalado en su cumpleaños número veintidós: pantalón suelto y camisa con delicados dibujos de rosas rojas. Al mirarse en el espejo, sonrió. Se sentía cómoda, segura y lista para una noche inolvidable.
Cuando regresó a la sala, Ami ya había llegado. La chica de cabello azul lucía su pijama favorita: un conjunto azul suave, similar al de Rei pero un poco más largo y con delicado encaje blanco en el borde. Se veía cansada, pero sus ojos brillaban de alegría al ver a sus amigas reunidas.
—¡Ami-chan! —exclamó Usagi, corriendo hacia ella con los brazos abiertos.
—Usagi... Qué bueno que ya llegaste —respondió Ami con una sonrisa cálida, devolviéndole el abrazo.
—Jamás me pierdo una pijamada, menos cuando estamos todas juntas —dijo Usagi, sentándose en el piso con las piernas cruzadas y una sonrisa radiante que iluminaba toda la habitación.
—Usagi, cuéntanos... ¿cómo te fue en la misión? —preguntó Minako, sentándose a su lado con esa cara de picardía que siempre anunciaba problemas.
—Bien... —respondió Usagi, sonrojándose ligeramente.
—¿Segura? —Minako la abrazó por los hombros y bajó la voz—. Me enteré de que Ittoki-kun te mandó llamar personalmente.
—Ah... sí —contestó Usagi, nerviosa, jugueteando con el borde de su pijama.
—Bueno, siempre hemos sabido que Usagi es muy cariñosa y amable con todos —intervino Rei con tono burlón pero cariñoso—. Por eso sus misiones nunca salen exactamente como deberían.
—Además... tengo algo más que contarles —habló Usagi con voz temblorosa, bajando la mirada.
Todas se inclinaron hacia adelante, expectantes.
—¿Ah, sí? ¿Qué es? —preguntó Ami, ajustándose las gafas con curiosidad—. ¿Es el anuncio que nos ibas a hacer?
—Sí... Mi cita con Ittoki no era solo una reunión. Es porque... me va a poner pareja —escupió Usagi de golpe, sin rodeos.
—Un compañero —dijo Makoto tranquilamente, tomando un pedazo de pizza—. Eso está bien. Ambos podrían formar una gran pareja en el campo.
—¡No si es con un "cubo de hielo"! —gritó Usagi, poniéndose roja de coraje.
Ami escupió el refresco que estaba tomando, salpicando un poco la mesa.
—No me digas que es...
—¡Sí! ¿Sabes cuánto lo odio? —preguntó Usagi, furiosa, cruzando los brazos.
—Pero ¿de quién rayos están hablando? —intervino Minako, después de devorar el último chocolate envinado de la caja.
—De Mamoru Chiba —contestó Ami con voz seria.
Todas gritaron al unísono, un coro de indignación y rechazo. Nadie en el equipo quería a Mamoru Chiba. Sus arranques fríos, su mirada distante y su reputación de actuar como un asesino sin emociones lo convertían en el compañero menos deseado del mundo.
Después de contarles con todo lujo de detalles su trágica historia con Ittoki y el anuncio de la nueva pareja, la noche continuó entre risas, comida deliciosa y confidencias. Rei les contó emocionada que ya tenía fecha confirmada para su boda con su prometido inglés, un agente de inteligencia británica con quien llevaba más de un año. Minako, por su parte, estaba a punto de revelar la fecha de lanzamiento de su nuevo disco, un proyecto que combinaba su carrera como idol con mensajes cifrados para la agencia.
Usagi se sentía inmensamente feliz. Eran sus mejores amigas, sus hermanas del alma. Aunque siempre terminaban peleando por tonterías —quién comía el último pedazo de pastel, quién elegía la película o quién había fallado en la última misión—, el lazo que las unía era inquebrantable desde la infancia. Todas provenían de familias de espías, excepto Ami: su madre era una respetada doctora en la E.E.J. (Espías de Élite Japonesa), y su padre, un pintor soñador que llenaba la casa de colores y sueños. Los padres de las demás ya estaban retirados y ahora dedicaban su experiencia a formar a los nuevos reclutas de la agencia.
Mientras las chicas reían, comían y compartían secretos bajo la luz tenue de la sala, en otra parte de la ciudad, Mamoru Chiba luchaba contra sus propios demonios.
En su apartamento oscuro y minimalista, Mamoru se revolvía violentamente en la cama, sudando a chorros. La pesadilla lo atrapaba una vez más.
Un niño de siete años, de cabello negro azabache, ojos claros y piel pálida, observaba horrorizado cómo unos hombres armados irrumpían en su hogar. Sus padres gritaban desesperados:
—¡Corre, Mamo-kun! ¡Corre y sálvate! ¡No mires atrás!
Lo protegían con sus propios cuerpos, haciendo de escudo humano mientras las balas silbaban a su alrededor. El pequeño Mamoru corrió con todas sus fuerzas, las lágrimas quemándole las mejillas, mientras escuchaba los disparos finales y los pasos de los asesinos persiguiéndolo por los pasillos oscuros. El sueño se cortó de golpe, como un cuchillo.
Mamoru se incorporó bruscamente en la cama, jadeando, con el corazón latiéndole desbocado y el cuerpo empapado en sudor frío.
—Solo fue un sueño... —susurró con voz ronca, pasándose una mano temblorosa por el rostro—. Un maldito sueño...
Sus padres habían sido espías de la misma agencia. Estaban investigando un caso complejo que involucraba a varios agentes corruptos, supuestos amigos de la familia. Intentaron resolverlo desde dentro, confiando en quienes creían leales... y pagaron el precio más alto. Los traicionaron y los asesinaron a sangre fría, todo por una gran suma de dinero.
Esos traidores fueron capturados tiempo después gracias al padre de Ittoki, un espía legendario que, tras el incidente, tomó el control de la agencia y la limpió desde sus cimientos. Desde entonces, Mamoru creció bajo su protección, convirtiéndose casi en un hijo para él. Ittoki se volvió su hermano mayor, su único apoyo verdadero.
Ittoki conocía mejor que nadie el motivo de la frialdad de Mamoru. No iba a cometer el mismo error que sus padres. La confianza era un lujo peligroso, una debilidad mortal en su mundo. No servía de nada cuando tenías que atrapar a los malos.
Y ahora, tendría que lidiar con una compañera que confiaba ciegamente en las personas. Alguien que, sin duda, se convertiría en un gran estorbo... o en su peor pesadilla.
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Mision: Amor
FanfictionUsagi Tsukino, una espía talentosa pero demasiado confiada y distraída, es obligada a formar pareja con Mamoru Chiba, el agente más frío y despiadado de la agencia. Mientras luchan por complementar sus opuestos -la calidez de ella contra el hielo de...
