capitulo 9 parte 1 💜

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Solo a Ittoki-kun se le podía ocurrir algo tan retorcido: insertar una misión dentro de otra misión.
Usagi y Mamoru viajaban en un avión privado rumbo a Londres. El objetivo oficial era proteger a un importante empresario japonés que se encontraba de viaje de negocios en Inglaterra. Sin embargo, para Mamoru esto representaba algo más: una oportunidad de volver al campo después de semanas de "descanso obligado".
Usagi odiaba las misiones encadenadas. Apenas lograba mantener la cabeza en claro con una, y ahora tenía que lidiar con dos al mismo tiempo. Aun así, había aceptado sin protestar. Sabía que "Cubito de Hielo", como ella lo llamaba en secreto, necesitaba acción. Necesitaba pelear. El guerrero que llevaba dentro se estaba oxidando, y ella se sentía culpable por eso.
«Si acepto esta misión, él podrá desahogarse... aunque eso signifique que yo tenga que enfrentarme a mi propia oscuridad», pensó mientras miraba por la ventanilla del avión.
Mamoru, sentado frente a ella, parecía extrañamente animado. Sus ojos oscuros brillaban con esa hambre fría que solo aparecía cuando había violencia en el horizonte. Era un guerrero nato. Y Usagi lo sabía mejor que nadie.
Al aterrizar en el aeropuerto de Heathrow, el aire húmedo y frío de Londres los recibió como un mal presagio. Apenas bajaron del avión, Mamoru recibió una llamada corta. Tras colgar, señaló con la cabeza hacia la salida.
—Vamos. El objetivo nos espera.
La misión era técnicamente para Mamoru, pero él la había arrastrado casi a la fuerza. Antes de subir al avión, le había dicho con voz cortante:
—Cabeza de chorlito, si quieres matar a Kai Nagano algún día, primero tienes que aprender a pelear sin que tus emociones te controlen. Un verdadero agente no deja que terceros interfieran en su objetivo.
La había llevado casi a jalones. Y aunque a Usagi le molestaba su actitud autoritaria, sabía que tenía razón. Para tener éxito en su verdadera misión contra los Nagano, necesitaba convertirse en alguien más fría. Más letal. Capaz de eliminar cualquier obstáculo —hombre, mujer o niño— sin que le temblara el pulso.
Mamoru quería moldearla a su imagen: una máquina calculadora y sin piedad. Y eso la aterrorizaba.
Llegaron al punto de encuentro dentro del aeropuerto. Un hombre de unos cincuenta años, canoso, delgado y sorprendentemente atractivo, los esperaba. Sus ojos celestes eran penetrantes, casi hipnóticos.
—Buenas tardes, señor —saludó Mamoru con tono profesional.
—Tú debes ser Mamoru Chiba —dijo el hombre, señalándolo con el dedo.
—Así es. Y ella es mi compañera, Usagi Tsukino.
El empresario repitió el apellido en voz baja, como si le resultara familiar:
—Tsukino... Tsukino...
—¿Le ocurre algo, señor? —preguntó Usagi con cautela.
—No, nada. ¿Nos vamos?
Ambos asintieron. Salieron del aeropuerto internacional de Londres convertidos en los nuevos guardaespaldas del hombre cuyo nombre aún desconocían. Caminaron varias cuadras hasta llegar a un imponente hotel de color rojo con detalles dorados. Era lujoso, discreto y perfecto para alguien que sabía que lo querían muerto.
Una vez registrados, el hombre les informó:
—Estamos en el mismo piso. Habitación 200 para mí y la 201 para ustedes, justo enfrente. Primero iremos a mi suite. Les explicaré por qué quieren matarme.
Ya dentro de la amplia habitación con vista a la ciudad, el empresario comenzó su relato. Se dedicaba a comprar empresas en quiebra para restaurarlas y convertirlas en negocios rentables: zapatos, maquillaje, ropa, accesorios... Todo tipo de industrias. La mayoría de sus enemigos eran antiguos dueños de esas empresas, hombres que habían perdido poder, dinero y prestigio por su culpa.
Mamoru escuchaba con atención absoluta, analizando cada detalle.
—Así que es por eso que lo quieren muerto... —murmuró finalmente.
—Es una completa estupidez —intervino Usagi, levantándose con enojo—. ¿Qué tiene de malo darles trabajo a indocumentados? No estamos en Estados Unidos.
El hombre suspiró con pesadez.
—Estupidez o no, en Japón están ocurriendo cosas muy feas... e inhumanas.
—¿Qué clase de cosas? —preguntó Usagi, frunciendo el ceño.
Mamoru, de pie frente al gran ventanal, respondió sin mirarla:
—¿Acaso no ves las noticias?
La rubia negó con la cabeza.
—No... Son demasiado deprimentes. Desde que mis padres murieron, evito verlas.
Mamoru hizo una pausa larga antes de continuar con voz grave:
—Hace poco asesinaron a un empresario y abogado multimillonario cerca de una compañía que se dedicaba al tráfico de blancas. Defendía a pobres e indocumentados. Aún no se sabe oficialmente quién fue... pero estoy seguro de que usted sí lo sabe, señor Watanabe.
El hombre palideció ligeramente.
—Su nombre es... Arata Aka.
—¡Arata Aka! —exclamó Usagi, visiblemente alterada.
Mamoru giró bruscamente la cabeza hacia ella.
—¿Lo conoces?
Usagi tragó saliva. Sus manos temblaban.
—Sí... Hace cuatro meses mi misión era eliminarlo.
—¿Y por qué sigue vivo? —preguntó el señor Watanabe con desconfianza.
Mamoru se acercó lentamente a ella, su presencia era amenazante.
—Arata Aka. 25 años. Experto en combate cuerpo a cuerpo, cinta negra en varios estilos. Tirador preciso tanto en corta como en larga distancia. Su arma favorita es la Walther P99. Sin familia conocida.
Usagi retrocedió un paso, la voz quebrada.
—No lo maté porque... porque me enamoré de él.
El silencio que cayó en la habitación fue asfixiante.
Mamoru se puso visiblemente rojo de furia. Sus ojos oscuros ardían con una mezcla peligrosa de rabia, celos y decepción.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó con voz baja y amenazante.
—Cuando Ittoki-kun se enteró de que me había enamorado del objetivo... mi vida se volvió un infierno —continuó Usagi, hablando rápido, casi sin respirar—. Tenía órdenes de matarlo, pero no pude. No podía matar a la persona que amaba. Él descubrió que yo era una espía y me mantuvo prisionera durante un mes entero. Hasta que me rescataron...
Las lágrimas amenazaban con salir.
—Arata era... maravilloso conmigo. A pesar de que sabía que era un asesino, me enamoré. Cuando me rescataron, él juró que me encontraría y me mataría. Si sabe que estoy aquí en Londres... no solo yo corro peligro. Ustedes también.
Mamoru dio un paso más hacia ella. Su voz salió como un gruñido controlado:
—¿Estás diciendo que pusiste en riesgo toda esta operación por un maldito asesino del que te enamoraste como una idiota?
Usagi levantó la mirada, desafiante a pesar del miedo.
—No esperaba que me entendieras, Mamoru. Tú nunca has amado a nadie. Solo sabes matar y obedecer órdenes.
El pelinegro apretó la mandíbula con tanta fuerza que se marcó una vena en su cuello.
—Te equivocas —dijo con voz peligrosamente baja—. Yo sí entiendo. Entiendo que tu debilidad emocional casi te costó la vida una vez... y ahora podría costárnosla a todos.
Se acercó hasta quedar a solo unos centímetros de ella, su aliento rozando su frente.
—Esta misión ya no es solo proteger a Watanabe. Ahora también es mantenerte con vida mientras un fantasma del pasado viene a cobrarse su venganza. Y te juro, Usagi... que si por tu culpa tengo que derramar sangre inocente en Londres, tú y yo vamos a tener un problema muy serio.
Usagi sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Nunca había visto a Mamoru tan furioso... ni tan atractivo en su oscuridad.
El señor Watanabe los observaba en silencio, consciente de que acababa de entrar en medio de algo mucho más complicado que su propia amenaza de muerte

Mision: AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora