Capitulo 1 💜

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El silencio de la oficina del jefe me pesaba como una losa sobre el pecho. Estaba sentada en esa silla incómoda de metal, con las manos entrelazadas tan fuerte que los nudillos se me habían puesto blancos. Mi última misión había sido un fracaso estrepitoso, no porque hubiera fallado en encontrar al objetivo, sino porque... me había negado a cumplirla.
Jadeite, el mafioso más sanguinario de Grecia, tenía una hija. Una niña de ojos grandes y risa fácil que se había aferrado a mi mano como si yo fuera su salvavidas. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a verla: sus lágrimas silenciosas cuando le pregunté por su papá, la forma en que me llamó "hermana" con esa voz temblorosa. ¿Cómo iba a quitarle al único padre que le quedaba? ¿Cómo iba a convertirme en el monstruo que le robara la infancia?
Mis propios padres murieron en un accidente de auto cuando yo tenía apenas ocho años. Recuerdo el vacío infinito de esa noche, el olor a hospital y el sonido de los sollozos de mi tía. Juré entonces que nunca causaría ese mismo dolor a nadie. Y ahora, aquí estaba, enfrentando las consecuencias de haber elegido la compasión sobre la orden.
Un aroma sutil invadió la habitación: hierbabuena fresca mezclada con lavanda profunda, como un bosque después de la lluvia. Era un olor limpio, pero con un filo peligroso. Iba a girarme para ver de quién se trataba cuando la puerta se abrió de golpe. Decidí quedarme mirando al frente, fingiendo indiferencia.
Ittoki entró con paso pesado, se dejó caer en su silla de cuero negro y soltó un suspiro que parecía cargar el peso de toda la agencia. Primero me miró a mí. Abrió la boca, pero se contuvo. Luego desvió los ojos hacia la persona que acababa de sentarse a mi lado. El aire se volvió más denso.
—¿Ya se imaginan por qué están aquí? —preguntó, recargándose en la silla con esa pose de quien controla todo.
—Si es por la misión... —mi voz salió más temblorosa de lo que quería—. Ya te expliqué lo que pasó, Ittoki.
—Sí, y también te dije que tienes que dejar de confiar en cualquiera, Usagi. —Tamborileó los dedos sobre el escritorio, un sonido seco que me erizaba la piel—. Lo que hiciste nos costó caro. Muy caro. Perdimos información clave, contactos... y casi expusimos toda la operación.
—Lo sé... y lo siento de verdad. —Bajé la mirada, sintiendo cómo el arrepentimiento me quemaba la garganta. No mentía. Estaba arrepentida de haber fallado a la agencia, pero no de haber protegido a esa niña. Esa era la parte que más me atormentaba: ¿dónde terminaba mi debilidad y empezaba mi humanidad?
—Y tú, Chiba Mamoru —el tono de Ittoki cambió, volviéndose más afilado. Se dirigió al hombre a mi lado y levantó la voz—: Te dije claramente: nada de muertos, nada de asesinatos innecesarios. ¿Y qué fue lo primero que hiciste? ¡Lanzaste una maldita bomba en un restaurante lleno de gente en Italia!
—Era necesario —respondió Mamoru con una voz fría, controlada, como si estuviera hablando del clima—. Eliminé a todas las escorias que operaban desde ahí. No quedó nadie que pudiera delatarnos.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. ¿Cómo podía hablar de la muerte con tanta naturalidad?
—¡Qué cruel eres! Eso no se hace —solté sin poder contenerme, girándome hacia él por primera vez.
Y el mundo se detuvo un segundo.
Era alto, de cabello negro azabache que caía ligeramente sobre unos ojos azul oscuro e intensos, capaces de congelar el fuego mismo. Mandíbula marcada, traje negro impecable que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Había algo en él que gritaba peligro... y, al mismo tiempo, una atracción magnética que me hizo sonrojar hasta las orejas. Rápidamente bajé la vista, rogando que no lo hubiera notado.
—Mira quién habla —replicó él, girándose hacia mí con una sonrisa burlona y helada que no llegaba a sus ojos—. La que arruinó toda la misión solo porque se encariñó con la hija del asesino número uno de Grecia. ¿Qué sigue, Usagi? ¿Vas a adoptar a todos los huérfanos de los criminales que eliminamos?
Sus palabras me dolieron más de lo que esperaba. No era solo un reproche profesional; era un golpe directo a esa parte de mí que siempre había intentado esconder: mi corazón demasiado blando en un mundo demasiado duro.
—¡Ya basta los dos! —rugió Ittoki, golpeando la mesa con la palma abierta. Su rostro estaba rojo de coraje—. No voy a tolerar más errores. ¿Entendido?
—Sí —respondimos al unísono, aunque mi voz salió apenas como un susurro.
—Como les dije: nada de errores más. Por eso, a partir de mañana, ustedes dos van a trabajar juntos. Regresen a primera hora para que les dé los detalles de la nueva misión. —Abrimos la boca para protestar, pero Ittoki nos cortó en seco con un gesto seco de la mano—. Dije que mañana. Así que lárguense. Ah, y pasen con Ami para que les entreguen los nuevos uniformes y armas. No quiero excusas.
Salimos de la oficina en un silencio cargado. Afuera, en el pasillo iluminado con luces frías, nos detuvimos un segundo. Nuestras miradas se cruzaron: la mía llena de fastidio y confusión, la suya con esa frialdad impenetrable. Por un instante, algo chispeó entre nosotros, algo que no supe nombrar. Luego, sin decir una palabra, cada quien tomó su camino. Mamoru bajó por las escaleras con pasos firmes; yo elegí el elevador, necesitando ese espacio para respirar.
Cuando llegué al sótano, Ami ya estaba esperándome en la entrada del laboratorio. Me abrazó al instante, su calidez contrastando con el frío que aún sentía en el pecho.
—¿Cómo estás? —preguntó mi amiga de la infancia, escudriñando mi rostro con preocupación.
—Bien... —mentí, aunque mi voz desanimada me delataba.
—Eso no parece "bien". Cuéntame.
—Tranquila, estaré bien. —Le regalé una sonrisa débil para calmarla—. Mejor dame esos atuendos nuevos y esas armas brillantes que solo tú sabes hacer, Ami-chan. Necesito sentirme fuerte otra vez.
—Ahora entiendo por qué viniste directamente aquí —rio ella suavemente—. Pero no se te olvide: hoy nos juntamos todas las chicas.
—Lo sé, lo sé. Tengo que contarles algo muy importante... algo que me está carcomiendo por dentro.
—¿Puedes adelantarme algo?
—No, hasta la noche. Necesito procesarlo primero.
—Está bien. Mira, aquí está el traje. Es de cuero completo, antibalas y reforzado con tecnología que ni te imaginas. Sé que vas a decir que es demasiado sexy para ti, pero es seguro. Ni el filo de una espada podrá cortarlo.
—¿En serio, Ami-chan? —pregunté, abriendo mucho los ojos mientras pasaba los dedos por la tela suave y resistente.
Ella asintió, orgullosa de su creación.
Apenas iba a mostrarme las armas cuando la puerta se abrió de nuevo.
—Ami-san —dijo la voz grave y profunda de Mamoru—. Necesito mi uniforme y las armas nuevas.
—Claro, Chiba-san. Ittoki me avisó que el tuyo es especial, diferente al de los demás. Ven, está en la zona de hombres, al fondo. ¿Usagi, nos acompañas?
—Claro, Ami-chan —respondí, aunque una parte de mí quería salir corriendo.
Al llegar al fondo del taller vimos varias cápsulas enormes con trajes futuristas. Solo uno destacaba: pantalón negro de cuero, camisa negra ajustada y una chamarra de cuero negra con detalles plateados que le daban un aire letal y elegante. Me imaginé a Mamoru vistiéndolo y sentí un calor traicionero subir por mi cuello.
—Gracias —dijo él secamente, tomó la bolsa que Ami le entregó y se dio la vuelta sin más palabras.
—¡Grosero! —grité cuando ya estaba lejos.
—Déjalo, siempre ha sido así —suspiró Ami, sacudiendo la cabeza—. Es como un bloque de hielo andante.
—Es tan frío... parece un cubo de hielo. —Me reí, aunque la risa sonó un poco forzada—. ¡De ahora en adelante le voy a decir "Cubo de Hielo"!
Las dos soltamos una carcajada que aligeró un poco la tensión del día. Nos despedimos con un abrazo fuerte.
Salí del laboratorio con el traje nuevo entre los brazos y el corazón revuelto. Mañana sería un nuevo día... lleno de viento helado, al parecer. Trabajar al lado de alguien como Mamoru iba a ser un desafío constante. ¿Cómo iba a concentrarme en la misión cuando su presencia ya me desestabilizaba de esta forma?
El destino había querido que termináramos juntos, forzados por las circunstancias y las órdenes de arriba.
¿Sería eso realmente cierto? ¿O solo el comienzo de algo mucho más complicado?
Nuestros destinos apenas empezaban a descifrarse, y yo tenía el presentimiento de que nada volvería a ser igual.

Mision: AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora