capitulo 9 parte 2 💜

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Mamoru salió del cuarto del señor Watanabe hecho una furia, pero regresó casi de inmediato, gritándole a Usagi con voz helada:
—Vete al cuarto. Ahora.
Usagi se quedó paralizada unos segundos. No entendía qué le pasaba a ese hombre. Un momento la trataba como un caballero, protegiéndola con una delicadeza que la desarmaba, y al siguiente explotaba en un frío glacial que la congelaba por dentro. Era bipolar. Un cubo de hielo con grietas impredecibles.
Tal como él ordenó, Usagi salió de la suite del empresario, dejando al señor Watanabe visiblemente confundido por la escena. Al entrar en su habitación del piso 25, escuchó la voz elevada de Mamoru al otro lado de la puerta. Estaba gritando. Prefirió quedarse afuera y escuchar.
—¿Cómo pudiste no decirme nada de esto? —rugía Mamoru—. ¡Estuvo un mes encerrada quién sabe dónde! No, Ittoki, no quiero que me calmes. ¿Cómo diablos quieres que me calme? El empresario que tenemos que proteger está conectado directamente con ese maldito. Ya te lo dije: no me calmaré hasta saber que ella estará segura. La llevaré al aeropuerto mañana mismo. La misión con Kai Nagano queda suspendida por el momento... Sí, la pondré a salvo. Cuando la recojas, me llamas para confirmar que llegó bien. De acuerdo. Adiós.
Mamoru colgó la llamada y se dejó caer pesadamente en la cama, pasándose las manos por el cabello negro con frustración.
—No puedo permitir que nada malo le pase... —murmuró para sí mismo.
Usagi abrió la puerta de golpe, roja de coraje. No iba a permitir que nadie decidiera por ella.
—No te meterás en mis asuntos, Mamoru Chiba —dijo con voz firme—. Este problema es mío. ¿Entendido?
Mamoru levantó la mirada. Sus ojos oscuros ardían de furia contenida.
—Mañana te vas a Tokio a primera hora —respondió, ignorando por completo su reclamo.
—¡Ya te dije que esto es asunto mío! Cuando salí de esa prisión, me prometí a mí misma que lo mataría con mis propias manos.
—No podrás hacerlo, Usagi —dijo él levantándose lentamente—. Jamás podrás matarlo porque todavía tienes sentimientos hacia él.
—¡Ya no tengo sentimientos por él! —exclamó ella, aunque su voz tembló ligeramente—. Sí, lo amé... en su momento. Pero ahora tengo una misión en Madrid y pienso cumplirla. Terminamos con esta protección y nos regresamos a España.
Mamoru se acercó a ella con pasos deliberadamente lentos, invadiendo su espacio personal hasta que quedaron demasiado cerca.
—¿Y si aparece frente a ti y tienes que matarlo? —preguntó, su voz baja y peligrosa.
—Estaré lista para pelear y terminar la misión que dejé pendiente hace cuatro meses.
—¿Cómo puedes olvidar a alguien que amaste? —insistió él, ahora tan cerca que Usagi podía sentir su aliento en la frente.
La rubia tragó saliva, incómoda por la cercanía.
—Creo que nunca lo amé de verdad... Solo fue una ilusión. Un espejismo. Sé que ha matado a mucha gente, pero también ayudaba a los pobres. Era como un Robin Hood moderno. Quitaba a los ricos y daba a los necesitados.
De repente, Mamoru la silenció con un beso feroz.
Usagi se quedó rígida por un segundo, los ojos muy abiertos por la sorpresa. Luego, como si un dique se hubiera roto, respondió al beso con igual intensidad. Sus labios se movieron con pasión descontrolada, casi salvaje. Mamoru la sujetó por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo mientras profundizaba el beso. Tres minutos de fuego puro, de deseo reprimido durante demasiado tiempo.
Era el beso que Mamoru había querido darle desde el primer día que la vio en la oficina de Ittoki. Un beso que decía todo lo que nunca se habían atrevido a expresar con palabras.
El momento se rompió bruscamente cuando un grito desgarrador llegó desde la habitación de enfrente.
Ambos se separaron de golpe, respirando agitadamente. Sin decir una palabra, tomaron sus armas y salieron corriendo al pasillo. Varios hombres vestidos de negro se llevaban al señor Watanabe a la fuerza.
—¿Qué hacemos? —preguntó Usagi, adrenalina pura corriendo por sus venas.
—Ve por el armamento y los trajes. Yo los vigilo —ordenó Mamoru.
Usagi asintió y corrió hacia su habitación. Minutos después salió con dos mochilas: una con armas y otra con los trajes especiales antibalas que Amy-chan les había proporcionado.
Veinte minutos más tarde, recibió un mensaje de Mamoru con la dirección exacta. Llegó a una casa abandonada en uno de los barrios más peligrosos de Londres. Las paredes estaban cubiertas de grafitis y el lugar olía a humedad y decadencia.
No veía a Mamoru por ninguna parte hasta que escuchó un chistido discreto. Levantó la vista y lo encontró en el techo de un edificio de ladrillos rojos abandonado, agachado para no ser visto.
Usagi escaló con agilidad y le entregó una de las mochilas.
—¿Qué haremos? —preguntó en voz baja.
—Esperaremos a que anochezca. Faltan pocas horas.
Cuando la oscuridad cayó sobre Londres, la acción comenzó.
Ambos saltaron del techo vestidos con sus trajes tácticos negros. Usagi sacó una navaja y una pistola, verificando que todo estuviera en orden. Mamoru activó dos hojas ocultas: una en la mano derecha y otra impregnada con veneno en la izquierda.
Se movieron como sombras. Mamoru eliminó al primer guardia con un corte limpio en la garganta. Usagi rebanó el cuello del segundo sin piedad. Todo sucedió en menos de cinco segundos. Los cuerpos cayeron sin emitir sonido.
—¿Estás bien? —preguntó Mamoru.
—Perfecta —respondió ella, la mirada endurecida.
Decidieron separarse dentro de la mansión en ruinas. Usagi caminaba con sigilo, el corazón latiéndole con fuerza. Rezaba por no encontrarse cara a cara con Arata. Después de varios minutos, se reunieron de nuevo en el punto de partida.
—No hay nada en esta planta —dijo ella.
—Arriba tampoco. Todos los cuartos están vacíos —respondió Mamoru—. Es raro... no hay hombres de Arata Aka.
—Exacto. Si secuestraron a alguien, debería haber trampas o guardias. Es como si la tierra se los hubiera tragado.
Mamoru entrecerró los ojos.
—Tierra... ¿Recuerdas el sótano que vimos en el patio trasero? Puede que aquí haya algo similar.
Tenía razón. En la parte de atrás encontraron una puerta metálica que conducía a un sótano profundo. Bajaron las escaleras con cautela. De pronto, varios matones surgieron de las sombras.
Se pusieron espalda contra espalda.
—Seis. Tres para cada uno —dijo Usagi, separándose inmediatamente para atacar.
Mamoru eliminó a sus tres objetivos con una precisión quirúrgica. Cuando se giró hacia Usagi, se quedó helado. Los tres hombres que le habían tocado a ella estaban brutalmente mutilados. No era la Usagi que él conocía. Esta versión era más oscura, más letal.
—¿Te... encuentras bien? —preguntó, acercándose con un pañuelo blanco para limpiarle la sangre del rostro.
—Mejor que nunca —respondió ella con una sonrisa fría.
Llegaron hasta la última puerta del pasillo subterráneo. Usagi la abrió.
Ahí estaba él.
Arata Aka. Cambiado, con una enorme quemadura en el rostro, el cabello ya no rubio brillante y los ojos azules ahora cargados de una tristeza profunda. Aun así, sonrió al verla.
—Arata Aka —dijo Mamoru, notando que Usagi se había quedado muda.
—Ese soy yo —respondió Arata sin apartar la mirada de la rubia—. ¿Por qué me dejaste?
—¿Por qué me encerraste? —replicó ella con voz temblorosa.
—Te protegía de la gente que me rodea.
—Eso ya no importa. Ahora estoy aquí para matarte. Esa es mi misión.
—Inténtalo si puedes, pequeña traviesa.
—No me llames así. Ya no soy esa niña. He cambiado.
Arata sonrió con amargura.
—Ya se nota.
De pronto, Mamoru gritó:
—¡Usagi, sal de aquí! ¡Lárgate rápido!
—No —respondió ella con determinación—. Yo me enfrentaré a él. Es mi deber. Si tengo que morir, que así sea.
—Cabeza de chorlito, no lo hagas...
—Mamoru... si no regreso, ve a la boda de Rei-chan. Solo faltan dos días. Dile que me disculpe con ella y con las chicas.
—Usagi... —susurró él, retrocediendo hacia la puerta. Antes de salir, gritó con voz rota—: ¡Si no regresas, cabeza de chorlito, te juro que te reviviré solo para matarte yo mismo!
La puerta se cerró. Ahora solo estaban ellos dos.
—No ibas a matarme —dijo Arata.
—No hasta que tuvieras un arma en las manos.
—Siempre tan buena niña... Eso fue lo que más me gustó de ti. Eras lo único puro que tenía en mi vida.
Usagi tiró su navaja a un lado.
—Si así lo quieres... pelea con las manos.
La pelea fue brutal. Usagi golpeaba con una fuerza y rabia que sorprendía incluso a ella misma. Arata era fuerte, pero sus movimientos se volvían más lentos con cada minuto. Cayeron al suelo. Usagi quedó encima, golpeándolo sin piedad.
Entonces Arata sacó una navaja suiza escondida y se la clavó en el costado derecho.
Usagi gritó de dolor y se apartó, sangrando profusamente. Arata se acercó, pero ella logró alcanzar la navaja que había tirado antes. En un movimiento reflejo, se la clavó en el estómago.
Arata cayó de espaldas, jadeando.
—Gracias... —susurró con alivio—. Ya no aguantaba más esta vida.
—No hables...
—Usagi... perdóname por todo. Te amé. A pesar de todo, te amé.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lo sé, Arata. Yo también te amé... en su momento.
La mano ensangrentada de Arata acarició su mejilla por última vez antes de caer sin vida al suelo.
—Descansa en paz —susurró Usagi con cariño.
Salió del sótano tambaleándose. Cada paso era un suplicio. La herida sangraba sin control. Las paredes parecían cerrarse sobre ella. La luz de la salida se veía tan lejana...
Finalmente logró salir al exterior. La luna llena iluminaba el cielo. Sus ojos se cerraron y su cuerpo cayó pesadamente al suelo frío.
No supo nada más.

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