capitulo 12 💜

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Entré a la mansión con el corazón en un puño. La sonrisa que traía se había borrado por completo desde la llamada de Mamoru. Sabía que algo grave había pasado en Japón, y la ansiedad me consumía.
Apenas crucé la puerta principal, lo vi. Mamoru ya me esperaba con dos maletas preparadas.
—¿Qué sucede? —pregunté, confundida.
—Vamos a viajar a Japón —respondió, visiblemente nervioso. Era la primera vez que lo veía así desde que lo conocía.
—¿Por qué tan de pronto?
—Sucedió algo. Tenemos que ir.
—¿Qué fue lo que sucedió? —insistí.
—Falleció alguien... —bajó la mirada—. Solo puedo decirte que debemos regresar lo más rápido posible. Estaremos allá un par de días.
—Has dicho que alguien falleció... Dime quién es —pedí, sintiendo que las lágrimas ya se acumulaban en mis ojos.
—Usagi, compréndeme. Si te lo digo ahora, estarás peor durante todo el vuelo. Deja que las lágrimas salgan después, por favor.
Salimos de inmediato hacia el aeropuerto. Durante todo el trayecto y el vuelo, la desesperación no me abandonó. Mamoru se negaba a darme más detalles. De pronto, mi teléfono empezó a vibrar con mensajes del grupo de chat con mis amigas.
REI:
¿Saben lo que pasó???
AMI:
Nadie sabe nada. Ittoki no me quiere decir.
MAKOTO:
Yo estoy igual.
Usagi:
Estoy viajando a Japón. Llego en pocas horas.
Apagué el celular y me quedé mirando el paisaje de Madrid a través de la ventanilla. Nadie sabía nada. Era evidente que Ittoki había ordenado silencio. Durante todo el vuelo una idea me atormentaba: tal vez había sido el padre de Ittoki. Era un hombre mayor, y los espías morían con frecuencia en misiones... pero si fuera un agente, no nos harían regresar con tanta urgencia a Japón. Eso solo empeoraba mi angustia.
Cuando por fin aterrizamos, tomamos un taxi directo a las instalaciones. El camino se me hizo eterno. Mamoru no abrió la boca en todo el trayecto, lo que solo aumentaba mi estrés.
Las instalaciones seguían exactamente igual que la última vez. Ittoki nos esperaba en la entrada, vestido completamente de negro y con dos bolsas de ropa en las manos.
—¿Y eso? —pregunté señalando las bolsas.
—Es para ustedes. Vayan a sus oficinas a cambiarse. Los veo en la mía en cinco minutos.
Al entrar, el ambiente era pesado. Todos parecían tristes. Aun no sabíamos nada, pero en mi corazón rogaba que el padre de Ittoki siguiera con vida.
Quince minutos después estábamos reunidos en la oficina de Ittoki. Él aún no llegaba. En la sala se encontraban Makoto, Rei —quien había interrumpido su luna de miel—, Ami, y las otras cuatro espías: Michiru (que venía de Irak), Haruka (de Holanda), Setsuna (que regresó de Argentina) y Hotaru. La única que faltaba era Minako.
—¿Alguien sabe por qué estamos aquí? —preguntó Michiru desde una esquina.
—Nadie sabe nada —respondió Mamoru secamente.
—Usagi, me enteré que tienes que aguantar a este hombre —dijo Michiru mirándome con enojo—. Espero que no termine matándote.
Solo pude sonreír con tristeza.
—Perdón por la tardanza, estaba en una llamada —dijo Ittoki al entrar. Se colocó frente al escritorio y nos miró a todos con gravedad. Respiró profundo—. Yo... no sé cómo decirles esto. Es muy difícil para mí, porque nosotros estudiamos juntos.
—Al grano —interrumpió Haruka.
Ittoki tragó saliva, visiblemente afectado.
—No sé cómo decirles... —repitió, al borde de las lágrimas.
—Usagi-chan, ¿qué sucede? ¿Por qué lloras? —preguntó Hotaru abrazándome. Ella también había empezado a llorar.
—¡Dejen de llorar! ¡Aún no sabemos qué pasó! —gritó Rei, asustada.
—Rei tiene razón, no tienen por qué llorar —dijo Makoto acercándose para tranquilizarme.
—¡Es que ustedes no entienden! —estallé, ya sin poder contenerme—. ¿No se dan cuenta de por qué vestimos de negro? ¿No se dan cuenta de por qué estamos aquí? ¡Solo los que realmente nos conocemos! ¿No ven quién es la única que falta? ¿No entienden quién murió en una misión?
Todas se quedaron heladas. Las lágrimas corrían por mi rostro sin control.
—Todos somos amigos, a pesar de la distancia. Mamoru estudió con nosotros, por eso también está aquí.
La rabia y el dolor se mezclaron en mi voz:
—Minako ha muerto. Esa es la única verdad y la razón por la que estamos aquí.
Después de gritarlo, salí corriendo de la oficina de Ittoki.
El silencio que quedó fue sepulcral.
—¿Quién la mató? —preguntó Rei en un susurro, al borde del desmayo.
Ittoki respondió con la voz rota:
—Fue Kai Nagano.

Usagi corrió por los pasillos de las instalaciones sin saber exactamente hacia dónde iba. Las lágrimas le nublaban la vista y el pecho le ardía como si le hubieran clavado una daga. Minako. Su Minako. La más alegre, la más ruidosa, la que siempre tenía una sonrisa y un chiste listo para aligerar cualquier situación... ya no estaba.
Se detuvo en un balcón desierto del segundo piso y se aferró a la barandilla con fuerza. El viento frío de la noche japonesa golpeaba su rostro, pero no sentía nada. Solo vacío.
Dentro de la oficina, el silencio era asfixiante.
—¿Kai Nagano? —repitió Haruka con voz peligrosa, rompiendo el mutismo—. ¿Ese maldito traidor?
Ittoki asintió lentamente, con los ojos enrojecidos. Se veía diez años más viejo.
—Hace tres días recibimos información de que Minako se había infiltrado en una operación encubierta en Corea del Norte. Su objetivo era obtener evidencia contra una red de tráfico de armas que involucraba a altos funcionarios. Todo iba según lo planeado... hasta que Kai apareció.
—¿Cómo es posible que Kai estuviera ahí? —preguntó Ami, con la voz temblorosa—. Se suponía que estaba en la lista negra de la agencia. Lo expulsamos hace dos años.
—Se vendió —respondió Ittoki con amargura—. Ahora trabaja como mercenario de alto nivel. Al parecer reconoció a Minako y decidió... encargarse personalmente.
Rei se dejó caer en una silla, pálida.
—¿Cómo murió? —preguntó en un hilo de voz—. Quiero la verdad, Ittoki. No nos escondas nada.
El pelirrojo apretó la mandíbula. Por un momento pareció que no iba a contestar, pero finalmente habló:
—Minako logró enviar un último mensaje cifrado antes de que todo se fuera al infierno. Dijo que Kai la había descubierto y que no saldría viva de ahí. Doce horas después encontramos su cuerpo en un almacén abandonado. Tenía tres disparos... uno en el hombro, otro en el abdomen y el último... —la voz se le quebró— en la cabeza. Ejecución.
Un sollozo ahogado escapó de Hotaru. Makoto golpeó la pared con el puño, dejando una marca.
—Hijo de puta... —gruñó Haruka—. Lo voy a destrozar con mis propias manos.
Michiru, que había permanecido en silencio, habló con una frialdad que helaba la sangre:
—¿Cuándo es el funeral?
—Mañana al atardecer —respondió Ittoki—. Será privado. Solo nosotros. El Director ya autorizó que todas puedan asistir. Después... habrá una reunión para decidir cómo proceder.
Usagi entró de nuevo en la oficina en ese momento. Tenía los ojos hinchados y la expresión rota, pero ya no lloraba. En su lugar había una determinación fría que rara vez se veía en ella.
—No quiero un funeral —dijo con voz ronca—. Quiero justicia.
Todas voltearon a mirarla.
—Usagi... —empezó Mamoru, acercándose.
—No —lo interrumpió ella levantando la mano—. Minako no querría que estuviéramos aquí llorando. Ella querría que termináramos lo que empezó. Kai Nagano no solo mató a nuestra amiga... mató a una de nosotras. Y eso no se queda así.
Ittoki la miró fijamente, evaluándola.
—¿Estás proponiendo una operación de venganza?
—Estoy proponiendo que hagamos lo que mejor sabemos hacer —respondió Usagi, y por primera vez su voz sonó como la de una líder—. Lo cazamos. Lo encontramos. Y le hacemos pagar cada segundo que Minako sufrió.
El silencio que siguió fue diferente. Ya no era de shock, sino de resolución.
Rei se puso de pie lentamente.
—Si vamos a hacer esto... lo haremos juntas. Como siempre debimos ser.
—Contigo hasta el final —agregó Makoto, colocando su mano sobre el hombro de Usagi.
Una por una, todas las presentes se acercaron. Incluso Mamoru, aunque visiblemente preocupado, asintió.
Ittoki suspiró, pero en sus ojos brillaba un destello de orgullo.
—Mañana enterraremos a Minako.
Pasado mañana... empezaremos a cazar a Kai Nagano.
Usagi miró por la ventana hacia la ciudad iluminada de Tokio y murmuró con voz firme:
—Minako... espéranos.
Esta vez, no iremos por la paz.
Iremos por sangre.

Mision: AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora