El sol ya entraba con fuerza por la ventana, pero Usagi apenas había dormido tres horas. Toda la noche los gritos ahogados de Mamoru la habían mantenido despierta. Ese hombre parecía pelear contra sus propios demonios cada vez que cerraba los ojos.
Se levantó de mal humor, abrió la ventana y respiró el aire fresco de la mañana. Pasaban de las once. Se dirigió a la cocina guiada por un olor dulce y tentador a panqueques recién hechos.
Al entrar, se quedó paralizada en la puerta.
Mamoru estaba frente a la estufa, de espaldas a ella, completamente desnudo de la cintura para arriba. Los músculos de su espalda se movían con cada movimiento preciso mientras vertía la masa en la sartén. La luz del sol acariciaba su piel, resaltando los hombros anchos, la cintura estrecha y esa línea de músculos que desaparecía bajo los pantalones negros que colgaban peligrosamente bajos.
Usagi sintió que se le secaba la boca. Por más que lo detestara, era imposible no notar lo atractivo que resultaba.
De pronto, Mamoru se giró con rapidez, cuchillo en mano, apuntando directamente hacia ella. Usagi dio un respingo. Cuando sus miradas se encontraron, él bajó el arma lentamente, pero no apartó los ojos de los suyos. El silencio se estiró entre ellos, cargado y denso.
—Te faltan modales... Cubito de Hielo —dijo ella, intentando sonar molesta, aunque su voz salió más baja de lo normal.
Mamoru dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. El calor de su cuerpo semidesnudo era palpable.
—Y a ti te falta instinto de supervivencia —respondió con voz grave y ronca—. Si no hubiera reconocido tu perfume a tiempo, ahora mismo estarías contra la pared con un cuchillo en el cuello.
Usagi tragó saliva. Estaban demasiado cerca. Podía ver el gris intenso de sus ojos y una pequeña cicatriz cerca de su clavícula.
—Además —continuó él, curvando ligeramente los labios—, ya que te gusta poner apodos, yo también te daré uno. ¿Qué te parece... "Cabeza de Chorlito"?
Ella entrecerró los ojos, pero no pudo evitar que un leve rubor subiera a sus mejillas.
—Idiota —murmuró, sin la fuerza habitual.
Usagi extendió la mano para tomar unos panqueques, pero Mamoru fue más rápido y atrapó su muñeca con suavidad. El contacto hizo que ambos se tensaran. Su pulgar rozó apenas la piel sensible de su muñeca.
—Si sigues comiendo así... —susurró él cerca de su oído, con voz peligrosamente baja—, vas a volverte una distracción muy peligrosa, Cabeza de Chorlito.
El corazón de Usagi latió con fuerza. Por un segundo, ninguno de los dos se movió. El aire crepitaba entre ellos. Ella sintió el aliento cálido de Mamoru contra su oreja y, por un instante, pensó que él iba a acercarse más.
Entonces se soltó bruscamente, tomó tres panqueques y retrocedió.
—Serás patán, Mamoru Chiba —dijo con las mejillas encendidas antes de salir casi huyendo hacia su habitación. El portazo que dio sonó más débil de lo que pretendía.
Dos horas después, salieron del hotel sin dirigirse la palabra. Su odio seguía presente, pero ahora estaba mezclado con algo más incómodo: una tensión que ninguno quería reconocer. Llegaron al mismo tiempo a la mansión indicada en los informes de Ittoki.
Saltaron la pared y registraron la propiedad con profesionalismo. La casa estaba destruida por dentro, pero el jardín impecable delataba que alguien había estado allí recientemente. Sin embargo, no encontraron ninguna pista clara de Kai Nagano. Frustrados, regresaron al hotel.
Sentada en el sillón, Usagi suspiró.
—Lo mejor será llamar a Ittoki-kun.
Mamoru asintió y preparó la videollamada.
—Sabes... a veces no eres tan inútil —comentó él con tono burlón mientras esperaba la conexión.
—Vete al diablo —respondió ella.
La cara de Ittoki apareció en la pantalla con el ceño fruncido.
—¿Qué son esas palabras, Usagi Tsukino?
—Perdón, Ittoki-kun... —dijo ella con cara de arrepentimiento—. Es que este patán me saca de quicio.
Ittoki suspiró con una media sonrisa.
—Veo que todavía no han aprendido a trabajar en equipo. Esto será un excelente entrenamiento para los dos. —Su expresión se volvió seria—. ¿Qué encontraron?
—No había rastro de Kai —respondió Mamoru—. La mansión estaba vacía.
—Entendido. Viajarán a España mañana. Les enviaré los datos de la otra propiedad. —Miró a Usagi con suavidad—. Usagi, puedes tomarte el resto del día. Ve donde necesites ir.
—Gracias, Ittoki —respondió ella con una sonrisa agradecida.
Al atardecer, Usagi caminó hasta el lago que tanto temía y anhelaba al mismo tiempo. Se sentó un rato sobre el césped, observando cómo el sol teñía el agua de tonos dorados y naranjas. Después subió al largo puente de piedra. Contó catorce pasos hacia adelante, se detuvo, y luego caminó cinco pasos hacia la izquierda. Justo ahí se quedó inmóvil.
Cuando el sol desapareció por completo y la luna iluminó el puente con su luz plateada y fría, las rodillas de Usagi cedieron. Cayó al suelo y un llanto desgarrador brotó de su pecho.
Estaba sola. El puente desierto era el único testigo de su dolor.
Recordó todo con una claridad brutal: tenía cinco años. Sus padres la habían llevado a pasear. Ella jugaba cerca del lago mientras su madre pintaba el atardecer y su padre tomaba fotos, riendo juntos. Entonces llegaron los disparos. Se escondió tal como le habían enseñado. Cuando el silencio regresó, salió corriendo hacia el puente y los encontró allí... tirados en un charco de sangre. Su madre exactamente donde ella estaba ahora, con los ojos abiertos y sin vida. Su padre unos pasos más allá. Dos balazos limpios en el corazón.
—Los mató... —sollozó, abrazándose a sí misma—. Kai Nagano me los quitó todo.
Las lágrimas caían sin control sobre la piedra fría.
De pronto, escuchó pasos suaves. Alguien se detuvo a su lado y le extendió un pañuelo blanco. Usagi lo tomó con manos temblorosas y se secó el rostro. Cuando levantó la mirada, sus ojos se abrieron con sorpresa.
Era Mamoru.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con voz rota.
—Te seguí —respondió él en voz baja—. No me gustaba la idea de que vinieras sola a este lugar.
Usagi soltó una risa amarga entre lágrimas.
—Siempre tan frío... y aun así viniste.
Mamoru se sentó a su lado, tan cerca que sus hombros se rozaban. Por primera vez, su expresión no era dura, sino tranquila y atenta.
—Mis padres murieron aquí mismo —susurró ella—. Mi madre era espía encubierta y mi padre era su médico de apoyo. Estaban tras Kai Nagano por terrorismo internacional. Esa tarde solo queríamos ser una familia normal... Yo jugaba en el lago. Escuché los disparos y me escondí. Cuando salí... los encontré tirados en este puente. Mi madre estaba justo aquí —señaló el lugar donde estaba sentada—, y mi padre donde tú estás ahora. Dos balazos en el corazón. Murieron en segundos.
El silencio se alargó. Mamoru la observaba con intensidad.
Sin decir nada, levantó la mano y limpió con el pulgar una lágrima que caía por la mejilla de Usagi. El gesto fue tan inesperadamente tierno que ella contuvo la respiración.
—Lo siento —murmuró él con voz ronca—. Nadie debería cargar con un dolor así desde tan pequeño.
Usagi lo miró a los ojos bajo la luz de la luna. Por unos largos segundos, el odio, la rabia y el resentimiento parecieron desvanecerse. Solo quedaron ellos dos, el puente y el peso de un pasado compartido en silencio.
—Gracias... por quedarte —susurró ella.
Mamoru no respondió con palabras. Solo asintió y se quedó allí, acompañándola mientras ella dejaba salir todo el dolor que había guardado durante diecisiete años.
Horas más tarde, de vuelta en la habitación del hotel, ambos hacían las maletas en un silencio mucho más calmado. Mañana volarían a España para continuar la búsqueda de Kai Nagano.
El día de su juicio llegaría pronto.
Y Usagi Tsukino sería su verdugo.
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Mision: Amor
FanfictionUsagi Tsukino, una espía talentosa pero demasiado confiada y distraída, es obligada a formar pareja con Mamoru Chiba, el agente más frío y despiadado de la agencia. Mientras luchan por complementar sus opuestos -la calidez de ella contra el hielo de...
