Los dos espías esperaban en la terminal del aeropuerto internacional de Heathrow, Londres. El vuelo a Madrid saldría en menos de una hora.
Mamoru estaba de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos. Como siempre, lucía impecable: pantalón de mezclilla oscura que se ajustaba a sus piernas largas y atléticas, tenis deportivos negros y una camisa negra ceñida que marcaba sin piedad cada línea de su torso bien definido. Usagi, sentada a poca distancia, no podía evitar que su mirada se desviara una y otra vez hacia él. Odiaba admitirlo, pero ese hombre le quitaba el aliento.
De pronto, Mamoru giró la cabeza y la sorprendió mirándolo. Una sonrisa peligrosa curvó sus labios. Se acercó lentamente y se inclinó hasta que sus labios casi rozaron la oreja de la rubia.
—Si sigues mirándome así, Cabeza de Chorlito... estoy seguro de que te voy a besar aquí mismo, frente a toda esta gente.
Usagi sintió cómo un calor traicionero subía por su cuello. Se apartó un poco, fingiendo indignación.
—Si te miro es solo porque me sorprende tu frialdad. ¿Acaso no te has visto en un espejo? Eres más feo que Ittoki-kun.
Mamoru entrecerró los ojos, claramente irritado.
—¿Por qué siempre tienes que meter a Ittoki en todo? —gruñó en voz baja—. Dime la verdad... ¿te gusta?
—¡Por supuesto que no! Ittoki ha sido mi amigo desde que éramos niños. Viví en su casa durante cinco meses después del asesinato de mis padres.
Mamoru se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué...? ¿Viviste en la mansión de Ittoki?
—Sí. Cinco meses. ¿Por qué te sorprende tanto?
—Porque yo también viví allí... durante más de diez años —respondió él, con la voz grave y cargada de incredulidad—. ¿Cómo demonios es posible que nunca te haya visto?
Usagi se encogió de hombros, mirando hacia el suelo.
—Estuve en shock durante casi cuatro meses. Apenas salía de mi habitación. Me pasaba los días y las noches encerrada, sin ganas de hablar con nadie... ni siquiera de comer.
Mamoru guardó silencio por varios segundos. En su mente aparecieron imágenes de años atrás: una silueta pequeña de cabello rubio claro que deambulaba por los largos pasillos de la mansión de Ittoki durante la madrugada. Una niña que acariciaba las paredes con dedos temblorosos. Ittoki siempre bromeaba diciendo que era un fantasma, pero Mamoru nunca lo creyó del todo.
—¿Y tú? —preguntó Usagi, mirándolo con curiosidad—. ¿Por qué viviste tanto tiempo en casa de Ittoki?
Mamoru suspiró y miró hacia el frente.
—Mis padres murieron cuando yo tenía ocho años. El padre de Ittoki era el mejor amigo de mi padre. Después del accidente, no tenía a nadie más, así que me acogió sin dudarlo. Me crió como si fuera su propio hijo, aunque nunca me lo dijo con palabras. La mansión de Ittoki fue el único hogar que conocí durante mucho tiempo.
Usagi lo miró con ternura, algo que rara vez dejaba ver.
—Entonces los dos perdimos a nuestros padres... y los dos terminamos bajo el mismo techo sin saberlo.
—Una coincidencia demasiado grande para ser solo eso —respondió Mamoru, volviendo a mirarla con intensidad.
Sus rostros estaban peligrosamente cerca. La luz tenue de la cabina hacía que el cabello rubio de Usagi brillara suavemente. El brazo de Mamoru rozaba ligeramente el de ella. Ninguno de los dos se apartó.
—Yo te veía —confesó Mamoru en voz baja—. Muchas noches me quedaba despierto solo para comprobar si aparecías. Pensaba que eras... una hada que viajaba entre dimensiones. Después, cuando crecí, me convencí de que eras un fantasma. Pero nunca te tuve miedo. Al contrario... siempre quise acercarme y hablarte.
Usagi sintió que su corazón latía más rápido.
—¿Por qué nunca me dijiste nada cuando nos conocimos como espías?
—Porque no estaba seguro. Y porque tú siempre me mirabas con tanto odio que pensé que era imposible que fueras la misma niña.
Usagi soltó una risa suave y triste.
—No te odiaba. Solo estaba enfadada con el mundo. Y tú eras tan frío y distante que me sacabas de quicio.
Mamoru sonrió de lado, esa sonrisa arrogante que tanto la alteraba.
—Y tú eras una cabeza de chorlito ruidosa y terca que me volvía loco.
El silencio que siguió fue cálido y cargado. Sus miradas se quedaron enganchadas varios segundos de más. El anuncio del capitán rompió el momento, pero la tensión permaneció flotando entre ellos durante todo el vuelo.
ESTÁS LEYENDO
Mision: Amor
Fiksyen PeminatUsagi Tsukino, una espía talentosa pero demasiado confiada y distraída, es obligada a formar pareja con Mamoru Chiba, el agente más frío y despiadado de la agencia. Mientras luchan por complementar sus opuestos -la calidez de ella contra el hielo de...
