2. La celda negra

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Arianne había perdido la noción del tiempo. Los minutos le parecían horas, las horas le parecían segundos y los segundos le parecían días. Tenía hambre, no comía desde hacía días. ¿O eran horas? No lo sabía con certeza. Estaba sucia y olía mal. Pero sin ninguna duda lo peor era la celda. Era un cubículo enano, del tamaño justo para que una persona delgada como Arianne pudiera estar sentada con las rodillas encogidas. La temperatura tampoco era agradable. O hacía muchísimo frío, o un calor abrasador. Hasta el momento solo la habían alimentado dos veces. La primera de ellas una mano apareció por la ranura de la pesada puerta de acero que había intentado mover en vano hasta quedarse sin fuerzas. La mano llevaba encima un cuenco de una sopa humeante. Arianne lo cogió y la mano desapareció para volver a introducirse en la ranura con un vaso muy rudimentario de arcilla lleno de agua. La mano volvió a desaparecer y Arianne no la volvió a ver. Engulló la sopa para calentarse, puesto que en ese día la celda estaba helada. Por el sabor dedujo que era de cebolla, ya que no podía ver nada en la oscuridad de la celda. El agua decidió reservarla para cuando volviera a tener hambre, así por lo menos tendría algo más que llevarse a la boca.

La segunda vez que la alimentaron, sus captores fueron más generosos. La dieron una especie de jugo de frutas y una tajada de pescado sin sabor, pero por lo menos era algo sólido, no una simple sopa de cebolla. Esta vez digirió todo, tanto el jugo como el pescado.

Arianne también se preguntaba dónde estaría Dean. No le había visto desde que se desmayó en Summerhall. Se palpó la parte trasera de la cabeza, tocando la costra de la herida que le causó el desmayo. ¿Con qué se la habrían hecho? Arianne dedujo que con una pala, o el mango de un martillo o un hacha. Eran los elementos más accesibles en la cabaña del conserje. La cabaña del conserje. ¿Quién les mandaba ir a ver qué era el dichoso ruido?

Arianne tenía pesadillas con la imagen del hombre encapuchado muerto. Eran todas iguales, un ciclo. Arianne le veía, se desmayaba y cuando se despertaba le volvía a ver y se volvía a desmayar. Había tenido esa pesadilla más veces de las que la habría gustado.

Cuando no dormía, Arianne pensaba en su madre y en su padre. ¿La estarían buscando?

Arianne quería pensar que sí. Eran una familia feliz, sus padres no podrían quedarse de brazos cruzados mientras su hija estaba desaparecida.

Así pasaron días y días, hasta que una vez algo cambió. Arianne estaba pensando en Dean cuando oyó un grito. Se puso en pie rápidamente y puso la oreja derecha en la puerta para escuchar, ya que la izquierda le dolía por la herida. Pero no escuchó nada. El grito cesó tan repentinamente como había empezado. Arianne se mantuvo en la puerta unos instantes más, por si se repetía. Pero no se escuchó absolutamente nada. Se volvió a recostar contra la pared y se durmió. Volvió a tener la pesadilla del hombre encapuchado muerto y esta vez la que gritó fue Arianne. Unos días después, se oyó otro grito, y otro, y otro. Por mucho que intentara escuchar algo que no fueran gritos, Arianne no fue capaz. Dedujo que serían de celdas adyacentes a la suya, porque la puerta era demasiado gruesa para dejar pasar sonido, pero las paredes de ladrillo no.

Esta deducción le causó más miedo del que ya tenía. Si estaban haciendo daño a las personas que estuvieran cerca de ella quizá Arianne fuera la siguiente. Pero la inmensa puerta de acero no se abrió. Aparecieron manos de nuevo con más comida, en este caso agua de nuevo y unos brotes de verdura. Arianne tuvo una idea repentina. Agarró la mano y la mordió con todas sus fuerzas. Sorprendentemente, el humano al que pertenecía no gritó al otro lado del acero.

Arianne desistió y liberó a la mano de sus fauces. Cuando fue a comer, vio que la comida no estaba. De alguna manera, la mano se la había llevado. Entonces ocurrió. La voz más grave que había oído nunca sonó como si la estuvieran hablando en el oído y dijo: "No deberías haber hecho eso". Arianne estaba más asustada de lo que lo había estado en toda su vida. Se riñó a sí misma por haber hecho esa tontería. Después se dio cuenta de una cosa. La voz no había sido fruto de magia, ni mucho menos. Había un hombre con ella en la celda. ¿Cuándo había entrado? Arianne no entendía absolutamente nada, por lo que le habló:

La NigromanteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora