La oscuridad no era silencio. En el Tártarum, la oscuridad gemía. Susurros sin voz recorrían el aire espeso como humo, mezclándose con lamentos, rugidos lejanos y el sonido constante de algo que parecía latir, como el corazón de un mundo enfermo. No había cielo. Sobre aquel lugar se extendía una bóveda interminable de sombras en movimiento, atravesada ocasionalmente por relámpagos morados que iluminaban montañas de hueso, ríos de una sustancia negra y espesa y ciudades en ruinas construidas con piedra retorcida. El suelo era irregular, vivo en algunos puntos, como si respirara lentamente.
Eso era el Tártarum. El lugar donde iban las almas corrompidas, el hogar del odio.
En una vasta llanura de ceniza oscura, rodeada de columnas de roca negra que se alzaban como dientes gigantes, una figura se encontraba arrodillada. Su cuerpo no era completamente físico. Parecía hecho de sombras condensadas, con grietas por las que emanaba una luz rojiza. Cada respiración era un esfuerzo. Cada movimiento, una tortura. Pero, aun así, sonreía.
Stafford Lung. El antiguo tirano. El destructor de ciudades. El enemigo de los Siete Hermanos Encapuchados.
-Casi... -murmuró con una voz profunda que resonó como un trueno lejano-. Casi he recuperado suficiente fuerza.
A su alrededor, criaturas se movían lentamente. Algunas tenían cuerpos humanoides deformes, con demasiados brazos o sin rostro. Otras reptaban por el suelo con largas colas y mandíbulas repletas de colmillos. Había seres flotantes hechos de humo oscuro con ojos brillantes. Todas le observaban, le temían, le obedecían. Porque incluso debilitado, Stafford era uno de los más poderosos habitantes del Tártarum.
-Mi señor... -susurró una criatura encorvada, con piel agrietada como roca seca-. Las almas siguen llegando. El odio crece. Su poder crece con ellas.
Stafford levantó lentamente la cabeza. Sus ojos ardían con un rojo intenso.
-Lo sé.
Extendió una mano etérea hacia el suelo. La ceniza comenzó a arremolinarse. De ella surgieron imágenes: guerras humanas, asesinatos, traiciones, gritos de dolor. Cada escena alimentaba su forma sombría, haciéndola un poco más sólida.
-El mundo de los vivos sigue siendo tan hermoso en su miseria -dijo con una risa baja-. Siguen odiándose. Siguen destruyéndose. Y cada acto me hace más fuerte.
Se puso en pie con dificultad. Su silueta era ahora más definida que hacía siglos.
-Pronto podré cruzar.
Las criaturas a su alrededor emitieron sonidos de excitación y temor.
-Pero no será como antes -continuó-. Esta vez no cometeré los mismos errores.
Recordaba perfectamente la guerra. Recordaba a los Siete. Recordaba al Vicérigo. Y recordaba, sobre todo, la humillación de ser derrotado.
-Creyeron que encerrándome aquí habían acabado conmigo -escupió-. Creyeron que el Tártarum sería mi prisión eterna.
Su sonrisa se ensanchó.
-Pero este lugar no es una cárcel. Es una forja.
Caminó lentamente hacia una estructura gigantesca al fondo de la llanura. Parecía un templo antiguo construido con huesos colosales y roca negra. A cada paso, las criaturas se apartaban. Dentro, el aire era aún más denso. En el centro del recinto, sobre una plataforma de piedra oscura, yacía algo enorme. Una figura cubierta por telas desgarradas y cadenas negras incrustadas en el suelo. Stafford se acercó con reverencia.
-Has esperado bien, viejo enemigo.
Con un gesto de su mano, las telas se movieron solas, descubriendo el cuerpo. Era gigantesco, alargado, musculoso. Con seis patas inmóviles, alas plegadas a los lados y dos colas inertes. Tres cuernos sobresalían de su cabeza. Su boca estaba entreabierta, mostrando filas de colmillos petrificados.
El Vicérigo. El héroe caído. El arma que una vez ayudó a derrotarlo. Ahora, solo un cadáver monumental.
-Cuánto dolor me causaste -murmuró Stafford-. Cuántas veces estuviste a punto de destruirme.
Pasó una mano sombría por el frío cuerpo de la criatura.
-Pero incluso la muerte puede ser flexible.
Una risa grave resonó por el templo.
-En este mundo he aprendido cosas que ni siquiera los Hermanos conocen.
A su espalda, varias criaturas arrastraron enormes recipientes llenos de una sustancia oscura que burbujeaba lentamente.
-El Tártarum no solo castiga -continuó Stafford-. Transforma.
Miró el cuerpo del Vicérigo con ojos brillantes.
-Lo que muere aquí... puede renacer.
-¿Va a devolverlo a la vida, mi señor? -preguntó una de las criaturas temblorosas.
-Oh, sí -respondió Stafford-. Pero no como era.
Alzó ambas manos. La energía oscura comenzó a fluir desde el suelo, las paredes, las criaturas y las almas errantes del Tártarum. Todo convergía hacia él.
-El Vicérigo fue creado por los Siete para proteger al mundo.
Sonrió cruelmente.
-Yo lo crearé de nuevo para destruirlo.
La energía se arremolinó alrededor del cuerpo inerte. Las grietas del suelo brillaron con luz rojiza.
-Cuando regrese... -continuó-. Cuando cruce al mundo de los vivos...
Apretó los puños.
-No vendré solo.
Imágenes comenzaron a formarse en el aire. Ciudades ardiendo, montañas partiéndose. Criaturas del Tártarum marchando sobre campos humanos.
-Los Hermanos no entenderán lo que ocurre hasta que sea demasiado tarde.
Se giró lentamente hacia la salida del templo.
-Y esa niña...
Su voz se volvió un susurro venenoso.
-La Nigromante.
Una carcajada resonó por todo el recinto.
-He sentido su despertar de poder incluso desde aquí.
Las sombras temblaron.
-Siete poderes en un solo cuerpo... qué irónico.
Caminó hacia una de las columnas y apoyó una mano en ella.
-Será un desafío interesante.
Se volvió hacia el Vicérigo una vez más.
-Pero antes necesito a mi general.
La energía oscura aumentó de intensidad. El cuerpo de la criatura comenzó a temblar. Una grieta luminosa recorrió uno de sus cuernos.
-Pronto. -susurró Stafford-. Pronto volverás a abrir los ojos.
Un sonido profundo, como un latido gigantesco, resonó en el templo. Una de las garras del Vicérigo se movió apenas unos centímetros. Las criaturas gritaron de emoción y Stafford sonrió.
El renacimiento había comenzado.
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La Nigromante
FantasíaEn un día normal, Arianne y Dean hacen un descubrimiento en la cabaña del conserje del instituto. Un descubrimiento que cambiará sus vidas para siempre. Siete poderes, muchos misterios y algo cobrando fuerzas en el Tártarum...
