Prólogo

2.4K 61 3
                                        

​Al parecer, esa señora se ha marchado; ya no se escuchan gritos de mis abuelos ni de ella. Mi abuelo me ha pedido que me encierre en mi habitación y que por nada del mundo salga hasta que él me busque. Aunque no comprendo por qué mis padres han salido como locos de la casa después de haber recibido una llamada.

​Escucho pasos que se aproximan a mi habitación; deben ser el abuelo o la abuela, pensé. Enseguida abrí la puerta, pero, para mi mala suerte, no era ninguno de los dos, sino aquella mujer que estaba discutiendo con ellos. Pero, ¿en dónde estaban ellos? Comienza a tirar de mi mano; al parecer quiere que vaya con ella. Yo enseguida me negué porque la verdad me da miedo. Al ver mi cara de susto, ella solo me dijo:

​—Ven conmigo, yo nunca te haría daño. Eres lo más valioso que tengo en la vida.

​No comprendía el porqué, si nunca la había visto. Tomé la decisión de ir con ella porque en sus ojos podía ver que lo que me decía era verdad.

​Cuando íbamos bajando las escaleras, escuché los gritos de mis abuelos; los busqué con la mirada, pero no estaban.

​—Quédate aquí, enseguida vuelvo —depositó un beso en mi frente. Yo solo la miré algo asombrada.

​Aquella mujer fue por unas cosas, no estoy muy segura de qué eran, pero la vi desaparecer en la oficina de mi padre.

​—Ayuda, ayuda... —escuché la voz de mis abuelos.

​Los seguía buscando con la vista, pero nada. Hasta que escuché unos golpes en la puerta que estaba debajo de las escaleras; me di cuenta de que ella los había encerrado en el clóset. Yo me encontraba en el quinto escalón, así que fui bajando para ayudarlos, pero de pronto sentí una mano en mi brazo que me detuvo: era ella.

​—Ellos estarán bien, pero ahora tú y yo nos tenemos que ir.

​Tomó mi mano y nos fuimos en un taxi. Minutos más tarde estábamos en la habitación de un hotel desagradable. La veía caminar de un lado a otro de la habitación algo nerviosa; yo solo la observaba desde un rincón.

​—Tranquila, mañana nos iremos —dijo acercándose a mí.

​—Yo no me quiero ir, quiero regresar con mi mamá y mi papá —dije en un sollozo.

​—Así que eso te han dicho —dijo entre dientes, dándome la espalda.

​Se quedó pensando y en eso comenzaron a golpear la puerta. Ella abrió y era mi abuelo. En cuanto ella abrió la puerta, él se abalanzó sobre ella tirándola al piso, dándole la oportunidad de tomarme de la mano para salir corriendo, pero al darse la vuelta, ella sacó un arma apuntándole a él.

​—Suéltala, ella es mía —dijo aquella mujer con una voz firme.

​—No lo haré, tú estás mal, necesitas ayuda profesional —dijo el abuelo con mirada triste hacia ella.

​—Ella no se va, ¡no me la volverán a quitar! —dijo muy exaltada apuntándole con el arma. Tiró de mi brazo y me colocó detrás de ella.

​Él se abalanzó contra la mujer. Empezaron a pelear mientras yo estaba en una de las esquinas del cuarto; solo veía cómo se peleaban. Se escuchó un disparo y, de un momento a otro, dejaron de pelear. Mi abuelo no se movía. En cuestión de minutos, la habitación estaba llena de policías; vi cómo se llevaban a esa mujer.

No Fue Un ErrorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora