Capítulo 4

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​—¿Qué haces aquí, Rogelio? —dije con miedo.

​—Vine a hablar contigo —contestó él.

​—¿Hablar sobre qué? ¿Sobre la manera en la que me engañaste? O, ya sé, vienes a contarme sobre los preparativos de tu boda. Pero lamento decirte que no me interesa nada de lo que tengas que decirme —dije con una voz más firme.

​—Por favor, escúchame —suplicó.

​—No quiero escuchar ni una más de tus mentiras. —Comencé a caminar hacia la puerta de mi casa.

​—Me vas a escuchar quieras o no —dijo poniendo su mano en mi cuello.

​—Suéltala —escuché a Christian decir. Lo alejó de mí y comenzó a golpearlo—. No quiero que te acerques a ella.

​En un movimiento rápido, Rogelio comenzó a golpearlo. No podía detenerlos, parecían animales, aunque Rogelio llevaba la delantera; consiguió tirar a Christian y comenzó a golpearlo con más fuerza. Salieron los vecinos y dos de ellos lograron separarlos.

​—¿No te bastó con el daño que me hiciste? Hazme un favor y no vuelvas nunca —le dije a Rogelio con lágrimas en los ojos. Pero esas lágrimas no eran por él, sino por Christian. Estaba demasiado golpeado. Logramos meterlo a la casa con ayuda de los vecinos; se quejaba del dolor y temíamos que tuviera algo grave.

​—Tenemos que llevarlo a un hospital —dijo la abuela algo preocupada.

​Llamamos a una ambulancia. Yo no dejaba de llorar, lo veía golpeado; esto había sido mi culpa, él solo me observaba. Una vez en el hospital, tardaron una hora en darnos noticias sobre él.

​—Doctor, ¿cómo está Christian? —pregunté angustiada.

​—Está bien, no tiene ninguna lesión interna, solo moretones y tuvimos que coser algunas de sus heridas, pero estará bien. En un rato se podrá retirar.

​Sentí mucho alivio al escuchar eso.

​—¿Podemos entrar a verlo? —preguntó la abuela.

​—Solo ella —apuntó hacia mí—, tu novio no deja de nombrarte.

​¿Mi novio? ¿De qué estaba hablando este señor? Pensé en corregirlo, pero si lo hacía era probable que no me dejaran pasar.

​—Hola —saludé a Christian, quien estaba sentado en una camilla.

​—Hola —respondió con una sonrisa.

​—El doctor nos dijo que te podrás ir en un rato. Dime, ¿tienes el número de algún familiar?

​—No quiero que nadie se entere, yo me iré a mi casa —dijo un poco serio.

​—Está bien, como quieras... —Me acerqué a él—. Gracias por defenderme —agradecí.

​—Te dije que todo lo que te pasara me importaba —respondió con un tono más suave—. ¿Quién era él? —preguntó.

​—Alguien de mi pasado —respondí algo seria—. Tengo que ir con la abuela. —Salí de la habitación.

​—¿Y cómo está tu novio? —dijo mi abuela burlándose una vez que me vio.

​—No es gracioso, abuela. Bien, solo tiene algunos moretones.

​—¿Te dio el número de alguno de sus familiares?

​—No, él no quiere que nadie de su familia se entere, y quiere irse a su casa. ¿Qué hacemos? —pregunté preocupada.

​—No debemos dejarlo solo, está herido, hay que llevarlo a la casa.

​—Estoy de acuerdo contigo, ahí podemos cuidarlo —respondí. Regresé de nuevo con Christian—. Lo hablé con la abuela y decidimos que lo mejor es que te llevemos con nosotras.

No Fue Un ErrorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora