capitulo 2

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Isabel

-¿Está todo bien? -pregunté en cuanto mi abuela subió de nuevo al auto, frotándome el cuello con frustración.

-Sí, mi niña. El pobre hombre tenía muchísima prisa por llegar a su trabajo, así que me dejó su tarjeta de presentación -respondió, encendiendo el motor de nuevo.

-¿Lo dejaste ir? -reclamé, sintiendo que el enojo me encendía las mejillas- Abuela, perdón, pero ese tipo no va a responder. Es un imbécil que no sabe manejar y se dio a la fuga.

-A cualquiera le puede pasar un descuido en la mañana, Isabel. Tranquilízate, por favor -me pidió con paciencia. En cuanto puse un pie en la escuela, el estrés de la mañana me cobró factura; el cuello comenzó a dolerme de forma insoportable y una migraña punzante se me instaló detrás de los ojos. El dolor del choque estaba haciendo efecto. Estuve a punto de sacar el móvil para pedirle a mi abuela que regresara por mí, cuando una voz familiar me detuvo.

-¿Qué tienes? -me preguntó Maddy, escaneando mi rostro pálido y mi evidente cara de sufrimiento-.

-Te ves fatal.-Me siento muy mal, Maddy. El cuello y la cabeza me están matando, así que le hablaré a mi abuela ahora mismo para irme a casa -dije.

-¡No, espera! En la siguiente hora nos toca con el profesor nuevo, el guapo del que todos hablan. Tienes que conocerlo antes de irte -insistió con emoción. El morbo y la curiosidad nacieron en mí por un segundo, mitigando un poco el dolor.

-Está bien, me quedo... pero primero iré a la enfermería por algo que me calme esto.

(...)

El olor a desinfectante de la enfermería solo empeoró mi dolor de cabeza. Avancé despacio, sosteniendo mis cosas contra el pecho.

-Buenos días. Quería una pastilla para calmar mi dolor de cuello y cabeza, por favor -le dije a la enfermera de guardia.

-Vas a tener que esperar un momento, linda. Ya fueron a la farmacia por más porque nos quedamos sin existencias. No ha de tardar. Si gustas, espera en la sala.

-Claro, esperaré aquí.-

La sala de espera estaba sumida en un silencio denso. El único ocupante era un hombre sentado en el sillón de enfrente; tenía los codos apoyados en las rodillas y las manos le cubrían por completo el rostro, ocultándolo de la luz parpadeante del techo. Me dejé caer en la silla metálica, pero a los pocos segundos el dolor fue más fuerte. Empecé a moverme incómoda en la silla, cambiando de posición una y otra vez, buscando desesperadamente una postura cómoda que aliviara mi cuello. El chirrido de mi silla rompió la calma del lugar.

-Sé que te duele, pero ¿podrías mantenerte quieta? -dijo el hombre frente a mí, furioso. Apartó las manos de su cara y me clavó una mirada cargada de fastidio. Me quedé helada. Era un hombre joven pero maduro, de unos 28 años, alto, de facciones muy afiladas y unos ojos grises e intensos que intimidaban. Vestía un saco sastre gris que le entallaba a la perfección sobre una camisa blanca.

-Perdón, pero a usted no debe interesarle lo que yo haga -respondí, adoptando su mismo tono cortante y furioso-.

- Solo concéntrese en su propio dolor y déjeme en paz.

-Qué insolente eres -dijo, incorporándose y sentándose completamente derecho.

-Usted no sabe qué tan insolente puedo llegar a ser si no me deja en paz -rebatí, sosteniéndole la mirada con firmeza.

-Aquí tienen sus pastillas -interrumpió la enfermera, entrando con dos vasos pequeños que contenían los medicamentos. Me tomé las mías de un solo trago, tomé mis cosas y me fui de ahí de inmediato. Iba por el pasillo casi corriendo, tratando de ignorar las punzadas en el cuello.

No Fue Un ErrorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora