Una nueva conspiración que pretende acabar con el mundo, tal y como se conocía hasta el momento.
¿Podrán seguir trabajando juntos Rusos y Americanos, o sus diferencias acabarán por romper el grupo? ¿Podrá resistir el frágil vínculo que los une?
¿Ha...
Elektra, Elektra.- La voz sonaba como Napoleón, pero en un eco lejano.
Ella se acurrucó entre las sábanas, ignorando la voz de su compañero de habitación y su mano agitando su hombro suavemente. Él no parecía que fuese a detenerse, por lo menos no hasta que ella diese señales de vida.
Solo, detente, estoy despierta.- Refunfuñó la pelinegra, únicamente para que la dejase en paz.
Eres una fierecilla gruñona cuando te despiertas.
¿Aún te das cuenta ahora?.- Le enseñó los dientes, gruñendo de forma graciosa. Parecía más adorable que amenazadora, por lo menos para el Americano.- ¿Cómo osas disturbar mi plácido sueño?.- Ya llevaba despierta bastante tiempo, desde que él se había levantado de la misma cama en la que ella estaba, dejando que el calor se fuese con él.
Después de la misión fallida del día de ayer, y tras comprobar que no tenía nada de importancia que hacer, Elektra decidió que acaso que ocurriese algo de gran peso, se pasaría el día tumbada en la cama.
Arriba dormilona, es tarde.- Napoleón se inclinó sobre ella, apartando el pelo oscuro de delante de la cara de su somnolienta compañera. Ella le respondió con un resoplido, todavía sin abrir sus ojos marrones.- Además, te he traído el desayuno.
Eso sí la había hecho parpadear perezosamente. Sólo la promesa de comida podía devolverla al agotador mundo de los vivos.
¿Qué tienes por ahí?.- Murmuró, encarándole. Él sonrió, girándose para poner al bandeja delante de sus ojos.
Vaya desayuno. La bandeja contenía un bol de cereales, un par de vasos con zumo, y un gran plato de tocino, con huevos revueltos, un par de salchichas, y alubias. En otro plato había unas tostadas, untadas con mantequilla. Y, aparte de todo eso, otro bol repleto de fruta.
Espero que esto sea para compartir.- Suspiró, viendo toda la comida.- Que servicial, ¿qué es lo que pretendes?
Él podría haberse indignado, si no fuese desconfiado también.- ¿pretender? nada. ¿Es que no puedo agasajarte con un buen desayuno británico sin que me ataques?
Ella le miró fijamente, no encontrando nada que le hiciese sospechar en sus encantadores ojos azulados.- Está bien. Gracias, Napoleón.
Se complació enormemente con su agradecimiento, brindándole un asentimiento y una sonrisa.