El día estaba soleado, como esos que son específicos para ir a la playa, porque era verano. Me alisté y me puse una ropa cómoda y ligera; también me recogí el pelo ya que hacía un calor infernal. Salí de mi habitación y al llegar a la cocina, observé que mi madre estaba tomando café mientras leía el periódico.
La saludo, mientras buscaba en el refrigerador algo para desayunar.
—Oye, las chicas y yo iremos al parque hoy, sabes, para tener un tiempo de descanso. —dije rascando mi cabeza.
Me mira por encima de sus lentes. —Eso está bien, siempre y cuando sepa dónde es, para cualquier cosa.
—Es cerca del estadio que conocí a mis padres, ¿Cómo se llamaba...?
—¿En el Centro Olímpico?
—Sí, ese... Se me había olvidado el nombre.
Mi madre arqueó una ceja. —Tenía que ser la señorita distraída. —dijo mamá divertida.
—¡Mamá! —dije riendo. Mamá sólo estalló en risas burlonas que servirían para molestar a cualquiera.
—Entonces, ¿A qué hora es que van al Olímpico?
—En la tarde. —comenté. —Iré a comprar unas cosas, y de paso a tomar aire fresco, es en la cuadra.
—Ven a comer temprano. —dicho esto saqué una manzana del refrigerador y salí a caminar.
Los pájaros cantaban una melodía hermosa, la brisa a pesar del calor acariciaba mi piel, con suaves ventiscas, se escuchaba a los niños jugar, todo era como, demasiado natural. Amo convivir con la naturaleza, con todo lo que trae, tanto así que prefiero mil veces estar en un bosque que en un centro comercial, o en una montaña, en una playa, sitios donde se pueda apreciar la naturaleza, donde no haya contaminación y se pueda respirar aire fresco.
Seguí caminando y llegué a una floristería. Me quede maravillada al ver tanta belleza en un sólo lugar. Observé todas y cada una de las flores que habían en esa tiendesita. Me sorprende que nunca hubiera venido aquí. O sea, he visitado casi todas las floristerías que hay en Santo Domingo, y ésta que está como a cuatro cuadras de mi casa, no la había visto.
—Señorita ¿Desea algo? —preguntó amable una chica de algunos 20 y tantos años aproximadamente.
—Eh... Si, ¿Cuánto cuesta llevarme unas margaritas blancas?
—Depende la cantidad de margaritas que quiera señorita.
—Quiero seis margaritas rosadas.
La chica arqueó una ceja, divertida. —¿No que eran blancas?
Me pego en la cara y me río, por lo distraída que soy. Ella estalla en carcajadas. —Si mejor dámelas blancas.
Ella abre un libro, veo como lee y señala con los dedos, hasta que su mirada se queda fija en un lugar. —584 pesos.
—¡El diablo! —exclamé abriendo los ojos sorprendida.
¿Y eso subió tanto?
La chica se echó a reír.
Se encoge de hombros. —Cuesta mucho traerlas de las Europa.
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Aprendiendo A Amar ©
Teen FictionSelene, es una chica antipática y hostil, envuelta en un montón de mentiras que la llevaron a desconfiar de la gente y ser algo grosera. Lo que sabe con certeza es que no debe confiar en nadie, si quiere estar en paz y no sufrir, no darle su confian...
