A la mañana siguiente, luego de estar desperezada, sin vómitos y con una alegría inusual a los días anteriores, me decidí por contarle al padre lo que le esperaba. Desayuné entre risas y hablando de tonteras frente a mis hermanas, caminé casi a trote hasta la escuela e hice incluso la tarea.
Pero Stephen alias ruin, no apareció hasta el viernes. No podía creer que ya había pasado poco más de un mes completito desde aquella fiestecita que arruinó todo. Mis amigos estaban siempre a mis costados, como guardias y no se separaban hasta que llegaba sana y salva a la clase.
El jueves, Beth me había escuchado vomitar después de la cena. Ahora de seguro pensaba que era bulímica y me vigilaba a cada pedazo de desayuno que comía, cada bocado de almuerzo que tragaba en la escuela. Lástima por ella que me había declarado una hambrienta a tiempo completo.
-¡Mamá me dejó! –Chilló Niki, corriendo hasta llegar a mi altura el viernes por la mañana – ¡Te vienes a mi casa a dormir!
-Genial –le sonreí – ¿Y Rafael?
-Él se puede quedar hasta tarde, nada más.
Asentí y caminamos con tranquilidad hasta las clases. Tristemente, esa calma fue interrumpida cuando Stephen Evans dobló la esquina con su grupito de amigos. Ni siquiera nos miró cuando pasamos a su lado.
-¿Le vas a decir, Gwen? –Susurró en mi oído antes de llegar al aula.
-Ya no sé… toda la valentía se me escapó y no creo que regrese.
-Díselo, luego llegaremos a casa y nos comeremos quince kilos de helado de chocolate –me animó, con ojos más opacados gracias a unos lentes de contacto. Su madre la había llevado al oculista el miércoles. Fue por casualidad que le detectaron un problema a la vista, ya que Niki nunca se ha quejado sobre ello.
-¿Cuándo?
-Hoy –me dijo como si fuera boba. La miré con mala cara –. Hm… En el almuerzo. El siempre está solo detrás del gimnasio, Raf lo ha visto.
Mi pulso se aceleró. Eso de contarle a un tipo que le encantan las luchas, se droga, fuma, toma alcohol y se acuesta con cualquier cosa que tenga dos piernas, que ahora va a ser padre es algo… suicida y es estar completamente trastornado.
Las clases pasaban rápido, pero es que demasiado rápido. El reloj giraba una y otra vez, burlándose de que no iba a parar. ¡Hijo de…! En biología, la última clase antes del almuerzo, pisé dos veces el pie de Rafael y le enterré mis uñas bastante crecidas en su brazo delgaducho. Los nervios me estaban triturando. Y los pedacitos que quedaban iban a parar directo a un avión… se caen y se los come una ballena. La ballena los regurgita y hasta allí quedé, en el fondo del mar.
Timbre. Timbre, timbre, timbre. ¡No!
Nicole me arrastró por todo el pasillo hasta llegar afuera del establecimiento. Rafael venía un metro más atrás, incluso más nervioso que yo. El gimnasio era un lugar dedicado específicamente a los entrenamientos del fútbol y las animadoras. Atrás de él, para fumar y tomar en secreto. Solo el conserje lo sabía y era lo suficientemente amable como para no decir nada.
Esta vez y para mi desgracia, Stephen no estaba solo. Fumaba algo que preferiría no saber mientras una chica lo manoseaba sobre sus piernas. En torno a ellos, sus “amigos”, riéndose y con los ojos rojos a punto de explotar. Sinceramente, me daban asco.
Ok. Ahora todos me veían. Esto era más vergonzoso que cuando me hice enfrente de la clase en kínder. Peor. Niki me empujó por la espalda. Gracias amiga.
-Eh… Stephen… ¿Puedo hablar de algo contigo? –Mi voz temblaba. Felicitaciones Gwen, por ser tan patética.
Stephen me miró sorprendido y luego una sonrisa pícara se asomó por sus labios. Dejó cuidadosamente a la chica en el suelo y le entregó el… ¿Cigarro? Acto seguido se levanto y caminó hacia mí.
ESTÁS LEYENDO
Destino
RomanceVeamos, por un lado, tenemos a la hija de una madre obsesionada con su peso y encontrar otro esposo perfecto. Un chico que quería aprender secretamente a ser hacker. La novia de este, una perra con coeficiencia mental menos quinientos, y su versión...
