Bianca
Marzo, 2023
Por tercera vez en la mañana, Bianca observó su reflejo en el espejo de cuerpo completo de su madre. Era la segunda vez que tenía que coser la falda de su uniforme porque le quedaba demasiado grande y su falta de habilidad era evidente, puesto que incluso desde donde estaba parada podía notar el hilo naranja (el único lo suficientemente grueso como para soportar sus débiles puntadas) asomándose entre la tela color verde oscuro.
No recordaba en qué momento había empezado a preocuparle cómo lucía el uniforme en ella. Lo había usado desde que podía recordar, pero ahora cada detalle del mismo parecía ser motivo de victoria o de derrota. El largo de la falda, la forma en que contorneaba su cintura, si la camisa era lo suficientemente ajustada como para no hacer que su figura luciera más grande de lo que era...
Ella sabía que aquellos pensamientos eran incorrectos. Sabía que en realidad no importaba cómo se viera el uniforme, no era nada del otro mundo si no encajaba en su cuerpo de la forma exacta en que ella deseaba. Pero la realidad y lo que su mente le mostraba eran dos cosas completamente distintas.
Y Bianca lo detestaba.
Tenía momentos en los cuales se sentía perfectamente bien: era capaz de vestirse sin darle mucha importancia a su aspecto, podía repetir un plato si realmente le había gustado y la idea de comprar un snack a mitad del día era tan atractiva que se le hacía agua la boca. Pero habían días en los cuales su mente le jugaba una mala pasada. Comer se sentía como una molestia, como una masa amorfa sin gusto alguno, como algo tan insoportable que la hacía sentirse enferma.
No estaba segura de qué clase de día estaba teniendo en ese momento.
—Es la quinta vez que te llamo— la voz firme de su madre la distrajo de sus pensamientos.
—Buenos días para ti también, Myriam— contestó la chica secamente y observó a la otra mujer cerrar la puerta del armario que contenía el espejo, apartándola de su reflejo.
La mujer estaba vestida de traje, su vestimenta habitual, y sus labios estaban apretados en una mueca de disgusto, como siempre lo estaban cuando miraba a su hija menor.
—El desayuno está listo— repitió y colocó la mano sobre la espalda de su hija para guiarla escaleras abajo. Bianca podía sentirla tantear los huesos de su columna mientras la llevaba, su madre había empezado a hacerlo inconscientemente desde que Bianca había bajado de peso y la muchacha no había juntado el valor para decirle cuánto le molestaba que lo hiciera. Era como un pacto silencioso en el cual ambas tenían mucho que decir, pero ninguna se atrevía a hacerlo.
Y hoy no será el día en el que empecemos a ser honestas la una con la otra. Decidió Bianca con indiferencia.
Escaleras abajo, la televisión estaba prendida. Nadie en su familia miraba la televisión, no realmente. Simplemente la prendían y dejaban que el sonido de la misma inundara toda la casa, como si así pudieran llenar el vacío que Gabriel había dejado.
Incluso dos años más tarde, tan sólo pensar en el nombre de su hermano bastaba para dejarla sin aire, un puñetazo enviado directamente hacia su pecho ahogándola sin piedad. Él había sido el hijo dorado, el sueño perfecto de sus padres. Había incluso ganado una beca para estudiar en el exterior gracias a sus calificaciones y, según su familia repetía constantemente, parecía destinado a la grandeza.
Y lo hubiera logrado si no se hubiera matado en un accidente de auto hace un año.
Bianca se sentó en la mesa junto a sus padres y observó la taza de café y las dos medialunas que su madre había dejado para ella.
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Los últimos días de juventud
RomanceSi de ellos dependiera, Bianca, Simon y Vanesa nunca hubieran intercambiado una palabra entre ellos en toda su vida. Pero cuando su profesora de Arte los obliga a hacer un proyecto grupal que podría definir su calificación final, no les queda otra o...