16. ¿Cómo dejar ir sin olvidar en el proceso?

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Bianca

Mientras volvía a casa en el auto de sus padres, Bianca se sintió como una persona completamente diferente. Era como si pudiera ver reflejada en la ventanilla a la persona actual y la que había sido, como si ese momento fuera un punto importante en su vida que marcaba el comienzo de otra cosa, aunque todavía no estaba muy segura de qué se trataba.

Los últimos días antes de que le dieran el alta del hospital, la chica estado pensando en Simón. Había soñado con su voz, con sus rizos, con sus hoyuelos, con su calidez. Mañana y noche había estado pensando en mandarle otro mensaje, en llamarlo por teléfono, en ignorarlo por completo hasta que él mismo tuviera el coraje suficiente como para volver a verla. Entonces en la radio de su habitación en el hospital sonó una canción y Bianca la reconoció al instante: era del álbum que Simón le había prestado. Solo había tenido que escribir una nota y Vanesa se encargó de enviarlo. No sabía qué esperaba al hacer eso, solo sabía que tenía que saber algo sobre él, lo que sea que fuese y no podía soportar más estar a la deriva y sin respuestas.

Había estado pensando en él también cuando finalmente llegó a su casa y su padre le dio unos suaves golpes al vidrio para que bajara. Ni siquiera había notado que habían llegado hasta que ese momento de tal perdida que había estado en sus pensamientos. Al lado de la suya, la casa de Simón se vio más triste y abandonada que nunca, el auto del padre del chico brillaba por su ausencia y, por el largo del pasto y el correo acumulándose en la entrada, era evidente que nadie la visitaba hacía un largo tiempo.

—¿Quieres ver tu habitación?— le preguntó su madre e hizo algo que hacía años no hacía: le acarició el cabello al pasar. Bianca casi se sobresaltó, sorprendida por el gesto, aunque tampoco le disgustó del todo.

—¿Ya está lista?

—Falta tu toque personal pero si, por lo demás ya está terminada— contestó su padre.

Bianca siguió el camino escaleras arriba hasta su renovada habitación. El olor a pintura fresca aún se sentía en el ambiente, pero le agradaba. Sus padres habían usado el tono exacto que había elegido e incluso habían comprado algunos objetos de decoración a juego. Era refrescante y agradable poder ver algo de color en lo que antes había sido una habitación blanca y sin vida. La chica se dirigió hacia la ventana y observó al otro lado. Las persianas de la habitación de Simón estaban cerradas, al igual que su propia ventana y aquel paisaje le produjo una sensación extraña en el pecho, originó un nuevo miedo en su interior. ¿Y si nunca volvía a verlo? Bianca apartó la mirada de la ventana y no permitió que su mente viajara hacia aquella dirección. Había vuelto a casa, era un momento de felicidad y no podía arruinarlo con pensamientos que no tenían solución.

—Gracias— dijo finalmente— me encanta como ha quedado.

—¿Necesitas algo más, hija?

—No pa, creo que voy a acostarme un rato— informó la chica y, finalmente, sus padres la dejaron sola.

Estaba por quedarse dormida cuando el sonido de su celular zumbando la sacó de su ensimismamiento. La chica se incorporó en la cama sobre uno de sus codos y miró la pantalla.

[1] Tienes un mensaje de Simón.

Hijo de puta— murmuró y desbloqueó el celular para leer el contenido del mensaje.

Simón: lo siento

Bianca: estás bien?

Simón: estuviste internada, bianca, yo debería estar preguntando eso

Bianca: estuviste en la cárcel

Simón: 🙄 no fue la cárcel

Bianca: recibiste el vinilo?

Los últimos días de juventudDonde viven las historias. Descúbrelo ahora