15. ¿Qué hacer cuando uno se convierte en todo lo que siempre odió?

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Simón

Dos meses antes

Mientras miraba por la ventanilla del auto, Simón no pudo hacer más que repetir lo que había sucedido en la fiesta de Kiara. Sabía que Tadeo intentaría desquitarse con Bianca por lo ocurrido en la fiesta de disfraces pero nunca imaginó que llegaría a ese punto. En algún lugar profundo él había llegado a creer que sería capaz de detenerlo si las cosas se salían de control, creía que aún tenía algo de influencia en el chico pero descubrió rápidamente que no era así.

Y luego estaba el asunto de Vanesa. Una y otra vez el rostro de su amiga luego del golpe se materializaba en sus pensamientos. La mezcla de sorpresa y miedo en su rostro, el hematoma rojizo empezando a oscurecerse rápidamente en su mejilla. Simón la había golpeado. En ese momento había querido vomitar, había querido golpearse a sí mismo hasta perder la conciencia. A fin de cuentas se había comprobado que él era oficialmente el hijo de su padre y no había forma de cambiar lo que estaba en sus genes.

Ni siquiera pudo acercarse a ella para decirle algo porque la policía se adentró en la habitación, se lanzó directamente hacia él y lo inmovilizó contra el suelo. Escuchó a Vanesa gritar que lo soltaran, pero Simón ni siquiera pudo prestarle atención porque desde allí, con su mejilla derecha presionada contra la madera del suelo, podía ver directamente el pálido rostro de Bianca: sus ojos semicerrados, su boca abierta, su cabello desaparramado por el suelo en todas direcciones. Unas gotas de sangre habían comenzado a filtrarse entre su pelo y salpicaban el suelo como si se tratara de una canilla que alguien había olvidado cerrar del todo bien.

—¡Bianca!— la llamó, pero los policías lo estaban presionando con tanta fuerza contra el suelo que sonó como un alarido ahogado más que como un nombre. ¿Sería ésta la última vez que la vería? Los médicos no tardaron en rodearla y apartarla de su rango de visión, sus manos experimentadas la colocaron en el suelo y comenzaron a revisarla rápidamente.

—¿A dónde lo llevan?— la voz de Vanesa pareció devolverlo a la realidad. Los policías habían tirado de él para ponerlo de pie y justo en ese entonces notó a otro grupo de médicos rodeando a Tadeo, que había quedado también inconsciente.

—A la comisaría, señorita, y usted también debe acompañarnos si quiere ser de ayuda para su amigo— contestó el policía.

Vanesa lo miró, lucía desolada y por un segundo el chico temió que ella se negara: la había golpeado como un salvaje, a ella que era su mejor amiga y a quien le había prometido no volver a fallarle.

—Claro que iré— contestó ella sin dudarlo y estiró su mano para intentar tomar la de Simón.

—Sin contacto físico— contestó el oficial, el cual empujó a Simón hacia adelante obligándolos a separar sus manos.

El chico avanzó, pero el mundo real se sintió como una pantalla distintante y separada de lo que sea que estuviera pasando por su mente. Todo parecía funcionar en un segundo plano completamente ajeno, demasiado irreal para ser cierto. Fue recién cuando los oficiales lo metieron en el patrullero y finalmente estuvo a solas que Simón fue consciente del dolor en sus nudillos, estaba seguro de que estaban partidos y sus manos estaban completamente rojas y cubiertas de sangre.

Las lágrimas acudieron sin que pudiera detenerlas. Hasta ahora había estado peleando por mantenerse lejos del monstruo sin darse cuenta de que el monstruo no solo había estado cerca todo ese tiempo, sino que estaba dentro de si mismo.

Y finalmente había salido a la superficie.

🌸🌸🌸

—Es hora de partir, muchacho— la voz del oficial Duarte retumbó a través de las paredes de la celda como un despertador personal, alejando a Simón del mundo de los sueños.

Los últimos días de juventudDonde viven las historias. Descúbrelo ahora