14. ¿Cómo buscar respuestas si temo lo que encontraré cuando lo haga?

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Vanesa

Vanesa se recostó en el suelo de la casa del bosque y se quedó mirando el techo por un largo rato. Nunca había ido sola a aquel lugar y la cabaña se sentía increíblemente silenciosa sin la compañía de Bianca y Simón. La manta que habían dejado el día que vieron la película de terror seguía allí y el piano había comenzado a juntar una pequeña capa de polvo ahora que Simón no estaba allí para tocarlo.

La casa en si estaba casi completa: las paredes habían sido remodeladas al igual que los pisos, incluso habían logrado restaurar casi todos los muebles al punto de volverse presentables y el altillo ya no tenía olor a humedad ni goteaba los días de lluvia. Solo necesitaban completar los últimos detalles y estaría lista.

Pero no podía hacerlo sin ellos. Su amigo estaba a horas de distancia y Bianca aún no podía salir del hospital, así que no encontraba motivación alguna para seguir con el proyecto. Perderlos a los dos repentinamente había sido un gran golpe para ella, se había acostumbrado a las miradas de confidencia con Bianca durante sus clases y a los chistes tontos de Simón.

Durante el tiempo en el que Bianca estuvo inconsciente y Simón en la comisaría, Vanesa apenas tuvo tiempo para sí misma. Estaba dividida entre la preocupación por sus amigos, sus intentos de justificar ante su madre el golpe que había aparecido en su rostro y la incertidumbre que sentía al pensar en su relación con Graciela.

Hablar con Bianca una vez que despertó en los jardines del hospital la había ayudado un poco a darle algún tipo de sentido a lo que sentía. Según internet, las personas asexuales no estaban interesadas en la parte sexual de una relación y, ¿No era eso lo que ella sentía? ¿No era eso lo que le había sucedido?  ¿Era posible ser asexual? Ella nunca lo había considerado. Por supuesto que sabía que había gente que lo era pero nunca había creído que ella podría ser una de esas personas, quizás porque su mente solo había podido pensar en el futuro que toda su familia siempre había pensado para ella: casada con un hombre y teniendo hijos.

Pero, mirando hacia atrás en su vida, era imposible no admitir las incontables veces en las que había pensado en Graciela y había rechazado aquella idea inmediatamente porque sabía que no era lo que se esperaba de ella. Por lo menos ahora, aunque Vanesa estaba confundida respecto a muchas cosas, al menos tenía una certeza: amaba a Graciela.

Requirió de todo su valor para tomar el celular y llamar a su amiga por teléfono. En el medio del bosque la recepción era terrible y se escuchaba entrecortado pero si lo suficientemente bien como para escuchar el alivio en la voz de su amiga cuando respondió:

—Vane, pensaba que nunca volverías a llamarme.

—Lo siento.

—¿Puedo ir a verte?— preguntó la chica e, incluso desde donde estaba, Vanesa pudo percibir un dejo de desesperación en su voz.

—No sé si es una buena idea— murmuró Vanesa— no sabría qué decirte.

—No cortes la llamada, por favor— le pidió Graciela antes de que Vanesa pudiera siquiera pensar en hacerlo.— Tenemos que hablar sobre lo que pasó la noche de la fiesta.

Silencio.

—¿Vane?

—No sé que es lo qué pasó en la fiesta.

—¿No...te gustó? ¿Te arrepientes?

Vanesa se llevó una mano al rostro e inhaló y exhaló rápidamente antes de decir:

—Creo...creo que soy asexual— dijo, sin reparos.

Ahora fue el turno de Graciela de hacer una pequeña pausa antes de contestar:

Los últimos días de juventudDonde viven las historias. Descúbrelo ahora