Simón
Era la segunda vez en la semana que su padre llegaba completamente borracho y desquitaba con él. A veces Simón creía que, si hacía el esfuerzo suficiente, podía desconectarse e imaginar que era una persona completamente diferente.
Imaginaba que vivía en otra casa, con otra familia. Que tenía una madre que planchaba su uniforme de la escuela y lo retaba por no secar los platos de la noche anterior. Que tenía un padre que le hablaba de autos y con el cual se sentaba a ver a su equipo jugar un partido de fútbol. Que tenía una pareja, una pareja real y constante que lo amaba y no tenía miedo de que el resto supiera que lo hacía. Que tenía un amigo al cual contarle todo, que lo recibiría sin prejuicios...
Simón abrió los ojos. Eso si lo tenía.
Vanesa lo estaba esperando con dos helados cuando llegó. Debía haberlos comprado hace poco porque el helado destinado para él apenas se había derretido.
—Espero que te siga gustando el chocolate y el dulce de leche, porque son los que elegí— comentó su amiga y se lo entregó.
Simón sonrió débilmente.
—Son mis favoritos, si— contestó sentándose a su lado e intentando contener una mueca. Hace mucho que su padre no le dejaba el cuerpo doliendo de esa manera.— Gracias.
Era una tarde de invierno agradable. Había nevado y la calle estaba cubierta por una gruesa capa de nieve. En la distancia unos niños jugaban a lanzarse bolas detrás de unos autos pero no parecía afectarles el frío en absoluto. Era una de esas tardes en las cuales hacía frío pero, si se estaba lo suficientemente abrigado, uno podía sentarse al sol y disfrutar de la calidez de sus rayos hasta sentir que quizás la vida si merecía ser vivida.
—Creo que somos las únicas dos personas que toman helado al aire libre en pleno invierno— comentó Vanesa con una risa y Simón se sintió agradecido de que fueran amigos de nuevo.
—Quizás es el lado masoquista en nosotros— agregó Simón.
—Luego podríamos ir a nadar un poco al lago y dejar que el sol seque nuestra ropa— propuso la chica.
—Y para terminar podríamos relajarnos en una bañera llena de hielos.
Ambos rieron juntos y Simón ignoró el dolor punzante que atravesó todo su cuerpo. En lugar de eso, se enfocó en la presencia reconfortante de su amiga a su lado, de la forma en que sus conversaciones parecían ir y venir como una pelota de tenis, un inicio y desenlace, tal y como era cuando eran pequeños. Era bueno saber que, a pesar de todo, nada había cambiado entre los dos.
Todo cambiaba pero ellos, al fondo, seguían siendo los mismos.
—El otro día te mencioné hablando con mamá— comentó Vanesa, seguía sonriendo.— Casi se muere, quiere que vengas a cenar a casa uno de estos días.
Simón le devolvió la sonrisa, una sonrisa genuina.
—Extraño su comida— admitió. Desde que su madre se había ido, había tenido que aprender a cocinarse por su cuenta y, para ser sinceros, no era el mejor cocinero del mundo.— Aunque no extraño tanto que me regañe.
Vanesa rió ante el recuerdo.
—¡Eras tan travieso de pequeños! Mi madre te adoraba, te regañaba solamente porque le daba risa cómo reaccionabas.
—Es que esa mujer daba miedo.
Simón intentó recordar un tiempo en el cual no se encontraba imaginando otras vidas. Un tiempo en el cual no deseaba ser alguien más que no fuera el mismo, en el cual Simón era una sola persona y no cientos de partes fragmentadas intentando buscar la forma de encajar en algún sitio. Aunque lo intentó, fue incapaz de evocar recuerdo alguno.
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Los últimos días de juventud
RomanceSi de ellos dependiera, Bianca, Simon y Vanesa nunca hubieran intercambiado una palabra entre ellos en toda su vida. Pero cuando su profesora de Arte los obliga a hacer un proyecto grupal que podría definir su calificación final, no les queda otra o...