Tras ser inusualmente buenos, los niños suelen cambiar completamente de tercio y compensarlo comportándose como Sancho. Durante la semana posterior al percance de Tom, los jóvenes se portaron bastante bien, tanto que la abuela comentó sentirse preocupada porque «algo fuera a sucederles». La adorable anciana no tendría que haberse preocupado, dado que aquella virtud excesiva nunca se perpetúa lo suficiente como para provocar la reforma, salvo en los pequeños mojigatos de los cuentos, y en cuanto Tom volvió a ponerse en pie, todo el grupo se descarrió, lo que tuvo consecuencias en forma de numerosas tribulaciones.
Todo empezó con la «estupidez de Polly», como Fan la denominó posteriormente. Justo cuando Polly se apresuraba una tarde a encontrarse con el señor Shaw, y mientras le ayudaba a ponerse el abrigo, sonó el timbre y un magnífico ramo de flores de invernadero fue posado en sus manos, pues Polly era incapaz de aprender las normas de la ciudad y siempre abría ella misma la puerta.
—¡Vaya! ¿Qué es esto? Mi pequeña Polly empieza pronto, después de todo —dijo el señor Shaw con una carcajada al observar cómo en el rostro de la joven aparecían dos hoyuelos y cómo se sonrojaba al oler el hermoso buqué y se fijaba en la nota medio oculta entre el heliotropo.
Por tanto, si Polly no hubiese sido «estúpida», como dijo Fan, habría estado alerta y lo habría dejado ahí, pero, como veis, Polly era un alma cándida y en ningún momento consideró la necesidad de ocultar nada, respondiendo de la forma más directa:
—Oh, no son para mí, señor, sino para Fan. Del señor Frank, supongo. Fan estará encantada.
—¿Ese joven le envía cosas de este tipo? —El señor Shaw no parecía muy satisfecho al coger la nota y abrirla con frialdad.
Polly tenía sus reservas respecto a la opinión de Fan sobre aquellas «cosas de este tipo», pero no se atrevió a decir nada. Recordó cómo solía mostrarle a su padre las divertidas tarjetas que le enviaban los chicos y cómo se reían juntos de ellas. Sin embargo, el señor Shaw no rio al acabar de leer los versos sentimentales que acompañaban el ramo, y su rostro inquietó bastante a Polly cuando preguntó agriamente:
—¿Cuánto tiempo hace que dura esta mascarada?
—No lo sé, señor, se lo aseguro. Fan no pretendía ofenderle. ¡Ojalá no hubiera dicho nada! —tartamudeó Polly recordando la promesa que le hiciera a Fanny el día del concierto. Lo había olvidado completamente; se había habituado a ver a los «chicos mayores», como denominaba al señor Frank y a sus amigos, con las chicas en todas las ocasiones.
En aquel momento comprendió repentinamente que el señor Shaw no aprobaba tales diversiones y que había prohibido a Fan relacionarse con ellos. «¡Oh, Dios! Se pondrá como loca. Bueno, no puedo hacer nada. Las chicas no deberían ocultar nada a sus padres, de ese modo nunca se producirían alborotos», pensó Polly mientras observaba cómo el señor Shaw arrugaba la nota rosa y volvía a depositarla en el ramo. Tras lo cual, se lo arrebató de las manos y le dijo con premura:
—Dile a Fanny que la espero en la biblioteca.
—¡Lo has estropeado todo, niña estúpida! —le gritó Fanny, molesta y consternada, cuando le transmitió el mensaje.
—¿Por qué? ¿Qué otra cosa podía hacer? —preguntó Polly, francamente preocupada.
—Hacerle creer que el ramo iba dirigido a ti. De ese modo no habría habido ningún problema.
—Pero entonces tendría que haber inventado una mentira, que es mucho peor que decir una.
—No seas boba. Me has metido en un buen embrollo y tienes que ayudarme a salir de él.
—¡Lo haría si pudiera, pero no mentiré por nadie! —gritó Polly, cada vez más exaltada.
—Nadie quiere que lo hagas. Solo mantén la boca cerrada y déjame a mí manejar la situación.
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Una muchacha anticuada
RomanceUna muchacha anticuada, por Louisa May Alcott © 1870 «La vida de Polly Milton experimenta un cambio radical cuando abandona el ambiente rural en el que ha crecido para pasar una temporada con unos amigos en la ciudad. Su inocencia y sus sencillas co...
