11-Agujas y lenguas

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"Querida Polly:

El Círculo de Costura se reúne esta tarde en casa. Ya que tú entiendes más de estas cosas, ven a ayudarme. Confío en ti.

Siempre tuya,

Fan"

—¿Malas noticias, querida? —preguntó la señorita Mills, quien acababa de entregarle la nota a Polly, un mediodía pocas semanas después de la llegada de Jenny.

Polly se lo contó y agregó:

—Supongo que tendría que ir a ayudar a Fanny, pero no puedo decir que desee hacerlo. Las chicas suelen hablar de cosas que no me conciernen y su conversación no me resulta interesante. Soy una extraña, y solo me aceptan por Fan, de modo que me sentaré en un rincón a coser mientras ellas conversan y ríen.

—¿Podría ser una buena oportunidad para hablar en favor de Jenny? Ella desea trabajar y esas señoritas seguramente realicen muchos encargos. Jenny es muy buena costurera, y ya empieza a sentir cierta ansiedad por obtener algo de dinero. No quiero que se sienta dependiente e infeliz, y puede que lo único que necesite sea un pequeño trabajo de costura bien pagado. Yo podría ayudarle recurriendo a mis amigos, pero ahora mismo estoy muy ocupada con los Muller. Aquí no pueden salir adelante, pero en el oeste podrán ganarse bien la vida, por eso he pedido prestado algún dinero para que puedan realizar el viaje, y en cuanto les consiga algo de ropa, se marcharán. Ese es el modo de ayudar a la gente para que puedan ganarse la vida por sí mismos. —Tras lo cual, la señorita Mills siguió cortando una camisa roja de franela con gran energía.

—Ya lo sé, y quiero ayudarla, pero no sé por dónde empezar —dijo Polly, sintiéndose avasallada por la enormidad de la tarea.

—Ciertamente, nadie puede hacer todo lo que desea, pero podemos hacer todo lo que esté en nuestra mano en los casos que se nos presenten, y eso ya es de por sí una gran mejora. Empieza por Jenny, querida. Háblales de ella a esas chicas, y si no estoy muy equivocada, las descubrirás dispuestas a ayudar, pues la mitad de las veces no es egoísmo sino ignorancia o desconocimiento por parte de la gente adinerada lo que los hace parecer tan desconsiderados con los pobres.

—A decir verdad, tengo miedo de que se rían de mí si intento hablar seriamente de estas cuestiones —dijo Polly con franqueza.

—¿Crees que «estas cuestiones» son importantes? ¿Deseas realmente ayudar a mejorarlas? ¿Respetas a los que trabajan con ese objetivo?

—Sí.

—Entonces, querida, ¿no puedes soportar el ridículo en aras de una buena causa? Ayer aseguraste que a partir de ahora tu objetivo en la vida iba a ser la mejora de tu sexo, y que para ello dedicarías todo tu esfuerzo. Mi corazón se alegró al oírlo, pues estaba segura de que con el tiempo te mantendrías fiel a tu palabra. Sin embargo, Polly, un objetivo que no soporta que se rían de él o que lo observen con recelo o que le den la espalda no merece tal nombre.

—Deseo tener una voluntad fuerte en el estricto sentido de la palabra, pero no me agrada que se burlen de mí personas que no comprenden mis auténticos propósitos, y eso es lo que ocurrirá si trato de conseguir que las chicas piensen seriamente sobre cuestiones razonables o filantrópicas. Ahora ya me llaman anticuada, y prefiero que me consideren así, aunque no sea muy agradable, antes de ser señalada como una desenfrenada reformista de los derechos de la mujer —dijo Polly, la cual aún no había olvidado las numerosas risitas, desaires y sarcasmos que había tenido que soportar.

—Querida, el amor, el interés y la preocupación por los que son más débiles, pobres o peores que nosotros, que también denominamos caridad cristiana, se considera algo anticuado. Empezó hace mil ochocientos años, y solamente aquellos que siguen con honestidad el ejemplo que se nos entregó aprenden a extraer de la vida la auténtica felicidad. Yo no soy una «desenfrenada reformista de los derechos de la mujer» —añadió la señorita Mills con una sonrisa al ver el grave semblante de Polly— pero creo que las mujeres pueden ayudarse mutuamente si dejan de temer lo que «la gente pueda pensar de ellas» y dedican todo su esfuerzo en provecho de sus hermanas y de sí mismas y disfrutan de los derechos que Dios les ha concedido. Existen tantas formas de conseguir esto que imagino que no saben por dónde empezar. No te pido que pronuncies discursos, solo unas cuantas tienen el don para hacerlo, pero deseo que todas las chicas y las mujeres sientan ese deber como propio y realicen los pequeños sacrificios de tiempo o sentimiento exigibles, pues hay mucho que hacer y debemos entender que nadie puede hacerlo mejor que nosotras mismas.

Una muchacha anticuadaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora