7- Despedidas

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—¡Oh, querida! ¿De verdad debes marcharte el domingo? —dijo Fan unos días después de lo que Tom denominó «la gran refriega».

—No me queda más remedio. Solo pretendía quedarme un mes y ya han pasado casi seis semanas —respondió Polly. Tenía la sensación de que llevaba un año fuera de casa.

—Haz que sean dos meses, así podrías pasar aquí las Navidades. Venga, por favor —le urgió Tom cariñosamente.

—Sois todos muy amables, pero no me perdería las Navidades en casa por nada del mundo. Además, mamá dice que no podrían hacerlo sin mí.

—Y nosotros tampoco. ¿No podrías engañar a tu madre y decidir quedarte? —empezó Fan.

—Polly no engañaría nunca a su madre. Dice que es egoísta, y ahora yo tampoco lo hago mucho —aportó Maud con aire virtuoso.

—No molestéis a Polly. Prefiere marcharse, y no me extraña. Intentemos ser lo más felices que podamos mientras siga aquí y acabemos con el tema de tu fiesta, Fan —dijo Tom en un tono que puso fin a la discusión.

Polly había esperado sentirse muy feliz durante los preparativos de la fiesta, pero cuando llegó el momento, se sintió decepcionada, pues, de algún modo, esa cosa desagradable llamada envidia vino a apoderarse de ella y le arruinó la diversión. Antes de salir de casa creía que su nuevo vestido de muselina blanco, con sus relucientes lazos azules, era la pieza más elegante y adecuada que podía existir. Sin embargo, cuando vio el vestido rosa de seda de Fanny, con una túnica de muselina blanca e innumerables borlas, lazos y serpentinas, su pequeño y sencillo vestido perdió todo su encanto, convirtiéndose en algo infantil y pasado de moda.

Incluso Maud iba mucho mejor vestida que ella. Estaba espléndida con su conjunto color cereza y blanco, y un fajín tan ancho que apenas podía caminar con él, y pequeños lazos blancos con botones rojos. Ambas llevaban collares y brazaletes, pendientes y broches, mientras Polly no llevaba ornamento alguno, salvo un sencillo relicario y un poco de terciopelo azul. Su fajín era simplemente un lazo ancho atado a una sencilla serpentina, y sus hermosos rizos estaban recogidos con una redecilla azul. Su único consuelo era saber que el modesto chal que le cubría los regordetes hombros era de encaje auténtico y que las botas color bronce costaban nueve dólares.

A la pobre Polly, pese a todos sus esfuerzos por consolarse y su indiferencia por tener un aspecto muy distinto del de los demás, le costó mucho mantener un semblante sonriente y una voz feliz aquella noche. Nadie percibió lo que ocurría bajo el vestido de muselina hasta que los sabios ojos de la abuela rastrearon la pequeña sombra que se ocultaba en el alma de Polly e intuyó su causa. Cuando estuvieron vestidas, las tres chicas fueron a mostrar los vestidos a los mayores, quienes se encontraban en la habitación de la abuela, donde Tom estaba recibiendo ayuda con su agonizante alzacuellos.

Maud brincó como un pequeño pavo real y Fan hizo una espléndida reverencia cuando todo el mundo se dio la vuelta para contemplarla, pero Polly se quedó inmóvil y sus ojos recorrieron todas las caras con una actitud ansiosa y melancólica que parecía estar diciendo: «Sé que no estoy bien, pero espero no estar muy mal».

La abuela leyó su expresión al instante, y cuando Fanny dijo, con una sonrisa satisfecha: «¿Qué tal estamos?», la abuela le respondió cogiendo del brazo a Polly cariñosamente:

—Exactamente igual que los patrones de donde sacasteis los vestidos. Pero este pequeño conjunto es el que más me gusta.

—¿De verdad cree que es bonito? —Y la cara de Polly se iluminó, pues tenía en gran estima la opinión de la anciana.

—Sí, querida, tienes el aspecto que más aprecio en las personas de tu edad. Lo que me agrada especialmente es que te has mantenido fiel a la promesa que le hiciste a tu madre y no has dejado que nadie te convenza de llevar adornos prestados. Las jovencitas como tú no necesitan más ornamentos que los que llevas esta noche: juventud, salud, inteligencia y modestia.

Una muchacha anticuadaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora