15- Complicaciones a la vista

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Al llegar una tarde a casa de los Shaw, Polly encontró a Maud sentada en las escaleras con expresión atribulada.

—¡Oh, Polly, me alegro tanto de que hayas venido! —exclamó la niña echándose a sus brazos.

—¿Qué ocurre, querida?

—No lo sé. Debe de haber ocurrido algo espantoso porque mamá y Fan están llorando en el piso de arriba, papá está encerrado en la biblioteca y Tom se pasea por el comedor como un oso.

—Supongo que no será nada grave. Tal vez mamá se sienta peor que de costumbre, o papá esté preocupado por sus negocios, o Tom se haya metido en un nuevo enredo. No te preocupes, Maud. Ven a la salita y te enseñaré lo que he traído —dijo Polly, sospechando que ocurría algo grave pero tratando de animar a la niña, pues su pequeño rostro estaba dominado por una triste ansiedad que oprimía el corazón de Polly.

—No creo que pueda interesarme por nada hasta saber qué ocurre —respondió Maud—. Estoy segura de que es algo horrible, pues al llegar papá, subió al cuarto de mamá y estuvo hablando mucho rato y mamá lloró amargamente, y cuando intenté entrar, Fan, quien parecía asustada y rara, no me lo permitió. Quise ver a papá cuando bajó pero tenía la puerta cerrada y me dijo: «Ahora no, pequeña». Entonces me senté aquí a esperar y Tom llegó a casa. Pero cuando corrí a decírselo, me contestó: «Vete y no molestes», y me cogió por los hombros y me apartó a un lado. ¡Oh, querida! Todo es tan extraño y horrible, no sé qué hacer.

Maud empezó a llorar, y Polly se sentó en las escaleras, a su lado, para intentar consolarla, mientras sus propios pensamientos caían presa de un vago temor. De pronto se abrió la puerta del comedor y Tom asomó la cabeza. Una sola mirada le bastó a Polly para comprender que ocurría algo realmente serio, pues el porte y la elegancia que normalmente distinguían al joven habían desaparecido. Tenía la corbata sobre el hombro, el pelo revuelto, el preciado bigote abandonado y en su rostro se reflejaba una expresión de alarma, vergüenza y preocupación. Incluso su voz revelaba la alteración, pues, en lugar de la afable bienvenida que siempre le regalaba a la joven, parecía haber recuperado el tono inseguro de sus años de juventud cuando le dijo:

—Hola, Polly.

—¿Cómo estás? —respondió Polly.

—En un enredo de los buenos, gracias. Envía arriba a la pollita y te lo contaré todo —dijo, como si hubiera estado esperando la oportunidad de contárselo a alguien y recibiera con satisfacción la presencia de Polly por su especial prudencia.

—Ves arriba, querida, y diviértete con este libro y estos pastelitos de jengibre que te he preparado. Pórtate como una buena niña —le susurró Polly mientras Maud se secaba las lágrimas y miraba a Tom con ojos inquisitivos.

—Me lo contarás todo más tarde, ¿verdad? —le susurró a Polly, preparándose a obedecer.

—Si puedo, lo haré —contestó esta.

Maud se marchó con inesperada docilidad, y Polly entró en el comedor, donde Tom deambulaba de un lado a otro incansablemente. A Polly no le importaba que estuviera «enfurecido como un oso», pues se sentía tan feliz por el hecho de que deseara estar con ella y convertirse en su confidente, como solía serlo en los viejos tiempos, que se hubiera enfrentado alegremente a una persona más formidable que al imprudente Tom.

—Veamos, ¿qué ocurre? —dijo ella yendo directa al grano.

—Adivina.

—Has matado al caballo.

—Mucho peor.

—Te han vuelto a suspender.

—Peor.

Una muchacha anticuadaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora