Capítulo 13

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Iba por la sexta copa cuando notó una mano a su espalda. Ya apenas distinguía las palabras y los sonidos de su alrededor. No estaba acostumbrado a beber, por lo que el barman del exclusivo bar que ya le conocía se negó a servirle una séptima. La mano le ayudó a levantarse y andar hasta la salida del lugar. El taxi no tardó en llegar y Álex subió en él sin preguntarse por qué el camarero no se había puesto en contacto con Roco para no acabar en un coche de alquiler.

Las luces parecían empeorar el estado de embriaguez y las calles se borraban ante sus ojos, Álex escuchaba al taxista maldecir y amenazar a su acompañante, pero los ojos se cerraron y se volvieron a abrir al llegar al destino. Las paredes parecían tirarse sobre él y ahogarle. Finalmente, cuando creía que se desplomaría, notó cómo su cuerpo caía sobre un colchón y cerraba los ojos para no volver a abrirlos hasta el día siguiente.

***

La luz parecía taladrarle la cabeza. Álex abrió los ojos para cerrarlos de nuevo por el intenso dolor de la resaca. Miró a su alrededor y no reconocía el lugar, el canto femenino que salía del baño le hacía pensar lo peor. Se incorporó y notó que estaba completamente

desnudo. En ese momento no tenía tiempo de andar con preocupaciones y miedos, así que una vez que localizó su ropa se levantó y se vistió. Se acercó a la venta y de alguna manera la zona empezó a resultarle familiar. No había echado un vistazo por la habitación, así que buscó algún objeto que le devolviera la memoria. La puerta del baño se abrió y las dudas cesaron ante la visión: una recién duchada Rosa le sonreía y le preguntaba cómo había amanecido.

—¿Rosa? —dijo sorprendido—. ¿tú me has traído?

—SÍ. estabas mal. Te vi y... ¿Ya estás mejor?

—No. Me duele la cabeza. Estaba desnudo al despertarme. ¿Por qué?

Rosa bajó la mirada y apretó la toalla contra ella, miró la cama y cerró los ojos para intentar encontrar las palabras adecuadas para lo que tenía que revelar a su inesperado invitado.

—Bueno... pues... ya sabes...

—No. No lo sé

—Si, ya sabes... Tú y yo. Aquí.

—¡Por el amor de Dios! —dijo Álex intuyendo el motivo del balbuceo de Rosa—. Me trajiste y ¿te acostaste conmigo?

Para sorpresa de Rosa, Álex empezó a reírse de manera descontrola. No entendía nada y prefirió no preguntar la gracia. Después de unos segundos se sentó al borde de la cama y metió la cabeza entre sus manos.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Rosa mientras se acercaba lentamente a él.

—¿Hacer con qué?

—Con esto... ¿Se lo diremos a Verónica?

—¿Decirle que? —preguntó Álex molesto.

—Que nos hemos acostado. Creo que sería lo justo.

—Yo lo veo de otra manera. Tú aprovechándote de mí embriaguez me sacaste del bar, me trajiste a tu piso y mantuviste relaciones sexuales conmigo.

—¡No lo digas así! —exclamo Rosa escandalizada por las palabras de Álex—. Como si... ¡no fue así!

—¿No? ¿No abusaste de mí?

—¡¡NO!! ¡Eres un hombre! A ti no se te puede... pues eso... violar.

—¿Llamamos a la policía y les exponemos nuestras dudas?

—¡¡NO!!

Álex miró a su alrededor. La habitación era normal. No había ostentosidad por ninguna parte y recordaba que el barrio en sí era humilde. Las ideas se le amontonaban en la cabeza esperando a ser ordenadas. Finalmente volvió a mirar a Rosa, que seguía alterada por sus acusaciones.

Los ricos no lloranHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora