- Charqui y barro -

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-Pará de lamerme Candor. ¿Podés parar? Qué dolor de

cabeza. ¿Qué carajo pasó? Siento como que pasó por

encima mío un tropel de bueyes.

Montiel, en un estado de confusión total, intentaba entender lo

que le estaba sucediendo. Se le mezclaban los pensamientos y le

surgían de manera desordenada.

-¡Anselmo!, ¡Anselmo! Despertate. Modesto, dale, arriba. Sofía,

Sofía, ¿Dónde está Sofía? –Montiel movió unas mantas, pensando

que era el cuerpo de Sofía pero eran solo eso, mantas desparramadas.

El sol comenzaba a asomarse y la escarcha se derretía. Unos caranchos

revoloteaban sobre un conjunto de árboles y a esa melodía

matinal se sumó el chirriar de los grillos. El campo estaba repleto

de chañares espinosos, y en un claro con pastizales los caballos pastaban

sosegadamente.

Montiel buscaba una respuesta a sus interrogantes, que eran muchos,

lo que más le preocupaba era la ausencia de Sofía. En su pecho

sentía la responsabilidad que había descuidado y que lo asolaba.

Se repetía lo inoportuna que había sido la llegada sorpresiva de ella,

y se reprochaba por no haber estado más firme en el momento que

dijo que debía regresar al pueblo. Anselmo sermoneó afirmando

que sabía que algo malo iba a ocurrir, que no debían haberla dejado

quedarse. No lograba entender cómo se había dejado engatusar por

semejantes mentiras. Estos comentarios no hacían más que mortificarlo.

¿Dónde buscarla? ¿Por qué se la habría llevado Tiburcia?

¿Qué dirían al regresar al pueblo? Y ahora, ¿qué motivos tendría

para seguir buscando las monedas de oro si Sofía ya no estaba?

¿Para qué las querría? Los interrogantes no hacían más que debilitar

la fuerza con la que Montiel había iniciado la travesía. Pensó

en regresar con las manos vacías al pueblo, pero la idea de volver

derrotado sin el saco con las monedas y sin Sofía lo atormentaba.

Montiel buscó dentro de sí motivos para continuar, y los tenía,

sólo que se encontraba abatido. Se paró en la entrada del rancho y

gritó con todas sus fuerzas el nombre de Sofía. Los caballos giraron

la cabeza en dirección a Montiel y continuaron con su ración

matinal.

En el rancho de Tiburcia reinaba la desolación. Ya no había puchero,

no había botellas y el fogón estaba apagado completamente.

Los únicos habitantes eran Montiel, Anselmo, Modesto y Candor.

Tiburcia y Sofía habían desaparecido. Montiel, desesperado, se movía

sin dirección pensando de qué forma continuar.

El legado del virreyStories to obsess over. Discover now