Juan Baigorria recurrió a la poca energía que le quedaba, se concentró y comenzó a relatar lo que tanto ansiaba:
-A principio de siglo vinieron los ingleses con sus barcos, sus cañones, muchas armas y tomaron Buenos Aires. El cobarde del Virrey dejó desprotegida la ciudad y se fue a ocultar a Córdoba. Eso ya te lo conté hace algunos años ¿te acordás?
-Sí, sí. Claro.
-El que estaba a cargo del regimiento inglés era un tal Beresford. Un tipo que había peleado por toda Europa, inclusive había luchado en varias batallas en Norte América. Bueno eso no es importante. La cosa es que los ingleses se instalaron unos meses en el Cabildo hasta que Liniers los sacó cagando. Armó a una importante cantidad de soldados, que ofrecieron batalla y nalmente Beresford se rindió.
Juan Baigorria cerró la boca dejando un pequeño ori cio entre sus labios. Giró su cabeza y arrojó un espeso escupitajo que llenó un hueco justo en el ángulo formado por la pared y el piso, donde ya había otros.
-Juan, ¿quiere que le sirva un vaso de aguardiente?
-Dale, me va a venir bien -intentó unos sorbos cortos, le resultó difícil tragar. La cuestión es que el tuerto gobernó nuestro país unos meses....
-¿Beresford era....tuerto?
-Tuerto y borracho. Parece que a un soldado se le escapó un tiro y le sacó un ojo. Aparte tenía una fuerza descomunal. Se decía que era capaz de pelear solo contra un jabalí grande. Pero para robar veía como con cuatro ojos. La cuestión es que en el despacho del Virrey había varios baúles llenos de oro, monedas y objetos de plata que no alcanzó a llevarse a Córdoba. Beresford separó unas cuantas, las puso en un saco y se las guardó. Ahí también escondió un anillo de oro y piedras preciosas que le per- tenecían al Virrey. El resto de los baúles llenos de riquezas los envió de inmediato a Londres.
-Bueno lo felicito al inglés, ya sabemos que los que nos mandan, nos roban y envían todo el oro a Europa. ¿Qué podemos hacer nosotros?
-No seas impaciente Montiel. Esperá que termine con mi historia -Juan Baigorria no paraba de toser y tocarse la cara. Cuando Liniers recuperó Buenos Aires, tomó como prisionero a Beresford y a partir de ahí comenzó a negociar.
-¿Qué tenía que negociar? ¿Por qué no lo envió de inmediato a arcabucearlo? -Montiel se incorporó y sirvió más aguardiente.
-Beresford era muy astuto y un gran negociador. Tenía todas las de perder. Pero Liniers sabía que en cualquier momento podía estar en su lugar. Lo cierto es que a Beresford había que haberlo pasado por las armas. Cuando lo estaban por enviar a Catamarca, preso, le ofreció a Liniers el saco de oro a cambio de que lo des- pachara de regreso a Londres, sano y salvo. Y Liniers aceptó. Le sacó las insignias y las jinetas del uniforme y lo mandó en una carreta escoltada por cuatro soldados armados a Tigre. De ahí lo metió en un barco, directo a Río de Janeiro. Liniers se quedó con el saco lleno de monedas de oro y el anillo del Virrey. ¿Cómo me enteré de todo esto? Uno de los escoltas de la carreta que lo condujo hasta Tigre, era yo.
-Abuelo, tengo miedo ¿Qué pasó con esa plata? ¿Usted la en- contró? -preguntó una de las mellizas- Quiero más leche con chocolate.
-Con ese saco de monedas de oro Liniers pensaba tener resuelto el nal de su vida, pero el destino jugó contra sus deseos.
Los espíritus malignos sabían que esas monedas no le pertenecían. Antes de ser apresado por los patriotas, Liniers le entregó el saco con las monedas de oro a su ayudante, un hidalgo que tenía posibilidades de escapar. Un tal Rafael Gaitán. Hasta dónde sé, ese hidalgo escondió el saco en algún misterioso lugar. Las malas lenguas dicen que lo vieron con el anillo del Virrey.
El abuelo Montiel sirvió un vaso más de chocolate a cada nieto y le pidió a Ramona que trajera otra bandeja de masitas. Él pidió para sí unas moras silvestres. Le traía recuerdos de su paso por Laguna de Chemeco. Allí su alimento principal habían sido los preciados frutos. Encendió un cigarro, se tusó el bigote y conti- nuó con el relato.
-¿No escapó a España? -Montiel estaba atento al relato, mien- tras seguía comiendo la tortilla.
-No. Luego Liniers fue capturado por los patriotas y más tarde lo fusilaron. Era lo que correspondía hacer con un traidor, y así fue -Juan Baigorria hizo un silencio tan largo que Montiel pensó que ya no estaba entre los vivos.
-Ey, Granadero Juan, ¡Granadero Juan! Despierte -Montiel juntó las palmas de sus manos y elevó la mirada. Por el agujero del rancho la luna iluminaba el inmenso pajonal donde unos pe- rros se peleaban por un trozo de carne.
-Al hidalgo Rafael lo llevaron a la prisión de Las Bruscas. Él sabe dónde está el saco con las monedas de oro. Él se ocupó de esconderlo, de tenerlo a resguardo. Andá a buscarlo a Las Bruscas y conseguí que te diga dónde está el saco con las mo- nedas. ¿Dónde carajo lo escondió? Así vas a tener a Sofía como esposa y su padre te va a aceptar como yerno.
-Juan Baigorria, la prisión de Las Bruscas está en la frontera, es un lugar que está alejado y es muy peligroso llegar hasta allí. Hay que recorrer muchas leguas, los caminos con guadales son una trampa mortal. Las manadas de perros hambrientos son cosa de todos los días. Está lleno de bandoleros, indios, delincuentes ¿Cómo hago para llegar vivo hasta la prisión?
-Peleé en combates contra ejércitos muy fuertes, me atrave- saron el hombro con la espada, los indios casi me despellejan y vos, ¿tenés miedo de recorrer unas leguas hacia sur y encontrarte con un realista malandrín y arrancarle el secreto del saco con las monedas de Liniers? Por favor, sos joven, estás entero. No es imposible. Tenés que ser sumamente cuidadoso y descon ado. Te voy a dar unos consejos de aprendizaje que fui incorporando a mi sabiduría a través de pasar por tristes penurias y encontrar- me con algunos aciertos en la vida. Recordalos porque te van a ayudar a llegar al tesoro:
Es ley de estas pampas no mirar a los ojos de los indios. Sabé que son peleadores pero lo que caracteriza fundamentalmente a estos salvajes es que son traicioneros. Hay algunas maneras de congraciarse con la indiada: les gusta beber aguardiente, es el mejor regalo que les podés ofrecer. También adoran las cosas que brillan, les dan un poder especial.
Siempre, dentro de la muchedumbre, más vale pasar inadvertido que pasar por bocón o por tonto. A los charlatanes se los envidia por creerse más que el otro, y los tontos son blanco fácil de los vivillos. Contá en los gauchos, pero ojo, no son todos iguales. Están los trabajadores que conocen el ocio del campo. De ellos hay mucho que aprender. También podrás encontrar en el gaucho, un palenque donde remansar. Y están los gauchos buscabullas y pleiteros. Huiles a esos, nunca vas a tener nada de esa carroña, siempre te buscan el lado flaco para su beneficio.
Prestale atención a tus reflexiones, a las que vengan del alma. Cuando te encuentres en un pleito o una redada, no saques el facón si no lo vas a usar. Cuida tus palabras que tienen el mismo poder que un fusil. No hay nada peor que un hombre ofendido por tus bravuconadas. Lo peor que podés hacer es actuar de forma altanera y soberbia.
Cuidá a tu caballo como a vos mismo. Un hombre de a pie, es un hombre sin libertad.
Rodeate de gente amiga, de personas en las que puedas contar, siempre son las que conoces hace más tiempo.
Te voy a dar un recado para el jefe del destacamento de Las Bruscas, así vas a poder entrar. Lo conozco desde siempre, fue compañero mío de armas.
Ahora Montiel, andá a tu casa, cuidá de tu madre, que quiero descansar.
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El legado del virrey
TeenfikceUn grupo de adolescentes sigue una pista que conocía un soldado de San Martín. Juan Baigorria. Deben encontrar a un ex funcionario español que conoce el lugar donde se había ocultado un cofre repleto de monedas de oro. En el recorrido deben pasar po...
