Capítulo 5

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Sintió un gran entumecimiento en la cabeza y en los ojos en particular, le dolía el pecho y tenía esa molestia propia de la gripe o resfriado.
Cuando abrió los ojos le picaron. Tenía la nariz taponada y le ardía la garganta. No recordaba haberse sentido nunca tan mal. Soltó un quejidos aturdida y apenas consciente de que estaba metida en "su" cama, tapada hasta el cuello y con un pijama limpio.
-Bella, ¿me oyes?
Le oía, pero no se sintió capaz de hablar.
-Tienes que estar consciente para poder darte medicinas -dijo con la misma sequedad del principio.
-Consciente...
Santiago salió de la habitación y volvió con un vaso que contenía un antipirético. Lo dejo en la mesa de noche, le quitó el paño húmedo -del que Bella no se había percatado y que ya estaba caliente- de la frente, recuperó el vaso y le levantó la cabeza lentamente.
-Bebe. -Le dijo y ella obedeció, sin saber exactamente lo que estaba pasando.
Cuando se terminó la medicina, Santiago volvió a apoyar su cabeza en la almohada y se llevó el paño y el vaso.
Regresó con el paño humedecido de nuevo con agua fría y se lo puso en la frente. Luego volvió a sentarse en una silla que había colocado junto a la cama para vigilar a la muchacha.
Bella se quedó dormida unos minutos más tarde, pero volvió a encontrarse con el payaso, quien en esa ocasión no la perseguía a ella, sino a Inés. Intentó advertirle, pero su mejor amiga no parecía escucharla. Corrió tras ellos para asegurarse de que le llegaba su voz, pero aun así siguió sin oírla. Era como si estuviese en una burbuja insonorizada. Siguió corriendo, intentando dar caza al payaso antes de que este agarrase a su amiga. Empezó a llover a cántaros, pero, a diferencia de la noche en la que ella fue secuestrada, hacía un calor de lo más desagradable; era húmedo, como si estuviesen en la selva amazónica, y el pecho se le había cargado más de lo normal en ella cuando corría, aunque cuando hacía ejercicio no lo sentía así.
«¿Qué está ocurriendo?», pensó mientras veía cómo el payaso se acercaba peligrosamente a Inés. Volvió a gritar su nombre, sin dejar de correr, pero no llegó a tiempo y vio cómo el payaso apuñalaba a su mejor amiga por la espalda tres veces.
Bella gritó con fuerza, provocando que se le desgarrara la garganta y empezase a toser.
Aun así no se detuvo, corrió hasta ella y se agachó a su lado para comprobar su estado. Inés tenía los ojos cerrados y un hilo de sangre bajando desde su boca.
-No, no, ¡Inés, no, vuelve! -gritó mientras el payaso se colocaba delante de ella.
Bella alzó la cabeza, con lágrimas en los ojos, y vio que se quitaba la máscara para dejar ver su rostro. Pero no era Santiago, sino su padre.
-¡¿Por qué?! -gritó- ¡¿Por qué has hecho esto?! ¡¿Por qué?!
David no le respondió, sólo sonrió de forma macabra y después comenzó a reírse a carcajadas.
-¡Inés! -volvió a exclamar, sacudiendo a su amiga- ¡Inés, por favor, despierta, despierta!
-¡Despierta!
Bella abrió los ojos tras ser sacudida en el mundo real. Sus ojos se encontraron con los verdes de Santiago, que la miraban atentamente.
-Inés -dijo ella, confundida y asustada, con unas lágrimas acordes a las de su pesadilla-. Inés está muerta, él la mató.
-Estabas teniendo una pesadilla.
-No, ¡yo lo vi! ¡El payaso! ¡El payaso la apuñaló y la mató! ¡Y era mi padre! -sollozó.
-Bella, el payaso era yo la noche que te secuestré. Tu padre no ha matado a ninguna Inés, estabas teniendo una pesadilla por la fiebre y aún sigues delirando.
Ella guardó silencio y se quedó mirándolo, apenada. La pobre muchacha no sabía ni dónde se encontraba ni era capaz de razonar quién era aquel muchacho que le hablaba con suavidad, pero también con firmeza.
-Cierra los ojos, vuélvete a dormir. En cuestión de horas te habrá bajado la fiebre y te daré un poco de sopa.
Bella cerró los ojos, no sólo porque él se lo indicó, sino porque se sintió mareada. Al poco tiempo, el aturdimiento la lanzó contra los brazos de Morfeo otra vez.
Tuvo otra pesadilla en la que volvía a casa y no sólo David la miraba con disgusto y le daba la espalda: Almudena y Alberto también, y no sólo eso, sino que se marchaban y la dejaban atrás.
Cuando corrió hacia ellos y gritó que no la abandonasen, que esperasen por ella, ninguno miró hacia atrás siquiera.
Se despertó de golpe, sin que nadie la trajera de vuelta a la realidad, y aunque aún seguía teniendo dolores y molestias por todas partes, el sopor se había ido casi por completo, al menos lo suficiente como para ser más consciente de lo que ocurría a su alrededor.
-Bella -oyó una voz a su lado, así que desvió la vista hasta allí y de inmediato frunció el ceño-, ¿me reconoces? ¿Estás en tus cabales?
-El único que no está en sus cabales aquí eres tú.
-Sí, estás en tus cabales. Voy a traerte la sopa.
Bella quiso mandarlo a tomar vientos, pero se habría engañado descaradamente a sí misma si le hubiese dicho que no quería nada, así que calló y esperó.
Mientras oía a lo lejos a Santiago trastear en la cocina, pues aquella casa las paredes parecían de papel, recordó las pesadillas que había tenido cada vez que estaba inconsciente. Había visto cómo su padre, disfrazado de payaso, asesinaba a Inés. Había sido tan real...
«Maldito subconsciente...», pensó, frustrada, antes de que le asaltara un ataque de tos.
Santiago apareció poco después con una bandeja que dejó en la silla que él había ocupado y le tendió un vaso de agua para aclararle un poco la garganta.
Ella lo tomó y bebió despacio, pero no le dio las gracias. Era extraño para ella no hacerlo, pues siempre había sido muy agradecida, daba las gracias por la más mínima cosa, por cualquier acción que Almudena hiciera por ella a pesar de que era una empleada y, por lo tanto, recibía un sueldo. Sin embargo, aquel chico no merecía ni un ápice de gratitud por su parte, la había dejado desnuda y atada a una silla durante quién sabe cuánto y se había enfermado. Y lo peor no es que estuviese resfriada, sino lo que él le había hecho. Lo había pasado tan mal en tan poco tiempo... el frío había sido horrible.
Pero él había logrado su cometido: no volvería a intentar escapar de allí. Ya no. No quería volver a pasar por nada similar o peor.
-Te va a gustar mi sopa. Bueno, a lo mejor no tienes gusto por el resfriado, pero espero que puedas saborearla. A mi padre le encantaba, siempre repetía.
-No me interesa tu vida.
Bella se sintió estúpida. Ella no era una persona que diese contestaciones tan desagradables y a pesar de ser su secuestrador y de todo lo que le había hecho pasar, se sintió mal por haberle respondido de esa manera. Pero le pareció estúpido sentirse así por alguien que no merecía la pena.
-Está bien, lo comprendo -dijo él-. Pero tómate la sopa.
Bella se quitó el paño de la frente, lo colocó en la mesa de noche y se giró en la cama para levantarse despacio, mucho más despacio que de costumbre debido a los dolores del cuerpo.
Cuando se acomodó lo que pudo, sentada -aunque no estaba cómoda del todo-, Santiago le colocó la bandeja sobre las piernas y ella vio que tenía un cuenco de sopa de fideos, zanahoria y pollo además de un poco de pan.
A pesar de tener la nariz trancada, estaba tan hambrienta que comió muy rápido.
-¿Quieres más?
Le habría gustado decirle que no por mero orgullo, pero su cuerpo respondió incluso antes de llegar a cualquier conclusión, asintiendo con la cabeza.
Santiago se llevó la bandeja y volvió con más sopa en el cuenco, que Bella comió tan rápido como el primero.
-Deberías comer más despacio; aunque necesitas comer te podría sentar mal -le dijo Santiago, pero ella no le hizo caso-. Voy a traerte el segundo plato.
Ella no le respondió, sino que aguardó en silencio hasta que él le llevó de nuevo la bandeja. Se le abrieron los ojos como platos al ver el arroz hervido con pollo. Comió con ganas y poco a poco su estómago se fue asentando.
-Ahora que ya tienes comida en el estómago voy a traerte algo para los síntomas del resfriado -dijo y fue a buscarlo, pero ella lo detuvo al volver a hablar.
-¿Por qué insistes en cuidar de mí? ¿Qué sacas de todo esto? ¿Es más molestia para ti esconder un cadáver que cuidar de mí de por vida? -dijo, sintiendo un escalofrío al decir eso último.
Santiago frunció el ceño y cruzó los brazos, sentado en la silla.
-Yo no soy un asesino, Bella.
-Me dejaste desnuda durante quién sabe cuánto tiempo con el frío que hacía... que hace.
-No era para matarte, sino para darte una lección. Y te dejé muy poco tiempo, te estaba vigilando y cuando vi que te desmayaste te abrigué enseguida. No soy un asesino -repitió.
Bella hizo un mohín con los labios y bajó la mirada a la comida para terminársela. Después, como él le había dicho, le trajo un antigripal y ella lo aceptó porque estaba deseando sentirse mejor, como era obvio.
-Deberías volver a dormirte. -Le recomendó él.
-No, he tenido un montón de pesadillas.
-Eso era por la fiebre, pero ahora ya te ha bajado.
-Me da igual, no voy a dormirme.
-Está bien. ¿Qué género de películas y libros te gusta?
-¿Para qué quieres saberlo?
Él suspiró.
-¿Puedes responder a la pregunta?
Por un momento pensó contestarle que no y girarse para darle la espalda, pero temió que él volviese a hacerle algo como lo de la noche anterior -¿había sido la noche anterior?-, así que reculó.
-Fantasía... superhéroes, acción...
-Vale -dijo y cogió la bandeja, pero Bella volvió a hacer que se detuviera, hablándole de nuevo.
-¿Qué día es hoy?
-Uno de noviembre.
-Vale.
«Sí, fue anoche», pensó mientras se acostaba y se tapaba con las mantas.
Poco rato después, Santiago volvió al dormitorio con un ordenador portátil que tenía abierto y encendido. Lo dejó en la silla que había estado ocupando él y la colocó al lado de la cama, donde abarcaba la vista de Bella.
La chica no sabía qué estaba haciendo exactamente, pero no le preguntó, prefería compartir con él la menor cantidad de palabras posible.
-He asumido que te gusta Disney, ¿a quién no? Así que he puesto una película Disney. Es algo antigua, pero seguro que te gusta.
Le dio para que se reprodujera y Bella comenzó a ver el cartel de la productora en marrón y la música que lo procedió junto a las primeras imágenes la hicieron reaccionar.
-No. Esa película no, ¡esa no!
Santiago, sorprendido, se giró hacia ella.
-¡Quítala!
-Pensé que te gustaría, la protagonista se llama como tú y...
-¡No!
-Vale, ya la quito, cálmate.
Bella se cubrió con las mantas hasta la nariz y se quedó mirando fijamente la estantería para no ver la pantalla del ordenador mientras él cambiaba la película.
-¿Tienes algún problema con _Enredados_?
-No.
-Bien. ¿Qué te pasa con La bella y la bestia?
Bella no le contestó.
-Vale -dijo después de unos segundos.
-¿Alguna vez me vas a hablar de ti? Me quedó claro que no me dejarás ir nunca cuando me enseñaste tu cara, así que no veo por qué no podrías contarme cosas de ti.
Cuando él, que estaba agachado frente al ordenador, se giró hacia ella, la chica pudo ver que tenía la ceja izquierda alzada, dándole una expresión de escepticismo.
-Lo he hecho, hace un rato, y me dijiste que no te interesaba mi vida.
Bella se quedó callada, él tenía razón. La chica suspiró.
Santiago se puso de pie sin dejar de mirarla.
-Tengo veintiséis años y estoy desesperado por encontrar un trabajo.
Bella asintió sin despegar la cabeza de la almohada.
-Yo tengo veintiuno. Estaba... terminando mi carrera... -cerró los ojos- Es doloroso hablar contigo...
-Mejor te dejo viendo la película y me voy -dijo y le puso el filme en pantalla completa-. Descansa -añadió antes de marcharse. Sin embargo, volvió sobre sus pasos-. Por cierto, si necesitas algo, llámame.
Y entonces sí que se marchó, dejando la puerta abierta.
Bella vio aproximadamente la mitad de la película, luego se quedó dormida, llevada por el sopor de la nariz taponada; pero en esa ocasión no tuvo ninguna pesadilla y pudo descansar.
Se despertó mucho mejor, casi como si no hubiese tenido fiebre unas horas antes. Sin embargo, sabía que era por el antigripal, así que cuando se levantó de la cama, cogió una manta que estaba suelta y se la echó por encima antes de salir de la habitación.
Ya era noche cerrada y la luz del salón estaba encendida, pero Santiago se había quedado dormido en el sofá con un libro entre las manos.
Bella pensó que podía golpearle la cabeza para asegurarse de que no se despertará mientras ella buscaba las llaves de la casa en sus bolsillos... buscar ayuda a través de internet, con el ordenador, pero no tenía ni idea de dónde estaba aquella casa y si él se enteraba... de sólo pensarlo le entró el pánico, así que despejo su cabeza y se sentó en un sillón. Santiago había conseguido su propósito: Bella no volvería a intentar escaparse.
-Santiago -lo llamó sin alzar mucho la voz, pero él no despertó-. Santiago.
Nada. Por un momento se dedicó a contemplar su rostro. Un joven de veintiséis años con cara de no haber roto jamás un plato, pero también con el ceño fruncido a menudo, incluso cuando dormía, como en aquel momento.
Bella suspiró y se levantó para, muy a su pesar, moverlo mientras volvía a llamarlo.
Consiguió despertarlo, aunque al verla allí se asustó, lo cual hizo que ella también se sobresaltara.
-Bella, ¿qué haces aquí? -inquirió con recelo.
-Tengo... tengo mucha hambre, ya es la hora de cenar.
Santiago miró por la ventana y después devolvió la mirada a la chica.
-Es cierto -dijo y se levantó. Bella se apartó de inmediato-. Deberías estar en la cama.
-Estoy mejor.
-Mañana, cuando se te pase el efecto del antigripal, volverás a sentirte mal; así que mejor ve a la cama y abrígate, te llevaré la cena a la habitación.
«¿Y el tono cortante?», se preguntó la chica, mientras Santiago se iba a la cocina, pues había usado un tono más suave que de costumbre.
-¿Alguna vez usas el comedor? -inquirió la muchacha antes de que él entrara en la cocina.
-No.
-Quiero cenar ahí. Eh... es un sitio bonito.
Santiago puso los ojos en blanco y suspiró.
-Como quieras.
Bella volvió a interrumpir su marcha.
-¿Vamos a cenar sopa?
Santiago, parpadeó, sorprendido, y después sonrió de lado, dándole un curioso aspecto mezclado de travieso y tierno.
-Sabía que te gustaría. Sí, vamos a cenar sopa. Y albóndigas con arroz.
Fue escuchar eso y las tripas de Bella se retorcieron. Después de un día entero sin comer, lo único que se había llevado a la boca eran dos platos de sopa y uno de arroz con pollo, algo que enseguida abría el apetito otra vez.
Él no se rio, pero Bella habría jurado que había contenido una carcajada.
-Ve a la cama, te avisaré cuando la cena esté servida.
Bella suspiró.
-Está bien...
Volvió a la cama, se acostó y se tapó hasta el cuello. Aquello era tan extraño para ella... dejando a un lado que estaba siendo retenida contra su voluntad, su secuestrador la confundía.
¿Cómo podía ser tan cruel a veces y otras, tan amable? No la había obligado a volver a la cama, sólo había insistido en que lo hiciera, por su bien. Y había dejado de sonar borde, por unos breves segundos se había sentido como su invitada en lugar de como su prisionera. Incluso había accedido a su petición, o más bien deseo, de cenar en el comedor.
Oyó sonido de platos y cubiertos, y poco después él apareció en la puerta del dormitorio.
-Ya está, ven a cenar -dijo y se marchó.
Bella salió de la cama despacio y fue hasta el comedor. Debió haberlo previsto, pero no lo hizo: Santiago estaba allí, esperándola, y por si había alguna duda de que fuese a cenar con ella, vio los dos platos en la mesa. Por suerte para ella, estarían separados.
La mesa era más larga que ancha, pero con los extremos redondeados. Y los platos estaban en cada punta de la mesa, así que al menos no lo tendría cerca.
Al principio estuvieron en silencio; se sentaron y empezaron a comer, pero cuando Santiago trajo el segundo plato y se sentó, él mismo inició una conversación.
-¿Aún quieres que te hable sobre mí?
Bella no respondió enseguida e incluso se llevó un trozo de albóndiga a la boca, lo mastico y se lo tragó antes de hacerlo.
-Sí -dijo finalmente-. Quizá así no te odie tanto.
Él no dijo nada al respecto, sólo asintió.
-Entonces será mejor que te diga algo importante primero -dijo y pareció querer hacer una pausa dramática-. No me llamo Santiago.
-¿Qué? Por eso no te despertabas cuando te llamaba...
-Puede ser. El caso es que no iba a arriesgarme diciéndote mi nombre real, por si acaso. Sobre todo porque no es muy común que digamos.
-¿Pero entonces cómo te llamas? -inquirió, con verdaderas ganas de saberlo.
-Aray.
-¿Aray? -dijo ella, ceñuda.
-Ya te dije que no es muy común. Es curioso que apenas haya gente con nombres canarios.
-Ah, Aray es canario.
A la muchacha le pareció un nombre bonito, pero no quiso decir nada al respecto.
-Sí.
Hubo una pausa en la conversación, otra vez interrumpida por el recién conocido como Aray.
-¿Hay algo en particular que quieras saber?
-Sí. Hace mucho frío aquí, ¿dónde estamos?
-En Valleseco.
-¡¿Valleseco?!
-Ajá.
-Dios... ¿y por qué vives aquí? Y tú solo... Al principio pensé que eras un hombre mayor y que tu cuarto era de tu hijo.
Aray hizo un amago de carcajada.
-Esa era la idea, por eso me puse guantes.
-Y por eso no me hablabas y cuando lo hiciste intentaste cambiar tu voz.
-Sí, eso no me salió muy bien.
-No te reconocí. Aunque tampoco te había oído hablar mucho antes.
-Y hablando de eso, ¿qué quisiste decir con eso de que creíste que te miraba porque me parecías guapa? Al menos eso entendí.
Bella sintió que se le subía levemente el rubor a las mejillas.
-No me preguntes sobre eso... -dijo mirando su propio plato.
-Siento haberte hecho algo que no era.
«¿Ha dicho que lo siente?».
-Pero en realidad sí me pareces bonita. Tienes un aspecto adorable aunque a veces muestres mal carácter, pero eso es normal porque te estoy reteniendo aquí...
A Bella le extrañó, pero creyó ver una expresión de vergüenza o timidez en su rostro, así que volvió a desviar la vista a su plato.
-Al menos tengo el consuelo de que no has hecho algo demasiado grave al menos -dijo y se le escapó una risilla nerviosa.
-¿Como aprovecharme de ti? -adivinó el chico y Bella sintió un escalofrío- Yo no haría algo así, por muy enfadado que pueda estar.
Bella asintió sin mirarlo, incómoda.
-Mejor hablamos de otra cosa.
-No me dijiste por qué vives aquí sólo. Estás en medio de la nada.
-Esta casa era de mis padres, pero cuando mi padre murió, nos la dejó a mi madre y a mí. Y luego... ella se enfermó y tuve que ingresarla en un centro donde le darían cuidados especiales que yo no podía darle. Pero me empecé a quedar sin dinero y no conseguía trabajo... así que... -suspiró- Bueno, no me has preguntado eso y ya te he respondido.
Bella hizo una mueca.
-A mí nunca me faltó el dinero, pero mi padre no me quiere. Me culpa por la muerte de mi madre, dice que yo la asesiné.
-¿Qué? -inquirió Aray, tras fruncir el ceño.
La muchacha suspiró.
-Murió unos días después de mi nacimiento, de hecho, dentro de poco es el aniversario de su muerte.
-¿Va a ser tu cumpleaños?
-Fue ayer.
Aray puso cara de haber escuchado algo horrible.
-¿Qué pasa? -inquirió ella.
-Nada -dijo él y apretó los labios.
-¿Te has enfadado conmigo? -preguntó preocupada.
-No -dijo y se levantó, cogiendo su plato-. Vuelve a la cama cuanto antes y lleva tu loza a la cocina, pero no la friegues.
Pasó a su lado y fue a la cocina. Ella, confundida, no fue capaz de decirle nada, ni siquiera cuando volvió a pasar junto a ella para ir al baño y cepillarse los dientes.
Bella terminó de comer sin ganas y se levantó cuando él se metía en el dormitorio grande y cerraba con llave. No fregó la loza, como él le dijo, y se fue a la cama; pero aunque él le había dicho que no se había enfadado con ella, no podía quitarse el nudo que se le había hecho en el estómago, así que entre eso y que durante la noche volvieron los síntomas del resfriado, apenas pudo pegar ojo.

 No fregó la loza, como él le dijo, y se fue a la cama; pero aunque él le había dicho que no se había enfadado con ella, no podía quitarse el nudo que se le había hecho en el estómago, así que entre eso y que durante la noche volvieron los síntoma...

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