Ya se estaba por terminar las vacaciones de medio año y el último día de ellos, a Diana y a mí se nos ocurrió ir al parque de atracciones que había llegado al Centro de la ciudad.
La primera atracción que subimos fue a la montaña del terror, era como la montaña rusa sólo que con un tono más terrorífico. Había túneles llenos de murciélagos, momias, cadáveres falsos y cada vez que pasábamos por ellos, Diana y yo nos abrazábamos como niños de cinco años viendo una película de terror. Todo el recorrido fue un susto terrible; prometimos no volver a subir allí, nunca.
Comenzamos a pasear por el parque, viendo a que atracción podríamos subir, de pronto, vimos un puesto de algodón de azúcar de colores y decidimos comprar un par. Lo gracioso de todo fue que en vez de comer el algodón nos lo lanzábamos en la cabeza.
Decidimos subir a los carros chocones; los dos, nos subimos a un carro y comenzamos a jugar golpeando a otros coches. En pleno acto de choques, golpeamos el carro de otra pareja y con aquella pareja, empezamos a chocar hasta que se nos terminó el tiempo.
Después, buscamos otra atracción para subirnos pero la pareja con la cual jugamos en los carros chocones nos llamó:
-¡Hola!
-Ah, Hola
-¿Ustedes son novios?
-No, sólo amigos – Sonreímos
-Bueno, nosotros sí. Nos vamos a la rueda chicago, ¿les gustaría acompañarnos?
-¡Claro! – Afirmamos los dos
Subimos a la rueda chicago, la pareja subió a una cabina y nosotros a otra. La maquinaria comenzó a sonar y por ente, la rueda giró. En la cabina, estábamos como desconocidos, alejados, viendo por las ventanas de la cabina el cielo oscuro y lleno de estrellas... De pronto, la rueda se detuvo, las luces se fueron, todo el parque de atracciones estaba sin luz, lo único que nos alumbraba era el resplandor de las estrellas. De un pequeño brinco, nos juntamos; estábamos muy apegados, tanto así que nuestros cachetes se juntaron incluso nuestros anteojos. Nos tomamos de la mano, giré un poco mi cabeza y… mis labios iban acercándose a los de ella pero… sólo sonreímos y separamos nuestros rostros, estábamos avergonzados por lo ocurrido, los dos estábamos rojos como el tomate; no nos quisimos ni ver. Cruzamos las miradas, nos miramos fijamente y nos reímos, nos reímos con aquella risa que se escucha a tres cuadras de distancia.
La luz volvió unos minutos después, como nos encontrábamos en lo más alto de la rueda, demoramos en bajar pero la pareja nos había esperado. Caminamos un poco junto a ellos, luego, ya nos teníamos que ir. Antes de irnos la pareja nos dijo: Se verán muy bien juntos. Nos limitamos a sonreír. Dejé a Diana en su casa y yo me fui a la mía. Esa noche, soné muchas cosas…
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