Cuando estaba en el colegio, por estar detrás de Yuli, dejé muchas veces de lado a Diana. Acompañaba a Yuli a ver a sus amigas, aunque no les caía muy bien, por ser de la C.B y por mis anteojos, Yuli siempre las convencía para que me acepten.
Una mañana, en clase de literatura, la profesora Nelly nos estaba enseñando las reglas y la forma de crear versos. Aunque era un experto en todas las áreas del colegio, al momento de explicar esa clase, borré todo mi conocimiento y presté toda la atención posible ya que esa clase incrementó mucho la ilusión que tenía por “ser algo”.
Poco a poco iba creando, uniendo, rimando. Hice lo posible por componer algo hasta que salió. De la nada, pero salió. Un pequeño verso hecho por mí. Lo llamé: Sonata de primavera.
Con una simple sonrisa, cautivaste mi alma.
Me diste aquella brisa, que me devolvió la calma.
Hiciste realidad mis sueños, con aquella mirada sin espera.
Es por eso que hoy, te dedico esta pequeña sonata de primavera.
La había escrito en un pedazo de papel de cuaderno. Se la di a mi profesora; le pareció uno de los versos más bellos que había leído. Dijo que tenía mucho potencial y madera para ser un gran poeta o quién sabe, un gran escritor. Por mi mente corrió la de idea ser un poeta así como Andy R., uno de mis escritores favoritos. Pero tal vez, sólo son pensamientos ya que en el colegio los poetas son escasos y a la vez, los más buscados y los más envidiados. Era loco: Por ser alguien que poseía un talento especial podía ser querido ya la vez odiado… Decidí guardar este talento en secreto pero quería que sólo dos personas la leyeran: Diana, mi mejor amiga y Yuli, mi gran ilusión.
Fui a mi carpeta, me senté, volteé a ver a Diana. Ella estaba tan concentrada en lo que hacía. Detuve el tiempo por un momento. Contemplé a Diana un instante, nunca la había visto así: Tan bella, delicada, tierna… con esos ojos tan fijos a lo que estaba escribiendo, todo su rostro de perfil y un mechón de cabello que pasaba por detrás de su oreja. El tiempo volvió a correr, yo volví a mí. Vi un poco el pedazo de papel, lo puse frente Diana (en el cuaderno donde estaba escribiendo), al instante, perdió la concentración, tomó el papel y dijo:
-¿Qué es esto?
-Pues un papel
-No tonto, me refiero a lo que está escrito en él
-Es un poema inspirado en una chica – Mentí
-¿Yuliza? – Dijo con tono de: si me dices que es para ella, rompo el pedazo de papel
-No – Sonreí – Ella no – Agregué
Se mordió muy suavemente el labio inferior y dijo:
-¿Entonces qué chica?
-No te lo diré nunca, bueno, tal vez un día
-Bien – Sonrió – ¿Lo puedo leer?
-Para eso te lo di – Reímos
Cuando leyó aquel texto plasmado en un pedazo de papel, sus ojos marrón claro dieron un brillo sutil a toda mi imaginación. Su rostro parecía al de una persona, a la cual, le dieron la oportunidad de poder pedir cualquier deseo… Terminó de leerlo, sonrió y se sonrojó diciendo:
-Esta chica debe ser muy afortunada…
-Sí… Muy afortunada – Dije con tono sarcástico
-Ten. Cuídalo muy bien y… sigue escribiendo – Me devolvió el papel
-Gracias – Lo recibí
Guardé la hoja en mi bolsillo. Cuando hacía eso, vi que su tono de piel blanco había sido cómplice para que en sus mejillas se note lo sonrojada que estaba. Sólo sonreí con su rostro, pues no sabía que decirle, ya que estaba nervioso…
A la hora de recreo, salí con Yuli al cafetín, allí, le di el verso. Lo leyó. En su rostro se notaba una pequeña falta de interés que me hirió levemente. Al terminar de leerlo, me devolvió el verso, y dijo un frio “está bonito”. Por un instante, por un segundo, creí que la podía conquistar mas no me daba por vencido. Estaba decepcionado de mí mismo, tal vez no había hecho un buen esfuerzo pero esto no me iba a derrumbar. Decidí seguir escribiendo hasta hacer un poema que la conquiste.
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