Ellos querían una hija perfecta.
La enviaron a una isla con los mejores maestros.
Planearon cada día de su vida durante dieciocho años.
Ahora está libre, y muchos quieren arrebatarle la libertad.
Pero ella no se los va a permitir.
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Despierto y lo primero que hago es ver el reloj en mi muñeca. Marca que faltan dos minutos para que sean las cinco de la mañana.
Todos los días me he despertado automáticamente casi a la misma hora. Hay veces que despierto antes de que sean las cinco o pocos minutos después. Pero hoy es diferente, hoy calculo que faltan once horas y quince minutos para yo salir de esta isla.
Me incorporo y tomo la jarra que reposa en mi mesita de noche y vierto agua en un vaso para tomármela. Tengo una estricta rutina matutina y mi último día aquí no será la excepción.
Camino hasta mi armario y me visto con un conjunto deportivo. Lo puedo hacer hasta con los ojos cerrados porque mi ropa siempre está en el mismo lugar y tengo tres pares idénticos de cada ropa para ahorrar tiempo.
Hago mi cama y bajo a la primera planta para salir del edificio. Estiro y luego empiezo a trotar en dirección a la arboleda. Lo bueno de vivir en una isla privada es que está llena de naturaleza y aire puro que respirar.
El sol no ha salido aún, el sendero está tenuemente iluminado por faroles a cada quince metros de distancia. Para cuando llego al extremo Este de la isla el horizonte ya está tornándose rosa.
“Mi lugar” como lo llamo, es una costa de la isla, está ubicada en la parte Este y está cubierta por pasto que es recortado de vez en cuando. Voy al tercer árbol y abro la escotilla que guía a una habitación subterránea. Ahí guardo comida enlatada y cosas necesarias para cualquier posible desastre natural.
Pongo agua a hervir en una estufa diminuta y saco una barra energética de la despensa. Preparo un té y me siento a disfrutar el dulce aroma de especias que rondea por la habitación.
Al terminar tomo una colchoneta y subo a la superficie, cierro la escotilla y acomodo la colchoneta en el pasto. Hago mi última sesión de yoga dándole la bienvenida al amanecer. La disfruto lo más que puedo porque a la ciudad que vamos no habrá una vista semejante a esta.
Treinta minutos después regreso a la base, donde residimos todos. Me doy una ducha y en lugar de ponerme una ropa cómoda para ir a clase como lo hago a diario, me pongo el vestido previamente planchado. Le envío un mensaje a la Srta. Susan —mi maestra de ballet— para decirle que estoy lista.
—Te ves muy bonita —dice una vez entra a mi recámara.
—Gracias —respondo y luego giro sobre mi eje como ella me enseñó para hacer que la falda del vestido vuele.
Cuando termina de hacerme un peinado elegante me abraza.
—Estoy muy orgullosa de ti —susurra en mi oído.
Siento que el crédito que siempre recibo por ser perfecta en lo que hago no me pertenece. Yo no elegí aprender nada, yo no decidí ser hija de Marc y Sophia Thompson. No tuve elección.
Sonrío por amabilidad. Me coloco la toga y el virrete, luego me doy una última mirada en el espejo. Cualquiera diría que la joven de cabello rubio platinado y ojos grises es una chica normal en su día de graduación. ¿Dónde está lo normal en mí?
Mi graduación es algo clásica como las que veo en las películas. Todo está decorado de blanco, negro y dorado. Hay globos y brillo. Mis maestros e instructores también llevan togas y virretes negros con los lazos dorados.
La ceremonia empieza con el Himno Nacional de Inglaterra y continúa con el protocolo. Todos nos ponemos de pie al principio. No puedo decir si tarda tanto como las graduaciones normales, pero creo que sí porque yo y Luke somos los únicos estudiantes y nuestros maestros también reciben créditos.
Veo mi reloj de muñeca disimuladamente, faltan nueve horas y veinte minutos para salir de esta isla.
Una vez terminada la ceremonia todos empiezan a felicitarme a mí y a Luke, mis maestros, mis padres, familiares que no sabía que existían y familiares de Luke.
No soy tan apegada a mis padres, durante mis dieciocho años de vida ellos se han quedado a vivir en Inglaterra y me visitaban una vez al mes. Creo que le tengo más confianza a la Sra. Watson que a mis padres.
Todos nos quitamos las togas y los virretes después de las fotografías. Solo veo a mis maestros vestidos tan elegantes en los cumpleaños, Acción de Gracias y Navidad. Se esmeraron en sus vestimentas y peinados. Es probable que después de hoy no los volveré a ver. Empiezo a sentir una nostalgia prematura porque ellos me vieron crecer y han estado para mí siempre.
La celebración consta en un bufet enorme y un baile elegante. Me siento en la mesa asignada donde están mis padres y mis familiares desconocidos.
—Estamos tan felices por ti, pequeña —exclama mamá.
—Estoy muy orgulloso de mi querida Sue —admite papá.
Ambos me abrazan y me elogian tanto. Me da náuseas de tanto cariño, ellos casi nunca son así conmigo. Nunca me han abrazado tanto como ahora y se siente extraño.
—Mi pequeña, te tenemos una sorpresa. Sabes que ya eres mayor de edad y ya tienes un contrato con nosotros para ser la administradora de nuestros bienes. Como somos de alta sociedad queremos lo mejor para ti, te conseguimos una propuesta.
—Me interesaría saber esa propuesta —miento, yo solo quiero tomar mis decisiones y controlar mi futuro cuando salga de aquí.
—Arrendamos un matrimonio con el Príncipe de Inglaterra. ¿Quién sabe? Tal vez te conviertas en reina.
—O consorte —continúa papá.
Siento como si estuviera a punto de rozar la libertad con mis dedos y luego la alejan de mí una vez más. Un nudo se forma en mi garganta así que tomo un trago de sidra para aflojarlo y pensar en que decir.
—Interesante propuesta, mas no creo que aún esté preparada para casarme —intento rechazarla. Si me voy a casar con alguien, quisiera que fuera Luke.
—No es necesario que te cases ahora, puede ser de aquí a diez años. Él está dispuesto a esperar —insiste mamá sosteniendo mi mano.
—Nos avisas cuando estés lista —dice papá enredando espagueti en su tenedor.
—De acuerdo —respondo. Sigan soñando que me casaré con el príncipe. Mi libertad está a ocho horas y tres minutos de distancia, y una vez la obtenga no la dejaré ir por nada.
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