Harry me sacó de mi aturdimiento. Me centro en lo más importante: Scorp.
—Draco no está en condiciones para hablar con su hijo —dijo mi padre, sin apartar la vista de mí—. Tú eres la persona más cercana a Scorpius en este momento.
Sentí que el aire se me atascaba en la garganta.
Quise decirle que no. Que ya no hablábamos. Hacía meses que no teníamos una conversación.
Pero no lo hice.
Porque algo dentro de mí quería hacerlo: decirle y acompañarlo, estar para él.
Ahora más que nunca.
Cuando sali, baje a las mazmorras, no queria volver a clase con las palabras de mi padre resonando en mi cabeza.
En mi habitación, encontré un pergamino doblado sobre mi almohada.
Lo reconocí de inmediato.
La caligrafía era la de Hermione.
"Pequeño Albus:
Cuando alguien que quieres atraviesa la oscuridad, no lo sigas a ciegas. Pero tampoco te quedes quieto. Camina cerca. Hazte presente. Aunque sea en silencio. A veces, basta con estar.
Te mando apoyo para hablar con Scorpius. No hay nada más valioso que la amistad que tienes con él, Al.
Sé valiente.
Tía Hermione."
Tragué en seco.
Fue el empujón que necesitaba.
Solo supe que tenía que encontrarlo.
***
La directora McGonagall ayudó mucho en ello.
Se notaba lo fácil que era amar a Scorpius Malfoy.
Esa misma tarde, se nos acercó camino al Gran Comedor, llamándonos a ambos y nos dio permiso para ausentarnos de clases.
Scorpius parecía angustiado y extrañado a la vez.
—¿Pasó algo, profesora?
Ella apretó los labios hacia él:
—El Señor Potter debe hablar contigo, querido. Después de almorzar, utilicen mi oficina para hablar—dijo—. Y manténganse juntos.
Nos dio una mirada desde detrás de sus lentes con ese gesto severo, pero contenido, que solo ella podía hacer parecer casi humano.
Malfoy me lanzó una mirada desconcertada, y solo asentí con la cabeza. No era el momento de hablar.
Comimos por separado, aunque notaba que Scorpius, sentado a unas cuantas personas de mi, me daba un par de miradas nerviosas de vez en cuando. Luego, lo espere afuera y subimos en silencio por las escaleras, cada uno sumido en su propio mar de pensamientos.
Cuando llegamos, él me miró con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa, Albus? ¿Por qué tanto misterio?
Me costó tragar. No estaba preparado para decirlo. Pero sabía que no podía seguir postergándolo.
Me obligue a mirarlo a los ojos:
—Scorp... —empecé, y mi voz ya temblaba antes de terminar la frase—. Anoche... secuestraron a tu abuela.
Lo vi parpadear. Luego fruncir el ceño como si no hubiera entendido. Y un segundo después, su rostro se desmoronó.
—¿Qué? —susurró.
—Sus vecinos llamaron a los aurores por la madrugada, y en la puerta había una nota—No pude terminar.
Él me interrumpió:
—E-Espera.
Scorpius se llevó ambas manos al rostro. Lo vi respirar hondo, una, dos veces. Pero la tercera vez ya era un sollozo. Y entonces se quebró por completo.
Las lágrimas salían a borbotones, sin contención. Como si llevara semanas acumulándolas. Se dobló un poco hacia adelante, los hombros temblando, con ese tipo de llanto que parecía no conocer el aire.
Yo no sabía si abrazarlo. No sabía si tenía derecho.
Pero avancé.
Me acerqué en silencio y lo rodeé con los brazos, sintiéndome torpe al principio. Sin embargo, él se dejó caer contra mí sin poner resistencia. Como si hubiera estado esperando ese gesto durante mucho más tiempo del que yo creia.
Apoyó la cabeza en mi cuello, y sentí sus lágrimas calientes empapar la tela de mi camisa. No dije nada. Solo lo sostuve. Mi corazón latía demasiado rápido, pero mis manos no se movieron. Se quedaron ahí, firmes, una en su espalda, la otra en su nuca.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Solo supe que, en algún momento, un maullido cortó el silencio.
Bajamos la mirada al mismo tiempo.
Joseph, el gato de Lily, estaba sentado a unos metros de nosotros. Nos miraba con ese aire de juez silencioso que tienen los gatos, hasta que se acercó con lentitud y frotó la cabeza contra las piernas de Scorpius.
—No me gustan los gatos —masculló él, con la voz tomada.
Yo solté una risa baja.
—Van a llevarse bien. A él tampoco le gustaba Elara. Literalmente me seguía por todo el castillo para morderla cada vez que me tocaba el brazo.
Scorpius me miró, sorprendido. Luego esbozó una sonrisa tenue, quebrada, pero real. No le duró mucho.
—¿Siguen siendo cercanos?
Negué, casi sin pensar.
—No. Ya... ya no sé quién es —dije, en voz baja—. Pero no es mi amiga. Tenías razón, debo dejar de hablar con ella.
Soltó un suspiro, y se apretó más contra mi.
En silencio, bajé un poco el rostro y besé con suavidad su cabello, justo donde se le hacía un pequeño espiral desordenado, como si el universo lo hubiera dejado como marca. Apoye mi mejilla sobre su cabeza, cerrando los ojos.
—Lo siento —susurré, apenas audible—. Por haber sido un mal amigo. Por alejarme, no querer entenderte y no haber estado para ti desde el principio.
Scorpius no respondió enseguida. Solo sentí su respiración temblar una vez más.
—Yo también lo siento —dijo al fin, su voz amortiguada contra mi cuello—. Por todo. Por cómo te traté. Por no haberte defendido. Espero que puedas perdonarme.
Le di una pequeña caricia en la espalda.
—Lo pensaré.—Murmure en broma.
Scorpius bufó.
—Vete a la mierda.
Ambos reímos un poco.
Luego agrego, apenas audible:
—Te extrañe.
Le hice aun más caricias en la espalda:
—Yo también, Scorp, yo también.
Me abrazó más fuerte. Como si con eso pudiera reparar un poco todo lo que habíamos roto. Y por primera vez en mucho tiempo, no quise soltarlo nunca más.
ESTÁS LEYENDO
MARCAS EN LA PIEL © - Scorbus
FanfictionVERSION MEJORADA DE "ANSIEDAD". . Morí un martes. O al menos, todo empezó ese día. No me mires así, no es drama barato: yo sé cuándo algo empieza a pudrirse. A veces es por su olor, otras veces es su silencio... esta vez, fue la forma en que Scorpiu...
