CÁPITULO VEINTE.

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Desperté... pero no respiraba.

Mis manos estaban frías contra el suelo de piedra, y por un instante creí que aún estaba en la casa de Elara, que el rayo verde no había sido más que una pesadilla. Pero cuando levanté la cabeza, entendí dónde estaba.

La estación 9¾ se alzaba ante mí, pero no había trenes, ni maletas, ni el murmullo de familias despidiéndose. El aire olía a metal húmedo y polvo, y la luz que caía desde lo alto era pálida, irreal, como si no viniera del sol.

No había nadie. Solo yo, arrodillado en medio del andén vacío, con la cabeza entre las manos.

El golpe de la realidad me aplastó el pecho. Estaba muerto.

Un hilo de pánico me subió por la garganta. Mi mente empezó a correr:

Tenía que volver.

Tenía que hablar con Scorpius.

Decirle todas las cosas que me tragué, las que se me quedaron entre la garganta y el pecho, cada vez que lo veía reír o bajar la mirada para esconder el rubor.

Y James... el idiota de James, con sus bromas pesadas y ese modo insoportable de demostrar cariño.

Y Lily, que nunca calla cuando algo le parece injusto.

Y Rose, que siempre termina teniendo razón.

Y mamá... Ginny, que me enseñó a pelear, a caer y volver a intentarlo.

No podía dejarlos así.

No podía dejar esto así.

No podia creerlo.

Ya no regresare.

Ya no me sentare en la madriguera, riendo a escondidas de los comentarios de Lily y sus ataques al imbecil de James, tampoco sentire un cariño mal disimulado por mi hermano cada vez que hace una pirueta increible en el campo de Quidditch, no podre seguir profundizando mi nueva relacion con Rose, ni besar a Scorpius hasta olvidar mi propio nombre.

Scorpius...

Scorpius, con su voz hablando de astronomía hasta que se quedaba dormido en mitad de una frase, con su olor a menta y tinta fresca, con esa forma de mirarme que siempre me dejaba sin aire.

Todo eso...

Todo eso se había ido.

Y lo que más dolía era saber que, si no volvía, nadie podría decirle que no fue su culpa.

Porque yo no estaria.

Me agarre el pecho, doblandome en el suelo.

Queria volver.

Comence a rogar al universo en silencio.

Porfavor, porfavor.

Me quedé ahí, temblando, apretando los ojos, intentando recordar cómo se sentía estar vivo, pensando cuanto tiempo me tomaria olvidarlo.

Hasta que la escuche:

—Albus —la voz llegó como un susurro suave, casi como un recuerdo—. Ponte de pie.

Levanté la cabeza.

Era Elara.

No la Elara pálida y enloquecida que vi por última vez, con los aros oscuros en la mano y la mirada rota. Estaba... entera. Su piel tenía ese brillo cálido que siempre me recordaba a un amanecer, y sus ojos, claros y llenos de vida, se encendieron al verme. Llevaba el cabello suelto, como cuando nos escapábamos de la biblioteca para poder reírnos de cualquier tontería.

MARCAS EN LA PIEL © - ScorbusHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora