CÁPITULO DIECIOCHO.

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No le devolví el saludo. Ni siquiera lo pensé.

Mi puño salió antes que cualquier palabra. Sentí el impacto seco contra su pómulo. Rabastan retrocedió medio paso, llevándose la mano a la cara con una sonrisa torcida, como si en vez de dolerle, lo hubiera estado esperando.

—¡¿Pero qué te pasa, Albus?! —Lily se puso roja como una granada, los ojos muy abiertos y las manos apretadas a los costados. Su voz rebotó contra las paredes destrozadas de la habitación.

—¡No vuelvas a hacer eso! —añadió, casi temblando.

Rose, en cambio, no dijo nada. Solo se cubrió la boca con la mano... y luego estalló en una risa contenida.

—Lo tengo merecido por abusar de tu confianza —dijo Rabastan con una calma casi insultante, todavía masajeándose la mandíbula.

Enarque una ceja, pensando en que no le haría mal a nadie que lo golpee más fuerte.

Si yo fuera Gryffindor, definitivamente lo golpearía de nuevo.

—¡¿Abusar de mi confianza?! —me acerqué, sintiendo el calor subirme al rostro—. Te hiciste pasar por un maldito gato. ¿Sabes que eso es un crimen? ¿Qué carajos te pasa? —Le apunté con la varita de inmediato—. Habla. Y yo decidiré si te escucho o te llevo directo con los aurores.

Rabastan no se inmutó. Sus ojos —oscuros, con un brillo amarillento que no me gustaba nada— se fijaron en los míos. Sonrió, no con burla, sino con una suavidad extraña.

—La mente detrás de todo este lío es mi hermano, Rodolphus —empezó—. Siempre estuvo obsesionado con el linaje de sangre. Esa obsesión lo llevó por el peor camino.

Trague en seco, reconocí los nombre de ambos; cuando era niño solía admirar tanto a papá que me la pasaba leyendo sobre sus aventuras de adolescente, después entre a Hogwarts y comencé a odiarlo. Pero tenía buena memoria.

—Tú también fuiste un mortífago —lo interrumpí, mascullando cada palabra—. Igual que él.

La sonrisa de Rabastan cambió. No desapareció, pero ahora era diferente, como si guardara un secreto que yo no podía alcanzar.

—Fui obligado —dijo despacio—. Nunca quise estar en sus filas. Me quedé... para estar al lado de Reg, un viejo amigo.

Fruncí el ceño, a punto de preguntar quién demonios era "Reg", pero Rabastan negó con un leve gesto, desviando la mirada.

—Mira, con respecto a tu amigo —prosiguió—, yo soy animago no registrado... igual que mi hermano. Nuestro padre nos enseñó desde pequeños. Es una tradición familiar secreta. Nos mantuvo fuera de Azkaban más veces de las que puedo contar.

Lo miré sin bajar la varita, intentando leer en su expresión si aquello era verdad.

—¿Y durante lo que sucedió con Delphini Ryddle?¿Donde estabas? —Lo interrumpí, mascullando con voz grave.

Nego, su tranquilidad comenzaba a desquiciarme:

—Yo no estuve. Pero me imaginaba que mi hermano buscaria a Delphini para contarle sobre quién era su padre.

Asentí con un movimiento seco.

—La conocimos cuando Scorpius y yo... éramos más jóvenes —dije, el recuerdo pesado en la garganta—. Ahora está en Azkaban.

—Lo sé —Rabastan asintió—. Mi hermano estaba fascinado con la idea de tener una hijastra heredera de Voldemort. Y creo que, mientras ella seguía encerrada, Rodolphus volvió a buscarla. No para rescatarla... ni para transformarla en una maga oscura. Sino para serlo él, gracias a ella.

—¿Qué? —la palabra se me escapó con un filo de incredulidad.

—Mi hermano nunca estuvo cuerdo —Rabastan hablaba ahora mirando un punto en el techo, como si la escena se proyectara allá arriba—. No puedo explicarte cómo funciona su cabeza. Pero... hizo un horrocrux con la vida de la chica.

El estómago se me encogió.

Mi voz temblo:

—¿Delphini está muerta?

Él apretó los labios, dio un pequeño asentimiento.

—Lo lamento, chico.

Sin darme cuenta, bajé la varita.

—¿Dónde... dónde está ese horrocrux ahora? —pregunté, aunque temía la respuesta.

Rabastan me miró fijamente por unos segundos antes de responder:

— Tenía mis sospechas... y hoy las confirmé. Elara lo tuvo todo este tiempo.

Sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies.

—¿Desde cuándo lo piensas? —balbuceé.

—Desde la primera vez que te seguí por Hogwarts —dijo, y no parecía avergonzado—. Lo interesada que estaba en tu relación con Scorpius fue la primera advertencia. Sus aretes... me llamaron mucho la atención. Eran iguales a los que pertenecían a mi madre.

Tragué saliva, sintiendo una presión en el pecho. Pensé en todas las veces que podría haber ayudado a Elara. En todas las veces que no lo hice.

—¿Y por qué demonios no apareciste antes? —le solté, la voz más áspera de lo que pretendía.

—Porque esto solo debía hacerse en una situación desesperada. Y ahora lo es. —Sus ojos se afilaron—. Tenemos la pista clave de dónde está Scorpius.

El silencio que siguió fue como una cuerda tensada a punto de romperse.

La voz de Rose hizo que me sobresaltara:

—¿Crees que es en Londres?¿Por qué estarían ahí?

Parpadee hacia ella:

—¿Por qué mencionas Londres?

Mi prima estaba cruzada de brazos, sus ojos brillaban de forma extraña, me pregunte cómo se sentía respecto a todo lo que habíamos descubierto en el diario de Eli.

Bajo la vista al cuaderno, que aún tenía abierto y lo sostenía con su mano:

—Lo escribió varias veces, incluso te nombra en esa página —lo extendió hacia mí.

Le di un vistazo y suspire, ojeando las demás hojas, hasta llegar a la penúltima. Leí en voz alta:

"Aros. Aro maldito. Aro. Caja. Debajo. Cama", ¿Que hay ahí?

Lily se tiró al suelo de nuevo.

—¡Aquí!

extendió el brazo y sacó una pequeña caja de madera.

—Vamos a averiguarlo—agregó.

Era una caja de madera tallada. En su interior, había pétalos marchitos de gardenias, una nota con la letra de Elara —demasiado parecida a la de las cartas que recibió Scorp— y un pequeño espejo agrietado.

Fruncí el ceño, tomando la nota para ojearla.

17 Wisteria Line.

—Es la direccion de Elara—dije—. Están en la casa de Elara.

MARCAS EN LA PIEL © - ScorbusHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora