CÁPITULO ONCE.

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Me alejé de Elara.

No fue algo planeado ni dramático. Simplemente... dejé de responder.

Scorpius me dijo en broma que debería considerarme un experto en el ghosting, lo calle metiendo un bollo de cereza en la boca.

Evité sentarme junto a ella en las materias compartidas. Ya no la esperaba para caminar hacia los salones ni la buscaba en la biblioteca. Si se me acercaba en los pasillos, bajaba la mirada. Y cuando pasaba junto a mí  solo fingía no notarla.

Aunque eso no evitó que comenzará a escribirme.

Las primeras notas eran largas, con tinta azul y su caligrafía apretada, preguntando si había hecho algo mal, si acaso había cruzado algún límite que no había visto. Después se volvieron más breves. Frases sueltas. Preguntas con signos de exclamación y de interrogación por igual. Una decía: "¿Ni siquiera podemos hablar?". Otra, simplemente: "Al, por favor."

No le respondí a ninguna.

Ella preguntó si Cissy estaba viva el día anterior a su desaparición, no podía sacarme eso de la cabeza.

Yo quería creer, con todas mis fuerzas, que Eli no tenía nada que ver.

Pero no podía.

Algo me lo impedía, y tenía nombre y apellido.

Mi lealtad hacia él era demasiado fuerte. Y no podía darle la espalda. No importa cuando la extrañara.

***

Las siguientes semanas tuve una nueva preocupación: Scorpius comenzaba a apagarse.

No de golpe.

Fue más como si alguien poco a poco fuera bajando el volumen de su voz, su energía y su luz.

Y yo lo veía. Día tras día. Cada vez más silencioso, sereno, casi siempre con ojeras que ya no intentaba disimular. Se dormía con el uniforme puesto, con los deberes a medio hacer y las notas arrugadas de San Mungo todavía en la cama.

No hablaba mucho de eso, pero yo las veía. Las cartas. Las traía la lechuza grisácea del hospital, cada semana, con el sello oficial y un mismo mensaje repetido en cada sobre: "El estado de su padre permanece estable."

Pero nunca venían noticias de su abuela.

Y eso lo carcomía.

Yo lo sabía.

La forma en que Scorpius miraba por la ventana al atardecer, como esperando una señal que no llegaba, lo decía todo.

Me dediqué, de manera algo desesperada, a intentar animarlo. A veces, me sentaba junto a él en la biblioteca y le pasaba notas con chistes malos sobre profesores. Le robaba las plumas cuando escribía para obligarlo a hablarme.

Una vez incluso le llevé chocolate de Honeydukes envuelto en un papel ridículo con un corazón mal dibujado. Él lo miró como si no supiera si reírse o insultarme. Al final, solo me lo arrebató sin decir nada. Pero esa noche lo vi comiéndolo a escondidas, con la espalda contra la pared y una expresión que parecía... un suspiro.

Lo más humillante de todo fue apuntarme, por voluntad propia, al Club de Astronomía, solo para molestarlo.

, al club de astronomía.

Todo porque una noche, mientras lo veía mirar el cielo con los ojos entrecerrados, le dije que sería divertido que me enseñara algo. Que tal vez podía acompañarlo.

Me dijo, con una ceja arqueada:

—Solo si estás dispuesto a pasar vergüenza.

—Ya la paso contigo todo el tiempo. ¿Qué diferencia hay?

MARCAS EN LA PIEL © - ScorbusHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora