Epílogo: Toque de color

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Si hacía un año alguien le decía a Wonsik que estaría llegando a la cumbre del placer en el sofá rojo que encontró de casualidad en un desguace, nunca lo tomaría por loco. Lo que a lo mejor le sería más difícil de creer, sería el hecho de estar en la misma situación pero con una persona a la que amaba por encima de todas las cosas.

Porque él no creía en el amor fuera del canino o el del artístico...o al menos hasta que conoció a Taekwoon.

- Sikkie... - Susurró en su oído antes de lamerle uno de sus pendientes.

Lanzó un gemido placentero mientras lo envestía, la piel se le erizó por mucho que hiciera calor en el salón, luego buscó sus labios.

- Bésame. – Le dijo con voz ronca, no había mejor sensación que la de venirse en el mismo instante que succionaba su boca.

Su gatito le hizo caso, el beso fue húmedo, largo y sonoro. Notó como le clavaba las uñas en los omoplatos, y sus piernas tan enlazadas que literalmente podían decir que eran una sola persona. El clímax llegó al instante, casi a la vez, dejando a ambos agotados, con la respiración tan agitada que se vieron obligados a separar sus labios.

Aunque no duraron mucho.

Wonsik le robó un pico rápido antes de sonreírse mutuamente, luego lo observó porque era lo que más le gustaba en el mundo. Se pasaron en la misma posición un tiempo que no contaron, uno que se detuvo, como cada vez que estaban en esa situación.

- Te quiero. - Las dos palabras salieron solas, completamente verdaderas, y así solían hacerlo desde que pasaban sus días sin separarse el uno del otro.

Solo hacía una semana que habían vuelto de aquel fatídico lugar, y por supuesto se dedicaron a recuperar los meses perdidos, aunque no solo en la cama. Taekwoon se acomodó al desastroso garaje muy rápido, como si hubiera vivido allí más tiempo que él mismo. Por las mañanas solía preparar el desayuno y en la noche la cena. También sacaba a pasear al pequeño Buttie y jugaba con él a todas horas, tanto que hasta el mismo Wonsik sentía celos del que consideraba su hijo peludo. Aunque nada le gustaba más que verlos juntos.

- ¿Qué hora es? – Preguntó de repente el pelinegro, sacándole de su ensoñación.

- Pues...deben ser las once y media.

- ¡¿Qué?! – Gritó mientras se levantaba de repente, casi tirándolo al suelo. - ¡Hemos quedado a las doce, y estamos sin arreglar!

- ¡La culpa es tuya por pasearte por casa desnudo! – Wonsik se cruzó de brazos, habló con una sonrisa ladina en la cara.

- Eso no es cierto ¡tenía una toalla puesta!

Tal vez era cierto, pero eso no quitaba el que Taekwoon hubiera salido de la ducha con el pelo empapado y esa tela tapándole lo justo y necesario. No pudo resistirse a él y por ello terminaron en el sofá, comiéndose mutuamente.

Rememorar lo que acababa de pasar lo encendió de nuevo, pero esta vez no tuvo tanta suerte, pues desde su posición podía ver como su chico ya estaba casi vestido, escogiendo que ponerse en la parte de arriba. Wonsik se mordió el labio ¿Cómo se iba a controlar si hasta haciendo el mínimo acto lo ponía a mil? Solamente recorrer los lunares de su espalda ya era toda una maravilla, los adoraba tanto que se los tatuaría si tuviera algún hueco en su cuerpo que se pudieran apreciar.

- ¿Cuál es mejor, la roja o la negra? – Preguntó apareciendo delante de él con dos camisetas.

- Estarás perfecto con cualquiera de las dos, gatito.

Taekwoon bufó frustrado y se giró, Wonsik no entendía porque estaba tan alterado, si solo iban a comer con su padre. Aunque supuso que su nerviosismo era porque se iban a encontrar por primera vez, o al menos eso era lo que él pensaba. Su novio no tenía ni idea de que ya se habían visto aquel día en la tienda de pintura.

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