40. Motivos

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Cuando bajó aquella mañana a desayunar, en el jarrón de la mesa, habían sustituido las flores de plástico por rosas frescas, a Taekwoon le gustó el olor que desprendían, pues daban un toque distinto a lo que iba a ser otro fatídico día. Bebió el batido mientras las miraba, se acercó a una de ellas para apreciarla de cerca, como si nunca hubiera visto una. El tono rojo era tan intenso como del cabello de Wonsik, y se permitió reír por aquella ocurrencia.

El sonido del claxon le hizo acelerar el paso hasta el coche que lo esperaba fuera, se despidió con la mano de Yangmi, la cual se encontraba en el jardín con varias personas, tal vez los nuevos trabajadores de los que le habló. Le pareció distinguir a un pelirrojo, pero no lo miró porque sabía que era imposible lo que tanto deseaba.

Se metió en el coche con la respiración acelerada, y cerró los ojos como solía hacer para relajarse en su camino al trabajo. Por suerte esa mañana su madre no lo llamó, así que apareció por el edificio mucho más tranquilo y centrado. Entró a su despacho y continuó con unos documentos que tenía que enviar a su padre en cuanto antes para la reunión de la semana que venía, seguía sin gustarle el trabajo, pero cada vez tenía más claro que esa era su vida ahora, así que cedió.

Puso más atención a sus deberes en cuanto a la empresa, habló con clientes internacionales y acudió a eventos como el futuro presidente de la marca de coches, acompañado siempre de su preciosa prometida Seohyun. Sonreía ante las cámaras, y se dejaba abrazar por ella en público para que todos vieran lo bien que habían encajado a pesar de que todos sabían que se trataba de un matrimonio a beneficio de dos compañias.

Y gracias a ello, pocas eran las veces que recibía regaños por parte de su madre.

Pero cuando llegaba la noche, lo único que lo salvaba de no ser él mismo era su habitación, un lugar donde podía llorar tranquilamente porque sabía que nadie podía entrar, ya que hizo colocar un pestillo a la puerta, para que en momentos en los que se derrumbaba nadie pudiera interrumpirle. Se deshizo de la corbata y la lanzó al suelo, se despojó de la ropa para luego caminar desnudo hasta el cuarto de baño. Llenó la bañera de agua caliente, echó todo el jabón que pudo para que la misma espuma lo cubriera entero y así poder tener su momento de relax.

Tenía colgado el cuadro que el señor de la tienda de pinturas le había dado de parte de Wonsik, porque sabía perfectamente que había sido él el que se lo regaló. Lo miró, le fascinaban tanto los colores, el ambiente y aquella pareja agarrada de las manos que se despejaba por completo. Había instantes en losque imaginaba que eran ellos dos, paseando como aquel día donde fue empujado contra un tronco mientras se besaban.

Sonrió como hacía cada vez que pensaba en él.

Salió de la tina cuando el agua ya estaba tibia, se colocó la toalla en la cintura, mucho más fina desde que estaba allí, y caminó en busca de su camiseta ancha, una que tal vez su madre le hubiera arrebatado, pero que gracias a Yangmi podía conservar. Era azul marino, tenía el dibujo de un cocodrilo en la espalda, y nadie la llevaba mejor que Wonsik, pero gracias a que aquel día se la dejó olvidada en su casa, ahora era lo único que tenía de él, junto a los calcetines que le regaló en navidad. Se miró en el espejo, le encantaría que lo hubiera visto de ese modo, seguro que le diría que estaba adorable.

Adorable...

Escuchó esa palabra en el aire, como si se la hubieran susurrado en el oído, y se giró pero no había nadie, sintió frío, no recordaba haber dejado la ventana abierta, así que la cerró. Caminó hasta la cama, y vio algo de lo que no se había percatado. Sobre su mesilla, y dentro de un jarrón diminuto, había una de las rosas de su jardín. Ésta vez era blanca, la olió igual que esa mañana, le gustaba mucho. Seguro que Yangmi la había colocado allí, era una buena mujer que lo cuidaba y sabía que amaba las rosas.

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