CAPÍTULO 33

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POV Natalia

Su pierna se coló entre las mías y presionó hacia arriba sin ningún tipo reparo, obligándome contener un gruñido contra su cuello.

Joder.

— Mira cómo me has puesto, Nat. — Susurró en mi oído —. Ahora estamos las dos empapadas... ¿Qué hacemos con esto?

El agua de la piscina seguía balanceándose por su reciente caída.

— Y hace frío... — Mordió el lóbulo de mi oreja —. ¿Se te ocurre alguna idea para que entremos en calor?

Mi cuerpo al completo vibró por la sacudida de sus provocaciones, impulso que no me hizo dudar en llevar una de mis manos al borde de su bañador, rozando su ingle con el borde de mis dedos.

— Creo que se me ocurre alguna, sí.

Su sonrisa se ensanchó y sus enormes ojos conectaron con los míos cuando empecé a explorar sus pliegues. Era tan suave y su expresión tan difícil de olvidar.

Mi boca se avanzó para lamer con pausa sus labios entreabiertos, disfrutando de la textura de su piel. Definitivamente sabían mucho mejor sin la mierda de repelente, así que si hacía falta, yo la castigaría mordiéndolos por ella cada vez que la viese con la tentación.

— Bésame.

Cumplí su exigencia incapaz de contener por más tiempo las ganas, luchando con su lengua en una batalla a la que sabía que me iba a acabar dejando ganar. Porque yo era débil, porque yo era pequeña e insignificante, porque yo era incapaz de mantener el control.

Y por eso todo me salía mal.

Caí en el vacío y mis ojos se abrieron en la nada, en la completa oscuridad. Sabía lo que venía ahora, así que el aire huracanado no me pilló por sorpresa. Me aferré con fuerza a la primera superficie que encontré, notando como cada vez me era más difícil respirar y como un dolor agonizante se extendía por mi cuerpo hasta que me hizo caer.

— ¡Para! — Grité sacando fuerzas de dónde no las tenía —. Para, por favor, para.

Dejé de retorcerme en el suelo cuando el viento se detuvo, el aire entrando en mis pulmones se sentía como mil puñaladas en el pecho, así que me quedé mirando al cielo rojizo mientras me acostumbraba a él. Estaba tan agotada que ni siquiera el aroma de rosas y menta me hicieron incorporarme. 

Ya estaba aquí. Siempre era un escenario diferente, pero estaba aquí. Torturándome.

Rodando sobre mi estómago logré ocultarme antes de que su luz cegadora quemara mis retinas. Quería huir, pero no podía correr más. Estaba cansada de correr.

— Te fuiste. — Sollocé entre hipidos.

— Por tu culpa. Tú me obligaste.

Era mi culpa. Si yo no existiera todo sería mejor. Si yo desapareciese todos vivirían mejor.

Era mi culpa.

Me puse en pie de un salto para escapar entre los árboles, como si eso fuese a solucionar algo, como si pudiese encontrar un lugar dónde alejarme lo suficiente de mí misma, de mis monstruos.

Pero no podía.

La lluvia me castigó cuando llegué al final del precipicio. Los edificios en llamas era una clara muestra de lo que acababa generando en la vida de los que me rodeaban. Porque por mucho que lo intentase, yo era caos. Porque por mucho que lo intentase, yo era destrucción.

Y me merecía el dolor, me merecía el abandono, me merecía la oscuridad. Saltar era la opción más fácil: acabar con todo, apagar el sufrimiento de una puta vez.

Come Out And PlayDonde viven las historias. Descúbrelo ahora