Prólogo.

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La lluvia caía aquel día en Francia. En el cementerio se podían encontrar muchas personas vestidas de negro con sus respectivas sombrillas. Caía tanta agua que el césped se hacía lodo y la gente resbalaba con facilidad. Alrededor se encontraban muchas flores de color blanco y se escuchaban llantos discretos. Parecía que el cielo comprendía tan bien su pérdida que se unía a ellos estruendosamente.

Al terminar la ceremonia, los franceses avanzaron poco a poco, cada quien a su paso. Paulette estaba con los ojos hinchados y rojos de tanto llorar; la lluvia y el clima frío hacían que su nariz se pusiera roja y le fuera difícil respirar. Paulette, Robin y un amigo de Geoffroy subieron a un carro azul cielo clásico, donde esperarían a que acabara la lluvia o calmara para poder avanzar.

—Sé que esto es difícil para ti, Paulette, pero debes intentar superarlo —decía su amigo.

—Tú deberías hablar por ti mismo. Además, nosotros fuimos muy amigos desde niños.

—Respeto tu dolor, amor —interrumpió Robin—, pero creo que esta vez tu amigo tiene razón. Debes intentar calmarte porque esto no te hará ningún bien y seguramente no es lo que Geoffroy querría.

—Si no son capaces de respetar mi dolor, entonces será mejor que me baje del carro —dijo ella abriendo su puerta.

—¡Ya cálmate, Paulette! —le gritó su amigo desde la parte de atrás—. ¡Ya! Geoffroy está muerto, pero la vida sigue. Eso es lo que él siempre decía después de todo. Él siempre superaba cada cosa mala que le pasaba; deberíamos aprender un poco de él, en vez de enfocarnos en nuestro dolor...

—Me pregunto cómo estará ella... —dijo Paulette viendo hacia la tumba de su amigo Geoffroy y observando cómo se caía el cielo en mil pedazos.

—¿De quién hablas? —preguntó él confundido—. ¡Cierra la puerta ya! —le gritó.

—Maky se llamaba la chica, ¿no es así, Robin?... La chica de Geoffroy —dijo cerrando la puerta sigilosamente.

—¿Geoffroy tenía novia? —preguntó su amigo extrañado—. ¿Por qué no ha venido hoy?

—Seguramente no tendría ni dinero para venir —contestó Paulette—, y posiblemente ni siquiera sepa qué le ha pasado...

—¿Era de México? —comentó atando cabos—. Apenas estuvieron ahí...

—Sí, ella es mexicana y no era de nuestro estatus social.

—Eres una clasista, Paulette. ¿Alguien te lo había dicho antes? —le comentó su amigo—. Deberían enviarle un mensaje, seguramente está preocupada por Geoffroy y, mientras tanto, tú estás desperdiciando el tiempo con tu drama...

Paulette y su amigo tuvieron un intercambio de miradas pesadas. Posiblemente ambos veían el dolor de diferente manera, pero cada forma de vivirlo debería ser respetable, siempre y cuando sea sincera. Paulette se volteó de nuevo hacia el frente y se pasó la mano izquierda por el cabello.

—La agregaremos en su momento a Facebook. Yo ahorita no me siento capaz de agregarla ni de hablar con ella, por muy grande que sea su dolor... —dijo apoyando su cuerpo en el asiento—. Jamás se podría comparar con el mío.

—¿Y qué tal si sí? ¿Qué tal que ella lo quiere más de lo que tú lo has querido?... Tú tienes a Robin y él te apoya. Dime... ¿Acaso ella tiene a alguien? ¿Tendrá con quién hablarlo o con quién llorar?

Un silencio profundo invadió el carro mientras seguían escuchando caer el agua. Paulette tenía una mirada entristecida y pensativa. Robin la miraba con cariño mientras la abrazaba con su brazo derecho, y su amigo desde el asiento trasero los veía más molesto que otra cosa.

—Son un par de egoístas... —soltó.

—Le enviaré una carta... ¿Ok? Cuando sea el momento —dijo Paulette sintiéndose juzgada.

—Está bien. Espero que realmente lo hagas. Sé que Geoffroy se sentiría orgulloso de ti si lo hicieras. Por cierto, y no quisiera sonar impertinente, pero la vacante de Geoffroy para irse a México ha quedado libre, por si conocen a alguien que le interese.

—De la mierda tu comentario —le dijo Paulette—. Si tanto te interesa, postúlate. Es claro que es lo que quieres decir, deja de hacerte el chico lindo.

—Se los estoy ofreciendo del mejor modo, ya les dije que la vida sigue. Ojalá se detuviera cuando estas cosas pasan, pero no es así. Las personas mueren y se van a descansar. Uno tiene que quedarse aquí, echándole ganas a la vida.

—Ya... —dijo Robin intentando callarlo—. Postúlate y deja de molestar. Todos sabemos que tú también sientes amor por México. Geoffroy ya nos había comentado que tú eras el único rival para esa vacante.

Su amigo se hizo hacia atrás en el asiento y empezó a acomodar su cabello medio largo, jalándolo hacia arriba y apretándolo; intentaba aparentar calma, pero realmente mostraba incomodidad y desdén hacia la plática.

—De acuerdo, si insisten me postularé —concluyó llevando sus manos al frente de su cuerpo, casi cruzando los brazos con una mirada seria—. Es verdad, yo quería su puesto, pero no quería que él muriera, ¿sí? —dijo con ojos llorosos—. Él también era mi amigo, pero me quiero ir y no lo voy a negar. Tengo una pequeña oportunidad y sé que Geoffroy no se molestaría si la tomase; después de todo, parecía que él entendía mi amor por México.

—¿Quién es el egoísta ahora, Pierre? —dijo Paulette volteándolo a ver molesta por el retrovisor.

Robin arrancó el carro, pues la lluvia parecía haber disminuido un poco, y se alejó del lugar despacio. Mientras se alejaba, Paulette se quedaba viendo hacia el lugar donde su mejor amigo había sido enterrado. Pierre también veía entristecido aquel sitio, pero tenía una meta fija. Era por eso que, por más que intentaba entristecerse con respecto a la situación, no lo lograba del todo. Algo dentro de su corazón no le permitía sentir dolor pleno por la muerte de su amigo Geoffroy.

2. Último Plan ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora