Siete

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La voz corrió rápido por todo el pueblo y se fue extendiendo, de forma gradual pero veloz, hasta que el condado entero supo de la desaparición de la pequeña Annabeth, que había sido arrancada de los brazos de su madre a sus dulces catorce años.

Pobre Berta, tan buena, con tan gran corazón... Primero su prometido y después su hija. Una tragedia, pobre y desdichada mujer. Y la muchacha, siempre con esa sonrisa, siempre tan... Pero tal vez se ha ido por propia voluntad, es una adolescente después de todo y ya se sabe.

En los pueblos pequeños se habla. Se cuchichea sobre todo y todos, ya sea detrás del estante de un supermercado o en los bancos de un tanatorio. Se habla, y ya está, a menudo con malicia y algo de envidia de por medio. Annabeth llevaba una semana y tres días ilocalizable, los vecinos y la policía habían llevado a cabo intensivas búsquedas por el gran bosque que rodeaba el pueblo sin éxito alguno. Varios buceadores de la policía buscaron durante días y noches enteras algún tipo de rastro en el agua, tanto en el mar, bajo los enormes acantilados que caracterizaban la zona, como en el río Phewks. Y nada. Se realizó también un exhaustivo interrogatorio a todo el vecindario, pero no parecía haber nadie que supiera nada del paradero de la hija de la señora Stan. Era como si hubiera implosionado, como si se hubiese esfumado del planeta Tierra sin levantar ni una sola mota de polvo.

Pero nada de esto detuvo a los vecinos a hacer conjeturas espantosas sobre el asunto, conjeturas que tachaban a Annabeth de irresponsable y egoísta, teorías que decían que Berta se había vuelto loca y había secuestrado a su propia hija. Hipótesis y hipótesis que no hacían más que incrementar el morbo hacia el caso, y que, de nuevo, se extendían como si de un virus se tratase. Pronto era ya medio país el que quería saber más de Annabeth Stan, de sus gustos y aficiones, de posibles ex novios y amistades. Sobre todo de amistades masculinas. Todos querían saber si se lo había montado con alguien, y los programas de televisión no tardaron en hacer de las suyas.

Annabeth pasó de ser una pobre niña desaparecida a una fulana que se había metido donde no debía. Y a Berta eso la estaba sobrepasando.

Cuando se cumplió un mes de la desaparición Berta se fue a vivir con sus padres. Solo de forma temporal, solo hasta que la policía encontrara algo. Ella ya no podía dar más de sí en la investigación, le habían dejado claro que no podía ayudar más. Tenía esperanzas, algo en ella le decía que su hija estaba bien, que su pequeña no estaba en el sótano oscuro de ningún demente. Pero eso no lo hacía más llevadero, no lo hacía mejor, porque aunque la esperanza es lo último que se pierde, resulta ser siempre la parte que con más fuerza se desvanece.

Abandonó Phewk's River Town, prometiéndose a sí misma que era algo temporal.



Pide un deseo, AnnabethHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora