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ÚNICOS - Parte 2

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Era de noche. Hange regresaba a las caballerizas porque había olvidado un pote de muestras en la cuadra de su caballo. Hacia un buen rato que todo el escuadrón había regresado, en silencio, desolado. Las bajas fueron muy altas, otra vez. Maldita sea, siempre era lo mismo. Cada vez que esto sucedía, se sentía desmoralizada. ¿Tenía sentido luchar si seguían muriendo de esta manera?

Hange sentía que algo se les escapaba en esta lucha. Cada paso que avanzaban costaba cientos de vidas, y no parecía mejorar la situación. Cerró los puños con fuerza, ella estaba convencida que para atacar al enemigo, había que conocerlo muy bien, en todos los aspectos. Recabar información, analizarla, obtener conclusiones válidas que llevaran a acciones efectivas. Lo supo con certeza, el día que pateó con odio la cabeza de aquel titán y le pareció tan ligera. Pensó cómo era posible que teniendo esa dimensión pesara tan poco. Y comprobó pasada una hora que tras la humareda pesaba aún menos. "No todo lo que parece, es... ¿Qué es lo que no vemos?" –pensó. No encontraba aún ese algo. Y mientras, seguían muriendo.

Cada muerte le pesaba sobremanera. Cada muerte solo le recordaba que tenía que seguir investigando, arduamente. ¿Cuándo obtendría los resultados que necesitaba? Se sentía inútil e impotente. Tenían tan pocos fondos, y una cúpula militar tan obcecada, sin visión, comenzando por el propio comandante Shadis. Solo ponía sus esperanzas en el segundo al mando, Erwin Smith, el único que se sentó a escucharla cuando, vehementemente explicaba sus teorías durante una cena a unos compañeros. Su charla era apasionada, casi obsesiva... y totalmente molesta para ellos.

-¿Hange Zoë, verdad? – dijo una voz grave. Erwin Smith se sentó frente a ella en el salón comedor.

-Sí, señor – contestó incrédula, tragando el bocado que mantenía en la boca.

-¿Puedes explicarme tu teoría... desde el principio? Y no omitas nada, por favor - pidió Erwin.

Fue una noche muy larga. Hange explicó a Erwin toda su investigación hasta aquel momento: primero le explicó la anécdota sobre lo sorprendente que le pareció la ligereza de la cabeza del titán cuando la pateó, las dudas que le produjo comprobar que no se correspondía con el verdadero volumen que debía tener en comparación con la masa muscular de su cuerpo; y que a partir de este cuestionamiento, se vio recabando y analizando información de todas las fuentes posibles. Le explicó sobre los libros que leyó, los oficiales que mantenían las bibliotecas de todas las ciudades; y los prohibidos, los cuales obtuvo durante sus días libres, por las intrincadas y peligrosas calles de marchantes de Trost. Devoró informes desde que había registro de ellos. Hizo entrevistas a varios expertos en titanes, algunos de los cuales fueron profesores suyos durante su etapa de instrucción militar. Escuchó también las opiniones de la gente mayor, una fuente oral que encontraba de gran interés, pero poco aprovechada y fiable, aunque le sugiriera pistas de investigación poco ortodoxas.

Erwin la escuchó con suma atención, la interrumpía de vez en cuando para preguntarle sobre algún punto no demasiado claro para él; y ella le respondía, verdaderamente complacida que alguien como él se interesara en su investigación.

-¿Hange, puedes mostrarme todo tu trabajo?

-¡Claro señor! – le dijo emocionada.

Acto seguido, a la luz de las velas, lo guió por los pasillos de los barracones de las soldados, abrió la puerta de su habitación, deslumbrando y despertando a sus atónitas compañeras, que dieron pequeños gritos al ver la figura imponente y masculina de Erwin dentro de su habitación. Hange Zoë se dirigió con paso firme a su litera y levantó el colchón, señalando su interior.

-Está todo aquí, señor.

Al día siguiente, por orden de Erwin Smith, Hange Zoë fue trasladada a una habitación del área de oficiales de la Legión de Reconocimiento, con todas sus pertenencias y se le entregó una sala especial, que con el tiempo se convirtió en su laboratorio, para su trabajo de investigación.

De eso ya había pasado más de dos años... y aún no encontraba una respuesta.

Sumida en sus pensamientos, unos sollozos la sacaron de su ensimismamiento. Provenían de las caballerizas. Alguien había escogido ese lugar para desahogar su pena, en la creencia que estaría solo. Sus ojos se nublaron, entendió perfectamente el sentimiento. Ella alguna vez también había utilizado las caballerizas para llorar. Lenta y silenciosamente, deshizo sus pasos con el deseo de no perturbar la intimidad de quien estaba allí. Sin embargo, unas voces cercanas la hicieron girar enseguida.

-¿Hange, qué haces aquí? – preguntó Nanaba, que llegaba junto con otra soldado.

-Oh, nada, pensé que mi caballo necesitaba pienso, pero recordé que ya le había dado una buena ración al llegar - dijo a modo de excusa.

-Tienes una mente prodigiosa, pero eres una despistada para la rutina – dijo Nanaba riendo. - Si tienes ganas, en el salón tenemos un par de botellas, recordaremos a nuestros compañeros caídos, a ver si la borrachera nos ayuda a conciliar el sueño. Ahora vamos a por las bridas, mañana las tienen que repasar a primera hora.

-Espera Nanaba, voy yo, yo ya he cenado y ustedes aún no, yo las dejaré en el artesano.

-¿De verdad? ¡Gracias Hange! ¡Nos morimos de hambre! Recuerda, ven luego... - le guiñó un ojo.

Hange las vió alejarse y acto seguido, dio media vuelta hacia las caballerizas. Como imaginó, quien estaba allí habría escuchado el alboroto y había tenido tiempo de retirarse. Cogió las bridas de cada uno de los caballos, perfectamente alineadas delante de cada cuadra, y su pote con muestras. Con un bufido se las puso a la espalda, dirigiéndose a la estancia de los artesanos.

Una sombra sobre el tejado la observó marchar.

ÚNICOSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora